CAPÍTULO 4: La Fusión de Almas
Agnes
La mañana del lunes en la City de Londres fue un torbellino de lluvia gris y viento helado que doblaba los paraguas de los transeúntes. Conduje mi Porsche Taycan por las calles congestionadas de Bishopsgate, con la calefacción encendida al máximo para combatir el frío que parecía haberse instalado de forma permanente en mis huesos.
Mi mente era un nido de avispas zumbando sin control. Había dormido apenas tres horas, acosada por pesadillas recurrentes donde me ahogaba en un océano de tinta negra, y había tenido que recurrir a media tableta de alprazolam antes de salir de One Hyde Park para asegurarme de que mi pulso se mantuviera estable y mi voz no temblara frente a él.
Las oficinas de Allen Global ocupaban las tres últimas plantas de un rascacielos de cristal que parecía rasgar las nubes grises. Al entrar en la inmensa sala de juntas del piso cuarenta, me encontré con una mesa de conferencias de madera de nogal rodeada de pantallas de última tecnología y ventanales que ofrecían una vista panorámica del Támesis bajo la niebla densa.
Connor ya estaba allí, de pie junto a los cristales con una taza de café negro en la mano. Vestía un traje de tres piezas de color azul marino que acentuaba su figura imponente y ancha. Su expresión era sombría, casi hostil.
—Llegas exactamente dos minutos tarde, Agnes —dijo sin siquiera girarse a mirarme.
—El tráfico en el puente de la Torre no respeta la puntualidad de los millonarios, Connor —repliqué con frialdad, abriendo mi maletín de cuero de Hermès con movimientos precisos y seguros sobre la mesa—. Aquí tienes mi análisis preliminar de la fusión. Las cláusulas de confidencialidad que proponen los americanos son leoninas. Si firmas este documento tal como está redactado, estarás cediendo la jurisdicción de tus patentes principales de tecnología financiera a los tribunales de Nueva York en caso de cualquier litigio.
Connor se giró con brusquedad, su temperamento volátil aflorando de inmediato en la tensión de su mandíbula.
—Esa cláusula es innegociable para ellos, Johnson. Es un acuerdo de cinco mil millones de libras. No voy a dejar que se caiga una transacción de esta magnitud por un simple tecnicismo legal de tu incumbencia.
Me levanté de la silla de golpe, apoyando ambas palmas sobre la mesa de nogal y mirándolo directamente a los ojos. Mi carácter fuerte no flaqueó ni un milímetro ante la furia latente del empresario.
—No es un simple tecnicismo, es una maldita soga al cuello que tú mismo te estás atando, Connor. Si cedes en este punto, en cinco años habrán absorbido tu división de tecnología financiera sin pagar un solo penique. Yo no firmo sentencias de muerte corporativas para mis clientes. O renegociamos esa cláusula o te sugiero que busques a otro abogado que sea lo suficientemente cobarde como para dejar que te estafen con una sonrisa en el rostro.
El silencio que siguió a mis palabras fue denso, cargado de una tensión eléctrica que trascendía por completo lo profesional.
Connor
La miré fijamente, furioso por su insolencia y por el hecho de que se atreviera a desafiarme en mi propia sala de juntas, pero al mismo tiempo me sentí profundamente excitado por la brillantez y el orgullo indomable de la mujer que tenía enfrente. Su mirada oscura echaba chispas, y su labial rojo profundo parecía un desafío directo a mi autocontrol.
—Déjanos solos —ordené a mi secretaria a través del intercomunicador, sin quitarle los ojos de encima a Agnes.
La puerta de doble hoja de la sala de juntas se cerró con un clic sordo que resonó como una sentencia. Rodeé la inmensa mesa de nogal con pasos lentos y decididos, deteniéndome a escasos centímetros de ella. El ambiente pareció quedarse sin oxígeno en un segundo. Pude oler su perfume de lavanda mezclado con el sutil aroma de su piel.
—Tienes demasiado orgullo para tu propio bien, abogada —susurré, con una voz que había perdido toda la frialdad corporativa y ahora arrastraba un tono espeso, posesivo y temperamental.
—El orgullo es lo único que nos protege de la mediocridad... y de que los demás descubran lo fácil que es rompernos, Connor —respondió ella en un hilo de voz, aunque su respiración se había vuelto agitada y pude notar cómo el nudo de su ansiedad amenazaba con cerrarse de nuevo en su garganta, esta vez mezclado con un deseo salvaje que ambos compartíamos.
Alcé mi mano derecha y, con una lentitud tortuosa, rozé su pómulo pálido con el dorso de mis dedos. Su piel, increíblemente suave, se erizó de inmediato ante mi contacto.
—No sé si quiero contratarte... o destruirte, Agnes —admití, mi mirada bajando hacia sus labios rojos.
—Inténtalo —desafió ella, sosteniéndome la mirada con una valentía que me volvió loco—. Pero te advierto que soy un cristal muy caro de romper.
No pude contener más la tensión. La tomé de la nuca con fuerza, enredando mis dedos en su cabello oscuro, y la besé con una urgencia salvaje que barrió con toda la profesionalidad que tanto nos esforzábamos por fingir.
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Editado: 04.06.2026