CAPÍTULO 5: El Fantasma de Fiona Gallagher
Agnes
El idilio profesional y la innegable e intensa atracción física que había comenzado a consumir mis noches en Belgravia encontraron su primer y más doloroso obstáculo tres semanas después. El heraldo de mi destrucción emocional tenía un nombre propio: Fiona Gallagher.
Fiona era la antítesis absoluta de todo lo que yo representaba. De veinticinco años, hija de un influyente lord irlandés que poseía una participación masiva del veinte por ciento en Allen Global, Fiona era una mujer de una belleza clásica, lánguida y etérea. De cabello rubio platinado perfectamente peinado y ojos de un azul pálido y transparente, se movía por los círculos sociales más exclusivos de Mayfair con una gracia aristocrática y una actitud sumisa que agradaba enormemente a los padres de Connor. Fiona no hablaba de contratos de Delaware, ni de fusiones transatlánticas, ni de la City; ella hablaba de arte contemporáneo, de viajes familiares a Saint-Tropez y de la decoración de la finca de los Allen en Surrey.
Para el padre de Connor, Richard Allen, Fiona era la nuera perfecta. Su sumisión halagaba el ego de la dinastía Allen, y su herencia consolidaría el poder de la firma de inversión.
Descubrí la existencia de Fiona una noche de lluvia torrencial en Mayfair. Había salido de la biblioteca de mi maestría a las diez de la noche, sintiéndome agotada, vacía y con el ánimo por los suelos debido a un episodio de depresión especialmente agudo que me había acompañado durante todo el día. Decidí conducir mi Porsche Taycan hasta el club privado Annabel’s para encontrarme con mi hermano Julian, buscando un poco de calor familiar. Al entrar en el reservado, sin embargo, la escena que vi me dejó completamente petrificada, paralizando mis pulmones.
En un reservado de terciopelo rojo, bajo la luz tenue y cálida de las velas, Connor estaba sentado junto a Fiona Gallagher. Ella reía con una timidez ensayada, apoyando su cabeza delicada sobre el hombro de Connor con una familiaridad evidente que me revolvió el estómago. Connor la miraba con una expresión que yo nunca le había visto: una mezcla de protección tranquila y la complacencia de un hombre poderoso que otorga su atención a una posesión valiosa que no le causa problemas ni desafíos.
Un dolor agudo, físico y lacerante se instaló en el centro de mi pecho. Sentí una ráfaga instantánea de adrenalina pura y ansiedad inundar mis venas. El aire se congeló en mi garganta. El miedo a no ser suficiente, ese monstruo insaciable que mi depresión alimentaba a diario en el silencio de One Hyde Park, cobró vida con una fuerza devastadora.
¿Cómo puedes competir con eso, Agnes?, me susurró la voz gélida en mi cabeza. Tú eres difícil, estás rota por dentro, tienes que tomar pastillas a diario para no llorar en el coche. Ella es perfecta. Ella es limpia. Ella es la luz que él puede mostrar al mundo.
—Agnes, ¿estás bien? Te has quedado completamente pálida —la voz preocupada de mi hermano Julian me sobresaltó. Acababa de llegar a mi lado, tomándome del brazo con fuerza al notar que mi cuerpo temblaba visiblemente.
—Sí... sí, Julian. Solo es el cansancio acumulado de la maestría y los casos del despacho —mentí, apretando los dientes con tal fuerza que me dolió la mandíbula, buscando evitar que el llanto que subía por mi garganta se desatara allí mismo frente a toda la alta sociedad de la City—. Vámonos de aquí, por favor. No me siento bien. Creo que voy a tener una crisis.
Connor
Vi a Agnes entrar a Annabel's con su hermano Julian. La vi detenerse en seco a la entrada del reservado, y por un segundo que me pareció una eternidad, sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Pude notar, incluso desde la distancia, el impacto de ver a Fiona a mi lado. Vi cómo su rostro perdía todo color, cómo su hermosa máscara de abogada implacable se agrietaba por completo, revelando una vulnerabilidad y un dolor tan profundo que me causaron un vuelco violento en el estómago.
Fiona se acercó a mi oído en ese instante, ajena por completo a la tormenta silenciosa que se desataba a nuestro alrededor. Con su voz suave y falsamente sumisa, me susurró:
—Connor, querido, no necesitas otra tormenta en tu vida. Tú ya eres la tempestad. Lo que necesitas es un puerto seguro... y ese puerto soy yo. El amor en nuestro mundo de la alta sociedad no se trata de pasión salvaje e inestable; se trata de legados, de apellidos limpios y de saber sonreír para el Financial Times.
La miré con una frialdad tan gélida que noté cómo la sonrisa de Fiona se congelaba en sus labios perfectos. No respondí una sola palabra, pero apreté el vaso de whisky que sostenía en mi mano derecha con tal fuerza que los nudillos se me pusieron completamente blancos. Mi mente ya no estaba en la gala, ni en los acuerdos de mi padre, ni en la fusión. Estaba en Agnes, en su cuerpo temblando bajo la lluvia de Londres, y en el maldito hecho de que, por primera vez en mi vida, sentía que estaba perdiendo el control de lo único que realmente me importaba tener bajo mi piel.
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Editado: 04.06.2026