La Imperfeccion Del Exito

CAPÍTULO 6: La Primera Grieta

CAPÍTULO 6: La Primera Grieta

(Perspectiva de Agnes)

El papel periódico tiene un olor particular cuando se humedece bajo la llovizna de la City; es una mezcla ácida de tinta barata, celulosa en descomposición y el hollín invisible que flota constantemente sobre Knightsbridge. Miré la portada del Daily Mail extendida sobre la caoba pulida de mi escritorio en Johnson & Partners. Las enormes ventanas arqueadas de mi despacho mostraban un Londres sepultado bajo una mortaja de nubes grisáceas, pero en mi mente, la única tormenta real estaba ocurriendo dentro de mi propia caja torácica.

En la esquina inferior derecha, una fotografía nítida capturada por algún paparazzi apostado en Mayfair mostraba a Connor saliendo del restaurante Scott's. A su lado, Fiona Gallagher sonreía con una timidez aristocrática, resguardada bajo el paraguas que el chofer de los Allen sostenía con una reverencia casi feudal. Ella vestía un abrigo de cachemira color crema que parecía repeler la lluvia por puro derecho de cuna. El titular, impreso en letras de molde negras y escandalosas, rezaba: «¿Campanas de boda en la City? El heredero de Allen Global y la hija de Lord Gallagher, cada vez más cerca».

Para cualquier analista de Bishopsgate, aquello era un simple movimiento de fichas en el tablero social: una alianza dinástica para consolidar un imperio. Para mí, fue un golpe directo al esternón que agrietó el cristal de mi armadura.

Sentí una punzada ardiente en la nuca. Un calor punzante que bajó rápidamente por mi espina dorsal hasta convertirse en un bloque de hielo en mi estómago. Dejé caer la pluma estilográfica Montblanc que sostenía; rodó por la superficie de madera hasta golpear el borde de la bandeja de plata donde descansaba la gardenia blanca que, como cada martes, había llegado a mi oficina a primera hora. Una flor perfecta, sin tarjeta ni remitente, cuyo aroma dulzón y sedante normalmente me ayudaba a respirar. Hoy, sin embargo, el perfume de la gardenia se sentía asfixiante, como el olor de las flores en un velatorio prematuro.

—No aquí. Por favor, hoy no —susurré, apretando las palmas contra el escritorio.

El zumbido del aire acondicionado se transformó de repente en un estruendo industrial. Las luces del techo adquirieron un tono blanco, cortante y quirúrgico que me hería las pupilas. El nudo de la ansiedad se cerró con fuerza de tornillo. Me levanté de golpe, tirando la silla hacia atrás. Salí de mi despacho con pasos mecánicos, ignorando la mirada de mi secretaria, y me encerré en el baño privado de mi oficina, pasando el cerrojo dos veces.

Me apoyé contra el lavabo de mármol. El espejo me devolvió la imagen de una desconocida de veintitrés años con la piel del color de la cera y las pupilas tan dilatadas que el iris oscuro casi había desaparecido. Intenté expandir los pulmones, pero la tráquea se me había llenado de una arena fina y seca.

Me deslicé de espaldas contra la pared hasta quedar sentada en las baldosas frías, abrazándome las rodillas. La vergüenza de mi propia debilidad me dolió tanto como la falta de aire. ¿Cómo podía ser la abogada estrella de la LSE, la mujer implacable que hacía temblar a directores de fondos de inversión, si no era capaz de controlar mis propios pulmones ante una estúpida fotografía de prensa?

«Porque estás rota», me susurró la voz gélida de mi depresión. «Fiona Gallagher es la paz y el linaje que el imperio de Connor necesita. Tú solo eres un secreto oscuro que se esconde en la penumbra».

Con las manos entumecidas por la hiperventilación, abrí mi bolso Hermès. Busqué desesperadamente en el forro de seda hasta encontrar el pañuelo gris de Connor que él había "olvidado" en mi coche la semana anterior. Lo acerqué a mi rostro y respiré hondo. El aroma a madera de cedro, tabaco y cuero de su colonia me golpeó los sentidos, actuando como un anclaje sensorial en medio del caos. El temblor disminuyó lo suficiente como para permitirme abrir el frasco de alprazolam. Extraje media pastilla y me la tragué sin agua, saboreando su amargura química en la garganta mientras esperaba que la tormenta amainara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.