La importancia de creer

El viejo altar

A David le surgen varios imprevistos, y no es hasta días más tarde que sacamos tiempo para tener una conversación en condiciones.

Hemos decidido ir a nuestro lugar secreto; el pequeño altar del zorro que hay en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Bajamos del tren en la estación de ferrocarriles de al lado de la plaza cívica y nos dirigimos allí.

La plaza cívica suele ser el centro de vida de la universidad. Normalmente, allí, montones de personas cruzan la plaza, con prisa, en dirección a una de sus clases o a casa después de un largo día. Grupos de estudiantes suelen reunirse para hablar de cualquier cosa, quejarse y llorar por sus exámenes o tomarse unas bravas en el enorme bar que conecta con la plaza y que, ahora, está cerrado. Tampoco hay ningún estudiante; las vacaciones de verano han empezado y los últimos exámenes de recuperación fueron la semana pasada. En esta época del año, el único lugar con algo de vida es la Vila Universitaria, allí donde residen algunos afortunados estudiantes después de ser asignados a un piso tras una lista de espera que puede durar desde unos meses hasta toda una vida. En julio, seguro que algunos no han recogido sus cosas todavía para volver a casa de sus padres o de una pareja a pasar el verano.

—Nunca me acostumbro a ver la universidad así —comenta David, rompiendo el silencio que nos ha envuelto desde hace un rato.

—A mí me gusta —comento, mientras tomamos un desvío hacia la derecha y nos dirigimos hacia la Hemeroteca, una de las bibliotecas más grandes de la universidad—. Me hace sentir como si estuviera en un pueblo de noche. Es el mismo ambiente.

David sonríe.

—Siempre dices lo mismo —dice, y me encojo de hombros—. Y cada vez te entiendo más. Ya llevamos tres años aquí. Es como si fuera el pueblo donde nos hemos criado juntos —Alza la cabeza para mirar al cielo despejado, hace una pequeña pausa y me mira—. ¿Es normal que me dé nostalgia aún cuando todavía nos queda otro año?

—Otro año si tenemos suerte —bromeo.

David suelta una carcajada.

—Cierto, cierto.

Después de atravesar una calle llena de edificios y de pintadas con un fuerte tinte político de las que siempre nos reímos, llegamos a la Hemeroteca. A través de ella y sus infinitas escaleras (hay un ascensor, pero nunca lo hemos usado) es el camino más rápido hacia nuestro destino. Por supuesto, está cerrada, porque es verano y los funcionarios que trabajan aquí tienen que descansar de sus largas jornadas laborales de cuatro horas.

—El camino largo, supongo —comenta David.

Suspiro.

—Qué remedio.

Subimos por unas escaleras de madera que hay al lado de la Hemeroteca, internándonos en una zona boscosa. El camino que seguimos al principio pronto se funde para convertirse en una serie de terrenos irregulares, árboles, maleza y posibilidades de tropezarte y romperte el cuello. Uno de mis sitios favoritos. Sólo que no.

Suelto un grito de dolor cuando me raspan varias plantas puntiagudas que alguien tendría que quitar de aquí. David se ríe y le lanzo una mirada asesina, pero luego me rio también.

Al cabo de un tiempo, y después de perdernos varias veces, como siempre, acabamos en algún lugar del campus norte. En el norte no hay nada; solo el rectorado y la facultad de veterinaria. Si hay algo más, yo no lo he visto, quizá porque esos dos edificios ocupan el espacio de un país pequeño y eclipsan todo lo demás.

Resistimos la tentación de acercarnos a la facultad de veterinaria con la intención de ver a algunos de los animales que tienen allí, y entramos rápidamente en otro atajo parecido al anterior. No hablamos mucho, ya que la menor distracción puede acabar con nuestras vidas (en realidad no, pero me gusta ser exagerado y odio estos caminos con todas mis fuerzas. Cualquiera que haya intentado cruzarlos estaría de acuerdo conmigo).

Al cabo de no más de quince minutos, estamos llegando al lugar más alto de toda la universidad. Prácticamente nadie llega hasta aquí, porque no hay nada que ver. Bueno, en realidad, sí que lo hay. Hay literalmente un mirador con unas vistas preciosas, que unos estudiantes con sus vidas ajetreadas no pueden pararse a disfrutar. Aparte, el mayor flujo de estudiantes va al campus sur, donde están la mayoría de las facultades, y no conocen este sitio.

De la misma forma, no conocen que al lado del mirador hay un pequeño altar. Una estatua de un zorro con una especie de pozo en frente, con unas rejas que lo cubren. Las monedas en el fondo evidencian que rezar tiene un precio, como todo en la vida últimamente, que no para de encarecerse. No obstante, para mí es un precio justo. Rezar me limpia el alma. Incluso si no crees en Dios, es una forma de pedir por los tuyos y agradecer. Bienvenidas sean las energías positivas.

Al lado de la estatua del zorro, hay dos velas encendidas, una a cada lado. Miro alrededor, tratando de resolver por décimoctava vez el misterio de quién ha podido encender estas velas, incluso un día cualquiera de julio. Por supuesto, no veo ni rastro de nadie. Asumo que ha de ser alguien de la Vila Universitaria, pero queda bastante lejos de aquí.

Me dispongo a juntar las manos y rezar, pero David me agarra del brazo y me da un pequeño tirón.

—Tengamos nuestra conversación primero —dice.

Suspiro, pero asiento con la cabeza. Sé que me disocio un poco después de rezar por la tranquilidad que me provoca, así que es mejor para la conversación que no lo haya hecho aún.



#17750 en Novela romántica

En el texto hay: drama, amor, viejos amigos

Editado: 31.05.2026

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