El ambiente en el hospital es mucho más alegre de día, aunque no necesariamente significa que las noticias que llegan sean menos tristes.
Hoy, en vez de visitar mi cuerpo, he acabado en la habitación 304. Está muy cerca de la mía, y como en todas las salas de este pasillo, hay una paciente en coma.
La mujer, de unos cincuenta años, duerme plácidamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. No sabe lo que las enfermeras y los médicos sí; que se ha decidido que la van a desconectar. Aún no se sabe cuándo, pero pronto.
Un par de enfermeras entran en la habitación para limpiar y arreglar un poco todo. Lo hacen con especial cuidado. Al parecer, de la misma forma que cuando estás muerto la gente habla mejor de ti, también tiene un impacto positivo estar en tus últimos días.
Al cabo de un rato, las enfermeras ponen un nuevo ambientador y se van de la habitación.
Arrugo la nariz. El olor es el sentido que más desarrollado tengo desde que desperté como un fantasma, y el olor denso a lavanda mezclado con el olor a antiséptico del hospital puede conmigo.
Abrumada por esta sobredosis sensorial, salgo al pasillo y decido hacer un paseo por las habitaciones que aún no han limpiado hoy.
La mayoría de la gente en coma es mayor, de la edad de mis padres. Sólo encuentro dos casos donde no es así: un niño de no más de diez años, que me rompe el corazón, y un chico de mi edad, de unos veinte años.
Veinte ya, eh. Se hace raro decirlo. Ya han pasado años desde aquel día de mierda.
Una chica, también de mi edad, entra a la habitación, se aferra a la mano del chico y llora desconsoladamente. Me pregunto si Shay también habrá estado así, y me siento horrible.
Me acomodo en la ventana, apoyando mi espalda contra el marco, y los observo a los dos mientras miles de pensamientos inundan mi mente.
No puedo evitar sentir que mi verdadero yo sigue dormido. Siempre he querido ser una luz, ayudar a los demás a estar mejor, pero desde que he vuelto sólo le he dado quebraderos de cabeza a la persona que más quiero en el mundo.
Tengo que cambiar.
Sí. Basta de negatividad. Voy a despertar, y pronto. Hasta entonces, haré feliz a Shay. Seguro que hay algo que pueda hacer por él en esta forma.
Decidido. Basta de ser una víctima.
De repente, me doy cuenta de que la chica se ha ido y sólo queda el chico, durmiendo, su respiración superficial siendo el único sonido en la habitación.
Me marcho y le dejo descansar.
Suficiente por hoy.
Me dirijo a las escaleras (no me siento cómoda «usando» el ascensor), y de camino me cruzo con las mismas enfermeras que me encontré al llegar al hospital. Parece que siguen hablando de lo mismo.
—Es incluso peor, Marta, te lo digo —dice una de ellas.
—¿Tú crees? —pregunta la que debe ser Marta—. A mí me daba mucha pena la señora. Cuando su marido la visita se me enternece el corazón.
—Tía —dice una tercera—. Pero van a desconectar a la de la 308. Al final del verano, y es solo...
Antes de darme cuenta estoy corriendo. Tengo un pálpito. La 308 es mi habitación.
Por favor, que me equivoque. No ahora, que todo parecía empezar a ir a mejor.
Corro y mi respiración se vuelve pesada por inercia, pese a que no me canso en mi estado.
Llego delante de mi puerta y leo en voz alta, el sudor recorriéndome la frente.
Judith Flores García.
Número 308.
*****
De camino a casa, me esfuerzo por mantener el ánimo y me debato conmigo misma sobre qué hacer. El sol se pone tiñendo el cielo de naranja, pero yo no noto ni el calor del asfalto ni la brisa en la piel (sé que está ahí porque hace ondear mi vestido azul), lo cual me permite anclarme en mis pensamientos.
Suena cliché, pero no quiero que Shay sufra por mí. Supongo que tiene todo el derecho del mundo a saber esto, pero, ¿le serviría de algo?
Si me van a desconectar, ha de ser cosa de mis padres, aunque me duela. Los veremos en el pueblo y se lo dirán ellos mismos. No creo que Shay pueda convencerlos de cambiar de idea, pero tendrá una oportunidad. Antes de eso, no podrá hacer nada más que perder energía, sueño, salud mental y, en definitiva, la cabeza.
No se lo contaré. Está decidido. Quiero que escriba y que esté bien todo el tiempo que sea posible.
De repente, mientras vuelvo por una carretera vacía, caminando hacia la puesta de sol, un enorme cartel publicitario, iluminado por unos focos que parpadean con un zumbido eléctrico, llama mi atención.
«Storyflow, un lugar donde dejamos que tu historia fluya a su manera».
Es una de esas páginas web que tanta popularidad están ganando, donde publicas tu historia capítulo a capítulo.
Se me iluminan los ojos mientras empiezo a maquinar todo tipo de planes en mi cabeza.
Sí, sí, sí.
Por fin estoy volviendo a ser yo, y voy a hacer que Shay también vuelva a ser él.
De repente, algo me arrastra fuera de mis pensamientos y toda mi energía positiva se convierte en confusión.
A lo lejos, me parece ver a una chica con el pelo negro como el carbón y una bruja tatuada en el hombro.
Es muy guapa. Y me está mirando fijamente.