La importancia de creer

Un primer paso

—Esto no puede salir bien —protesta Shay—. Es una idea horrible.

Lo miro, risueña. He tardado un par de días en convencerlo, pero por fin va a ocurrir.

—Podrías haberlo dicho antes de buscar la cámara, colocarla y revisar el encuadre.

Hace un ruidito de indignación y, bajo mi mirada burlona, revisa el encuadre por duodécima vez en los últimos diez minutos. Da igual cuántas veces lo haga; sé que está pensando en echarse atrás. Al fin y al cabo, siempre he sabido leerlo como a un libro abierto y... Es especialmente evidente hoy. Se le nota en la tensión de los hombros, en cómo se toca el pelo e incluso en el movimiento de sus ojos. Está pensando que todo el mundo intenta triunfar en internet y que hay gente mucho más atractiva y carismática que él. Si ellos no llegan a nada, ¿por qué iba a conseguirlo él? Su autoestima siempre había sido así. Por eso, verlo brillar cuando hablaba de un libro que le gustaba o de un capítulo que iba a escribir era lo más bonito del mundo. Era la única versión suya que los problemas de su infancia no habían conseguido apagar del todo.

Conseguiría traerlo de vuelta. A la gente le encanta decir que el amor es ciego, pero, ¿no es justamente lo contrario? Lo más bonito del amor es la capacidad para verlo todo, cada detalle. Y si puedes verlo todo, puedes apoyar a tu pareja de la mejor forma y ayudarla a crecer.

Shay me vuelve a mirar como pidiéndome permiso para no hacerlo. Ladeo la cabeza y le dedico la sonrisa más radiante que soy capaz de poner, y sé que eso lo hace dudar, porque le encanta verme ilusionada. Mira a su alrededor, fijándose en detalle en el pequeño estudio que hemos montado en su habitación. A decir verdad, para ser un cuarto de estudiantes, el resultado es bastante decente, aunque la distribución nos ha obligado a hacer auténticos malabarismos.

El espacio es estrecho, con las paredes de un tono gris claro que él y David pintaron a principio de curso. El trípode de aluminio negro ha quedado prácticamente encajonado en medio del pasillo que queda entre su cama de noventa —a la izquierda, con la colcha gris algo arrugada— y la mesa de madera clara de Ikea. El escritorio está impecable: su portátil descansa sobre un soporte sencillo, flanqueado por un segundo monitor apagado y sus libretas de notas. Para la iluminación, el foco de estudio que compraron por internet proyecta una luz blanca y potente, restándole protagonismo a la claridad suave que entra por el ventanal de la derecha, pero sin eclipsarla del todo.

Pero lo mejor es el fondo, que queda justo detrás de su silla de escritorio. Hemos despejado la pared para dejar como única protagonista su librería alta de madera. Está abarrotada de novelas y clásicos, y para la grabación hemos ordenado las baldas superiores con los lomos más estéticos, algunas plantas pequeñas y, sobre todo, una hilera de figuras de coleccionismo alineadas al borde de los estantes.

Queda un plano pulcro, casi profesional.

Avanzo por la habitación, mi vestido arrastrándose por el suelo sin rozar con nada. Si tuviera un cuerpo físico, se habría enganchado en todos lados, así que bueno, al menos saco algo positivo de todo esto.

Llego hasta detrás de la cámara y ubico el botón de grabar tras un tiempo que, en mi defensa, y pese a cómo se alzan las cejas de Shay y la expresión sarcástica en su cara, considero corto para alguien que llevaba (y todavía lleva, supongo) años en coma.

Vale, hagamos esto rápido antes de que se pueda echar atrás, que lo conozco.

—Tres, dos, uno...

—¿Cómo planeas darle a grabar, cielo? —bromea, y me siento estúpida. Shay suelta una carcajada y no puedo evitar reírme con él.

Shay se levanta de la silla, se acerca a la cámara y coloca un temporizador de once segundos; su número de la suerte. Lo miro con ternura al ver que todavía mantiene esa costumbre, y él me mira también. Se muestra dubitativo y frena antes de poner en marcha la cuenta atrás.

—Dime que me quieres o algo, ¿no? —bromea—. ¿Qué tipo de apoyo es este?

—Perdón, perdón, señorito —le sigo el juego—. Es usted tenido en alta estima, si me pregunta.

—¿Señorito? —Se hace el ofendido, como cuando éramos niños—. ¿Así le habla usted a un escritor de éxito?

Suelto una carcajada. El sarcasmo siempre ha sido su mayor defensa cuando está nervioso.

—Venga, dale al play, tú puedes.

Shay pone en marcha el temporizador y voy escuchando los pitidos de la cuenta atrás mientras busco un espacio en la habitación. Me siento (o mejor dicho, floto) en la estantería a su espalda, pero finalmente me aparto para salirme del plano (como si alguien fuera a verme) y me coloco encima de su cama, observándolo embobada.

Cuando la cuenta llega a tres, me doy el placer de darle la cuenta atrás de nuevo. ¿Qué pasa? Siempre había querido hacerlo.

—Tres, dos, uno... ¡dentro! —le susurro con todo el entusiasmo que puedo reunir, haciendo el gesto de una claqueta en el aire.

Shay traga saliva y clava la mirada en el objetivo de la réflex. Al principio lo noto rígido, pero en cuanto empieza a hablar de literatura, la magia ocurre. Se va soltando. Su voz se vuelve cálida, gesticula con las manos y sus ojos brillan con esa pasión que a mí me nubla el juicio. Inconscientemente, me pego al lateral de la estantería de madera, justo a la derecha, fuera de la línea de visión de la lente. Me cruzo de brazos y me apoyo de lado contra el mueble, mirándolo con una sonrisa de orgullo que me llena el pecho. Es tan bueno en esto... solo necesita creérselo un poco más.

De pronto, Shay empieza a hablar con entusiasmo de una de sus novelas de fantasía favoritas, comparándola con la suya propia. Al escuchar el título, un impulso puramente humano me domina. Sé exactamente qué libro es; he visto ese lomo gastado cien veces en su habitación desde que llegué aquí. Llevada por la curiosidad de ver la portada y compartir ese momento con él, me giro hacia la librería y estiro la mano hacia la balda que queda justo detrás de su hombro. No voy a tocarlo, solo quiero rozarlo. Pero la emoción del momento, o tal vez la intensidad con la que deseo estar presente en su mundo, provoca un chispazo extraño en mi interior.



#18968 en Novela romántica

En el texto hay: drama, amor, viejos amigos

Editado: 02.08.2026

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