El tráfico avanzaba con lentitud por una de las calles principales de la ciudad. Los deslizadores ronroneaban suavemente bajo el murmullo de los peatones, mientras diversas y coloridas aves surcaban el cielo, esquivando los transbordadores que iban y venían de los puertos aéreos. Dentro del deslizador de su familia, la pequeña Rea observaba a través de la ventanilla el ir y venir de los transeúntes, sujetando sobre su regazo y entre sus pequeñas manos, la gran caja de caramelos que había comprado con su mesada para sus hermanitas.
Le era aburrido esperar, por lo que distraídamente fue identificando las razas de quienes caminaban por la acera. Sephiros con sus blancas alas plegadas a sus espaldas, akales con sus rojos y rizados cabellos destacando más que sus cuernos, ghidkats con sus doradas pieles cubiertas hasta el cuello y humanos algo más pequeños que todos los demás. Algunos mestizos, que casi pasaban desapercibidos, la hicieron mirar la nuca de su padre.
—En momentos así, prefiero un transbordador —dijo el hombre tras un momento.
Él compartía el mismo cabello negro que ella, pero sus ojos eran una mezcla de verde y ámbar, como su hermanita Lea. Alto y de hombros anchos como todo ghidkat, Zelke Tikva resaltaba entre otros de su raza gracias a la clara pigmentación de su piel, producto de un mestizaje hace tres generaciones. Rea y sus hermanas, por otra parte, habían heredado la piel dorada de su madre. Cosa que les ahorraba destacar entre los demás niños ghidkat, y sufrir la discriminación que todavía era común entre la población.
—Cuando menos lo esperes, viajarás con nuestras pequeñas por el espacio —le dijo Elora, con su mirada puesta en la pantalla de su pequeña tableta electrónica.
Medio girándose en su asiento, Zelke dirigió una “mirada de cachorro” a su hija. Logrando sin mayor esfuerzo que ella riera.
—¿Crecerías más rápido por papá? —le preguntó.
—Nen —negó ella, agitando la cabeza con una brillante sonrisa en su pequeño rostro.
A sus diez años, Greal Tikva tenía lapsus en que esperaba ser tratada como alguien más “grande y madura”. Actuar como la hermana mayor para las dos pequeñas que les esperaban en casa de los abuelos. Pero Zelke sabía cómo lograr que su pequeña olvidará esas ideas, al menos, durante el tiempo en que estaban solo los tres.
—Por Ghik, etin Greal, el tráfico terrestre es horrible —se quejó él, enderezándose para avanzar el vehículo apenas un par de metros.
—Lo siento pac, pero ipao Ghik quiere que sus fis crezcan a un ritmo saludable —le refuto la pequeña, sin culpa alguna, recargando su cabeza en el respaldo de su asiento.
La sonrisa que su padre había plantado en sus labios, murió cuando un sismo agitó la tierra y sacudió los edificios en torno al tráfico. Los transeúntes se detuvieron de golpe dirigiendo sus miradas hacia el cielo. Algunos ocupantes de los diversos deslizadores se asomaron por sus ventanillas, incluyendo a la pequeña. Y entonces, quebrando la espesa inquietud que se había asentado en los corazones de todos, una serie de explosiones resonaron desde todas direcciones.
Los escombros volaron mientras un zumbido ensordeció a la familia. Zelke y Elora se quitaron sus cinturones de seguridad, reuniéndose con Rea en el asiento trasero segundos antes de que, producto del miedo, varios conductores intentaran huir provocando una serie de choques. El metal crujió y los vidrio estallaron mientras Zelke las sostuvo a ambas entre sus brazos. El vehículo era arrastrado de un lado a otro, sacudiéndolos con brusquedad, hasta que finalmente se detuvo en contra una de las barras de contención. Él dio un vistazo hacia afuera y tras comprobar que por el momento no era posible que se movieran, las soltó y se quitó su chaqueta, cubrió a su esposa e hija con esta, y dio una fuerte patada contra el vidrio trizado del parabrisas. Tras un par de patadas más, los trozos volaron y él salió con cuidado, pisando y pateando los trozos que podrían lastimarlas.
Rea fue la primera en salir, envuelta en la gran chaqueta de su padre, temblorosa y con cuidado. Pero cuando salía su madre, una ráfaga de disparos hicieron que el hombre jalara a la pequeña tras su espalda. Aterrada, ella se aferró a su cadera mientras él ayudaba a su madre, y pronto él la cargaba y los tres corrían hacia la entrada más cercana al tren subterráneo. Ahí se encontraron con otras personas que buscaban refugio, tan conmocionados y confundidos como ellos.
Su padre finalmente la dejó sobre una banca vacía, y dio un paso atrás.
—Rea, ¿estás bien? —le preguntó su madre, poniéndose de rodillas ante ella.
La pequeña iba a responder que “si”, pero entonces vio como su padre llevaba una mano a su costado, ahí donde una enorme mancha oscura comenzaba a extenderse por su camiseta.
—¡Pac! —jadeó, provocando que su madre se diera la vuelta.
Soltando una maldición, Elora alcanzó a su marido y comenzó a revisar su herida… Justo cuando un nuevo sismo hizo que todos perdieran el equilibrio y los gritos se mezclaron con los estruendos.
Rea se hizo bolita, cubrió sus oídos y cerró los ojos. El polvo nublaba su visión cuando volvió a mirar a sus padres, quienes estaban de rodillas frente a ella, abrazados y susurrándose el uno al otro. No pudo saber lo que decían, pero vio a su madre soltar unas lágrimas antes de volverse hacia ella y abrazarla.
—Todo estará bien, etin Greal —le dijo con angustia.
Los ruidos se intensificaron y el aire lleno de polvo le impedía ver más allá de la figura de su padre. El hombre aún presionaba su costado, viendo hacia ellas con una triste sonrisa. Jadeando se acercó a ellas y todavía de rodillas colocó su mano libre sobre la pequeña cabeza de Rea. Su pequeña y grande Greal.
—Pac —murmuró, pero él no podía escucharla.
Elora finalmente la soltó y se puso de pie, mientras Zelke hacia lo mismo y se apartaba, para dar un beso en la boca a su esposa y volver a cargar a su hija. Con un silbido llamó la atención de la gente, y señaló hacia el túnel del subterráneo. Haciendo el saludo militar con su brazo libre, les recordó y señaló que en tres paradas hacia su izquierda se encontraba la estación militar conectada al cuartel Etsebar.