La lucidez regresó como un ladrón, robándome el velo químico del éxtasis. Primero fue el olor. No el de él, sino el de ellos: una mezcla invasiva de sudor, sexo y esa dulzura omega que ahora me parecía obscena. Luego, el dolor, un latido profundo y satisfactorio que me hacía sentir… reclamada. Y por último, la memoria.
“No, padre.”
Mi susurro inútil. Su boca sellando la mía. Mis manos, destinadas a empujar, enredándose en su camisa para atraerlo más cerca. Completando la traición.
Una náusea feroz, mezclada con un espasmo de lujuria retrasada, me retorció el estómago. Dios, ¿por qué había tenido que sentirse tan bien? Era lo más monstruoso.
Sabía que me faltaban dos días. Dos días en los que la lógica dictaba que… no podía volver a pasar.
Mi ritual de penitencia fue la ducha. Luego, mi armadura: un vestido de lana color crema con cuello cisne. Mi muro químico: un perfume francés, amaderado y neutro, para ahogar el jardín que aún florecía, taimado, bajo mi piel.
Al bajar, la normalidad era un disfraz grotesco. La risota de Wes, la voz de Carter.
—Rosie, ¡buenos días, dormilona! —Wes me lanzó un gesto, sus ojos verdes posándose en mí un segundo de más.
Mi madre, Gracie, se acercó con su sonrisa de anfitriona.
—¿Todo bien, cariño? Anoche te retiraste pálida.
Si supieras.
—Sí, madre. Solo migraña —mentí, con la lengua quemada.
Y entonces, él entró
Wade Rockwell cruzó el umbral y el aire se electrizó. A sus 42 años, llevaba el tiempo como un traje a medida: unas pocas canas estratégicas en las sienes que acentuaban el gris glacial de sus ojos, una mandíbula fuerte, apenas suavizada, pero aún capaz de partir voluntades. No era la belleza tosca de sus hijos alfa, sino algo más peligroso: una elegancia afilada, un imán que tiraba de todo en la habitación, incluido el aire de mis pulmones. Se dirigió a Gracie con un seco “Buenos días”, tomó su asiento y abrió el periódico. Cada movimiento suyo era una declaración.
No podía mirarlo. Y al mismo tiempo, era hiperconsciente. De su pulgar pasando páginas. Del leve aroma a colonia que no lograba ocultar del todo su esencia alfa. Sentí una oleada de calor vergonzante entre mis piernas. Apreté los muslos bajo la mesa.
—¿Rosemary? —La voz de Dominic me hizo parpadear—. El informe de la Fundación Luciano. ¿Lo revisaste?
—Aún no —logré articular. Mi voz sonó extraña.
—Hazlo —intervino Wade, sin levantar la vista—. Dante llamará esta tarde. Espero buenas notas.
Dante. Mi prometido. Un dolor agudo y moral me atravesó el pecho.
Tomé la llamada de Dante con la puerta cerrada.
—Rosie, ¿cómo estás, amore mio? —Su voz era cálida como el sol.
Cerré los ojos. Por un segundo, quise gritarlo todo.
—Bien. Un poco cansada —dije, y fue la verdad más pura.
—Tu padre me dijo que no te encontrabas bien anoche. Me preocupé.
Mi padre. Sabe exactamente lo que me pasó..
—Solo… algo que comí. Ya estoy mejor —mentí de nuevo, el sabor a lágrimas en la garganta.
Mientras hablaba de la luna de miel en la casa del lago, un pánico frío me inundó. No podría. Mi cuerpo lo rechazaría. Todo se destaparía.
—Suena perfecto —susurré, ahogada.
Al colgar, me volví. Y allí estaba él.
Desde mi sitio, a la luz oblicua de la tarde, pude ver su perfil con una claridad cruel. Había heredado Wes la nariz recta, la frente alta. Pero donde Wes era fuego juvenil, él era roca tallada por el viento. Una cicatriz tenue, casi invisible, le cruzaba la barbilla —recuerdo de algún negocio que no se cerró en un escritorio—. Y cuando giró la cabeza, la luz jugó en sus pómulos altos, creando sombras que hacían de sus ojos pozos sin fondo. Pensé, con un escalofrío, que Dante —dulce, amable Dante— nunca tendría este tipo de belleza. La belleza que duele mirar.
—¿Tu celo? —preguntó, sin preámbulos. Su voz era clínica.
Asentí, avergonzada.
—Sigue… presente. Pero más leve.
Su mirada se posó en el cuello cisne de mi vestido, como si pudiera ver a través de la lana.
—Esta noche. Después de la cena. Ve al ático del pabellón este. Estará preparado.
No era una pregunta. Era una orden. Y lo más aterrador fue el alivio instantáneo que inundó mis venas.
—No podemos —protesté débilmente—. Es… Dante…
Se acercó. Un paso. Dos. Llenó el espacio hasta que su calor, su olor, me envolvieron. Mi cuerpo traidor tembló antes de que mi mente pudiera ordenarle lo contrario.
—¿Prefieres que sea él quien descubra tu secreto? —musitó, su aliento rozándome la oreja—. ¿Que tu madre… se entere de lo débil que es su sangre?
Fue la última frase la que me atravesó. La decepción en los ojos serenos de Gracie.
—El ático —repitió—. A las diez. No uses ese perfume. Quiero oler lo que es mío.
Se dio la vuelta. Me dejó helada y, para mi eterna condena, ardiendo.
Subí las escaleras de servicio, mi corazón un martillo contra mis costillas. El ático era una suite de lujo escondida: alfombras profundas, una cama ancha, fuego en la chimenea.
Y en el centro, él.
A la luz danzante de las llamas, parecía esculpido en ámbar y sombra. La camisa blanca, desabrochada, revelaba una línea de vello oscuro que se perdía en la cintura de los pantalones, y la tela fina se pegaba a un torso que no hablaba de gimnasios, sino de fuerza ganada en tableros de dirección y en campos de batalla que yo no podía imaginar. Tenía las manos de un pianista o de un estrangulador, largas, con nudillos pronunciados y venas marcadas. Esas manos me habían roto en mil pedazos anoche. Y ahora, quietas, parecían esperar solo una señal para volver a empezar.
—Cierra la puerta, Rosemary.
Obedecí. El *clic* del pestillo fue el sonido de mi propia jaula.
—El perfume —dijo, acercándose. Su aroma, whisky y puro y alfa, llenó el espacio—. Te dije que no.
—Lo necesito para… —empecé, pero él ya estaba allí.