El celo se fue. Lo que quedó fue el vacío termoluminiscente.
Un vacío en mi centro, como esos fragmentos de cerámica que Dante describía: algo que había contenido fuego, y ahora solo conservaba un fantasma de luz atrapado en su estructura molecular, esperando ser medido para revelar cuándo, exactamente, había ardido por última vez. Yo sabía cuándo. Lo recordaba en cada célula. Pero no podía contárselo a nadie.
Lo peor no era el vacío interior. Era cómo deformaba la gravedad a mi alrededor. Mi padre ya no me miraba. Me orbitaba. Sentía su presencia como una alteración en la presión atmosférica: cuando pasaba junto a la puerta de su estudio, sin siquiera volver la cabeza, sabía que había detenido la pluma sobre el papel. Que su respiración se había hecho un milímetro más profunda. Que sus ojos grises, como escáneres de un artefacto que no comprendía del todo, recorrían la línea de mi espalda, la curva de mi cadera bajo el vestido, con la posesividad silenciosa de quien ya ha reclamado un territorio.
Náusea. Y bajo la náusea, el zumbido bajo y caliente de mi propia biología, respondiendo. Era ese eco termoluminiscente: mi cuerpo, traidor, aún brillaba con el calor de aquel fuego.
Busqué refugio en la única fuerza gravitacional normal que quedaba: Wes.
Su habitación era una cápsula de caos en esta nave estéril. Olía a incienso barato quemado para enmascarar el olor a hierba, a sudor de gimnasio y a libertad adolescente. Un santuario.
—¡Rosie! —rugió, arrancándose los audífonos. Su abrazo fue un tsunami de normalidad que casi me tira al suelo. Reí, un sonido ahogado y real que me sorprendió. Por un instante, fui solo la hermana mayor de Wes.
—¿Ya pasó lo tuyo? —preguntó al soltarme, sus dedos enredándose en mi pelo con familiaridad despreocupada—. Estuviste como un fantasma. Un fantasma muy pálido.
—Ya pasó —mentí, y noté, con un pánico súbito, cómo sus fosas nasales se dilataban levemente al estar tan cerca.
Todos los hombres de esta casa son detectores de mentiras ambulantes, pensé. Wes no era un alfa dominante como su padre, pero tenía el instinto. Lo había adormecido con despreocupación, pero seguía allí.
—Bueno, hoy compensamos —anunció, con el brillo pirata en los ojos verdes—. Carter tiene el Aston Martin nuevo. Te voy a dar una vuelta que te va a pegar las cejas a la nuca.
El «sí» estuvo a punto de saltárseme del pecho como un alma en pena liberada. Sí. Por favor. Llévame lejos de esta casa que ahora respira con los pulmones de mi padre.
La puerta se abrió sin que nadie llamara. Martha, la sirvienta cuya cara parecía tallada en granito desde antes de que yo naciera, tenía esa expresión que solo aparecía cuando era la mensajera de una orden directa del trono.
—Señorita Rosemary. El señor Rockwell le ruega que cancele sus planes. Debe presentarse a tomar el té con los Luciano esta tarde. Ha sido específico en que vista el conjunto azul marino. El conductor la esperará en diez minutos.
El azul marino. El color del mar profundo, de la noche sin luna. El color que él había dicho, con una voz que no admitía réplica, «acentuaba la palidez etérea de tu piel y la línea de tu cuello». No era una sugerencia de moda. Era un marcador. Una forma de enviarme a otro hombre vestida con el color que él había elegido, como diciendo: Recuerda quién te viste. Quién te desviste.
Wes frunció el ceño, su diversión evaporándose.
—¿Té? ¿En serio? Es el castigo más aburrido del mundo. Voy contigo. Al menos te haré reír cuando Roberto hable de tasas de interés.
Acepté. Necesitaba su escudo, aunque fuera de bromas.
El viaje en el Aston Martin robado fue un paréntesis de vértigo puro. Wes condujo como si persiguiera o fuera perseguido por la propia normalidad. Gritamos la letra de canciones horribles a todo pulmón, y el viento se llevó por la ventana el olor a puro y a angustia. Por veinte minutos perfectos, el vacío dentro de mí se llenó de velocidad y risa.
Hasta que las rejas negras de la mansión Luciano se cerraron tras nosotros con un clang suave y definitivo, como la tapa de un sarcófago.
Roberto Luciano emergió de las sombras del vestíbulo como un halcón saliendo de su percha. Su sonrisa era una transacción no completada.
—*Rosemary. Finalmente en nuestra humilde morada sin un ejército de fotógrafos —dijo, tomando mi mano. No la besó. La apretó, midiendo la resistencia, mientras sus ojos oscuros, inteligentes y fríos, me escaneaban de arriba abajo. No era una mirada de deseo. Era de evaluación de activos—. *El parecido con Gracie es… intrigante. Como un cuadro al que le han cambiado un pigmento clave. Se parece, pero la vibración es distinta.
Sus palabras, envenenadas de astucia, me helaron. ¿Un pigmento cambiado? ¿La vibración? ¿Estaba hablando de mi olor? ¿De la tenue, persistente dulzura omega que mi perfume neutro no lograba aniquilar del todo?
Antes de que pudiera formular una respuesta, Eliza Luciano se materializó a su lado. Era belleza tallada en hielo antiguo. Su sonrisa no llegaba a sus ojos, grises como el mar en invierno. Se acercó más de lo socialmente permitido. Inclinó la cabeza y olfateó, leve pero deliberadamente, el aire a la altura de mi clavícula.
Un escalofrío me recorrió la columna.
—Qué perfume tan… discreto, cara —murmuró, su voz un susurro de seda sobre una lámina de acero—. Los humanos han perdido el olfato. Creemos que con agua y jabón borramos nuestro rastro. Pero los animales viejos, los que aún recuerdan los bosques… todavía podemos oler la verdad bajo la colonia. Su mirada se clavó en la base de mi garganta, como si pudiera ver el pulso acelerado que latía allí—. Hueles a miel, niña. Miel que se ha fermentado al sol. Dulce y… agria al mismo tiempo. Como algo que fue puro y ha empezado a pudrirse desde dentro.
Me quedé paralizada. El pánico, agudo y blanco, me nubló la visión. Lo sabía. No sabía qué, pero olfateaba la corrupción, la fractura. Olía a mi padre en mí. Olía el pecado.