El amanecer llegó como un intruso. Eran las seis, quizás. Sentí brazos rodeando mi cintura desde atrás, y luego largos dedos que trazaron una línea lenta, posesiva, desde mi ombligo hasta la base de mis costillas. Me estremecí, paralizada. Conocía ese toque. Esa forma de afirmar propiedad antes de decir una palabra.
Justo cuando iba a girarme, sus labios se posaron en la curva de mi cuello, un beso sin calor, y subieron hasta la concha de mi oreja.
—Levántate —su voz era grave, un ronroneo que vibraba en mis huesos—. Nos vamos. Tienes quince minutos. Ponte lo que quieras. Y nada de perfume.
Su tacto se desvaneció. Oí la puerta cerrarse. Me senté en la cama, el corazón latiéndome en la garganta. ¿Adónde? ¿A esta hora? Y lo más extraño: podía elegir mi ropa. Era una ilusión de control. La más peligrosa de todas.
Me duché rápido, el agua casi fría para despertar. Elegí con cuidado: un top drapeado color marfil satinado, pantalones beige de talle alto y corte impecable. Tacones blancos. Un conjunto que gritaba *elegancia controlada*. Que decía: "Soy una Rockwell, no la cosa temblorosa que fuiste en el ático". Me miré al espejo. La tela del top caía suave, sin revelar demasiado. No le des excusas para mirar donde no debe, pensé. Luego, un escalofrío me recorrió. ¿Por qué pensaba en excusa? Su mirada ya no necesitaba ninguna.
Ninguna sirvienta vino a ayudarme. El silencio del ala este era absoluto, orquestado. Él había despejado el camino.
Lo encontré en el salón, la silueta recortada contra la ventana, fumando un puro cubano. Al oírme, lo apagó lentamente.
—¿Adónde vamos? —pregunté, con un hilo de voz.
—Al pabellón norte. Allí lo entenderás todo.
No había opción. El viaje duró una eternidad de silencio. Una hora, quizás más. El paisaje urbano dio paso a colinas, luego a un camino privado flanqueado de cipreses.
El pabellón norte no era una casa. Era un penthouse clínico, Todo líneas blancas, acero y cristal. Frío. Estéril. Olía a desinfectante y a dinero. No desprendía agonía. Desprendía ausencia. Como si aquí, nada de lo que ocurriera pudiera dejar huella.
Un hombre de bata blanca y sonrisa profesional nos esperaba, junto a una enfermera de gesto inexpresivo. El doctor Evans. Joven. Demasiado joven para la frialdad de sus ojos.
—Señorita Rockwell, un placer —dijo. Su apretón de manos fue firme, su mirada se deslizó sobre mí con la velocidad de un escáner—. Vamos a regular su condición. Un simple tratamiento de consolidación hormonal. Para que se sienta… estable.
Mentía. Lo supe al instante. Las palabras eran demasiado suaves, demasiado genéricas. Wade, de pie junto a la ventana, hablaba por teléfono con sus negociadores, pero su atención era un campo magnético a mi espalda. Lo sentía.
El doctor me guió a una sala de procedimientos. La enfermera preparó una jeringa con un líquido claro.
—Esto ayudará a que su cuerpo acepte su nueva… normalidad —dijo Evans, mientras limpiaba mi hombro con alcohol. Su dedo se demoró un segundo de más en mi piel.
Y luego, su voz bajó, se tiñó de algo personal.
—Eres muy bonita, ¿sabes? —murmuró, casi para sí mismo, mientras la aguja encontraba mi vena—. Es increíble. Una omega con tu… presencia. Tan raro. Tan tentador.
Un asco profundo, viscoso, me subió por la garganta. No era un elogio. Era un diagnóstico perverso. Su mirada ya no era clínica. Recorría mi cuerpo como si estuviera desnuda, midiendo, evaluando la carne bajo la seda.
Wade salió al pasillo, su voz amortiguada por la puerta.
En el segundo en que desapareció, la máscara del doctor se agrietó. Dejó la jeringa usada a un lado y se acercó. Demasiado. El aliento a menta y a envidia me golpeó el rostro.
—Tu papi es un hombre con gustos exquisitos, lo admito —susurró, sus ojos brillando con una lucidez enfermiza—. Pero también es un hipócrita. Te esconde, te "trata". Pero yo… yo puedo ver lo que realmente eres. Una obra de arte biológica. Tan dulce de corromper… y tan ya corrompida, ¿verdad?
Su mano, enguantada en látex, se posó en mi muslo, sobre el pantalón beige. Apretó.
El pánico fue un sabor metálico. Lo empujé. Él ni se movió. Su otra mano me cubrió la boca antes de que el grito naciera.
—Shhh… —el sonido fue obsceno, un susurro de cómplice—. Nada de papá. Él está ocupado salvando su imperio. Pero yo… yo solo quiero estudiae el mío.
Sus dedos subieron, buscando el borde de mi top drapeado. Cerré los ojos con fuerza. El mundo se redujo al olor a látex, a su respiración acelerada, a la presión de su mano en mi boca. Y entonces, en medio del terror, algo cambió.
Un zumbido frío reemplazó al pánico. Como si mi mente se dividiera: una parte seguía aterrada, la otra… observaba. Observaba el temblor de su dedo índice. La sombra de sudor en su sien. La jeringa descartada, al alcance de mi mano libre.
Tiene la punta ensangrentada. Mía. Líquido claro dentro. ¿Anestésico? ¿O parte del "protocolo"?*
El pensamiento fue rápido, clínico. Como si mi cerebro hubiera accedido a un manual de supervivencia que no sabía que tenía.
Sus dedos tiraron de la tela de mi top.
Mi mano se movió. Rápida. Certera. Cogí la jeringa descartada y, sin pensarlo, la clavé en el lado de su cuello, donde la vena yugular latía bajo la piel.
Sus ojos se desorbitaron. Un quejido ahogado, más de sorpresa que de dolor, escapó de sus labios. Su agarre se aflojó. Empujé. Él cayó hacia atrás, tropezando con la silla de ruedas de instrumentos y derribándola con un estruendo de metal contra el suelo de porcelanato.
La puerta se abrió de golpe.
Wade estaba en el marco, su presencia llenando de pronto el espacio. Su mirada pasó del doctor retorciéndose en el suelo, la jeringa sobresaliendo grotescamente de su cuello, a mí. A mi pecho agitándose, a mis ojos seguramente salvajes.
—¿Qué ha pasado aquí? —su voz no era un grito. Era baja, peligrosamente calmada.