Justo me desperté a la hora que quisiera, solté un bostantezo largo mientras estiraba los brazos debajo de la seda que cubría mis músculos. Me levanté con cansancio arrastrando los pies, desviando obstáculos en el camino, ropa, zapatos esparcidos, un caos perfecto.
Ya esperaba que mi padre abriera la puerta y dijera lo mismo siempre: Wes, deberías ser más ordenado como tus otros hermanos, para luego darme una orden específica de lo que tenía que hacer.
—¡A la mierda! —exclamé, mis dedos pasando por el cabello oscuro.
Mientras me preparaba, había un silencio extraño. La sirvienta habitual vino y me dejó el café en la mesita cerca de la puerta, sin levantar la vista y sin un *buenos días. Me puso una camisa negra junto a una chaqueta de cuero y unos pantalones oscuros. Bueno, soy un chico rebelde, ¿por qué no demostrarlo?
Cogí los audífonos y el celular —muy importante—. Tomé mi café rápidamente mientras bajaba las escaleras, llegué a la cocina y dejé la taza en el fregadero. Allí me encontré con mi madre.
—Buenos días, supongo que hoy la reina anda de buen humor —escapé una pequeña risa, aunque su rostro era de una mujer severa y practicada a través de los años—. Aunque dejando eso, ¿has visto a Rosita?
Mi madre negó con la cabeza, cerrando así el frío.
—Quizás haya ido a sus clases de ballet extra.
—Sí... claro.
La respuesta que me esperaba. Una mentira que pude identificar con facilidad, ya que sabía que ella odiaba las clases extra. Fui a la mesa del desayuno, estando solamente yo y mi hermano Dominic. Necesitaba contarle lo que había visto esa mañana.
Cuando estaba a punto de hablar, él se levantó para ir a su dormitorio a seguir con sus deberes.
—Oye, ¿te vas a ir tan rápido? —mostré una sonrisa burlona, y de acto seguido me levanté.
Él solo me frunció el ceño y siguió su camino a la habitación. Sentí el corazón martillando en el pecho.
—Bueno, no te pongas así, solo fue una bromita.
—Wes, si no tienes nada importante, te sugiero que dejes tus tonterías —su voz fue mesurada y directa.
Levanté las manos en derrota y, como habíamos llegado a la puerta de su cuarto, se la abrí antes de que lo hiciera él.
—La verdad es que sí tengo que contarte algo. Es sobre padre y Rosemary —bajé la voz lo justo para que solo él oyera—. Seguro que te has percatado.
Él se sorprendió ligeramente. Entonces entró y me jaló hacia dentro, cerrando la puerta en un clic.
—Quiero detalles.
Parecía un doctor en ese momento, como si buscara los síntomas de una enfermedad. Me acomodé un poco la chaqueta por el maldito jalón.
—La próxima vez ten más cuidado, es nueva.
Me senté en el cercano sofá, estirando las piernas. Él se acomodó frente a mí en la cama, sus ojos detrás de los lentes enfocados completamente.
—Lo que sucedió fue que esta mañana, medio muerto de sueño, los vi. A papá y a Rosie. A las seis de la mañana, Dom. ¿Quién coño se viste de traje y tacones a las seis? Papá le hablaba al oído... no, no era "cuidado con el escalón". Era... más bajo. Y la mano en la espalda... no aquí —me señalé el hombro—, sino aquí —me toqué la cintura baja—. No sé, hermano. Se me heló la sangre. Y desde entonces, Rosie parece un fantasma que obedece órdenes.
Él se quedó analizando mis palabras resonando en su mente, una información que procesar. Tengo un ChatGPT vivo. Un mechón de cabello cayó sobre su rostro en un arco perfecto.
—Parece que no era el único que notaba una desigualdad —se acomodó sus lentes, su ceño frunciéndose ligeramente—. ¿Y tú no oíste nada al respecto? ¿A dónde iban o alguna minúscula información?
—¿Crees que a las 6 de la mañana yo tuviera tímpanos para eso? —escapé un suspiro exasperado mientras me hundía más en el sofá—. Ellos ya se iban. A saber dónde.
—De verdad que esto te da fatal.
—¡Al menos hago el esfuerzo de preocuparme! —reclamé, cruzando los brazos.
Él se levantó en un movimiento mecánico, tomó el móvil de la mesa y comenzó a llamar a alguien. Al contestar la otra persona, me resultó familiar. Ese narcisista y estúpido hermano, Carter.
—En cinco minutos te quiero aquí —ordenó, dejando por terminada la llamada.
—No me digas que llamaste a ese imbécil.
—Wes, Carter sabe más de lo que uno puede rebuscar.
Solo chasqueé los dientes en molestia. Jamás Carter me había caído bien. Desde niños tuvimos una rivalidad impenetrable. Hacía bromas molestas y se creía el caballero de cada cuento de princesa que decían en la escuela. Justo cuando quería golpearlo, Rose estuvo ahí para detenerme, a pesar de que teníamos diferentes grados. Me hacía un espacio en su estudio o cuando necesitaba alguna pequeña cosa, como una buena hermana mayor.
Nos reunimos en mi habitación. Por una extraña razón decidieron el lugar más pintoresco de la casa.
—¿A quién se le ocurre vivir en un tal basurero? Para esto nos hubiéramos ido a un bar —se quejó Carter ligeramente, con una sonrisa burlona que me daban ganas de golpearlo.
—Basurero será el cabello cuando te haya quitado esa maldita sonrisa de la cara.
—Deténganse —intervino Dominic, su voz cortando el aire como un bisturí—. Elegí este lugar porque aquí nadie se le ocurrirá espiarnos. Esta habitación está ubicada estratégicamente fuera de las miradas y cámaras indiscretas. Es el punto ciego de la red de seguridad de papá.
Solo pude bufar. Sentía cómo me hervía la sangre con solo ver a Carter en la puerta. Así que desvié la mirada hacia mi hermano Dom, que ahora estaba de pie junto a la ventana, su tablet encendida.
—Entonces, ¿cómo va a ser esto? ¿Vamos a perseguir a padre como cachorros? —preguntó Carter, escapándosele una ligera risa mientras se ponía las manos en los bolsillos.
—Sabes muy bien que no —respondió Dominic, sin apartar los ojos de la pantalla—. Papá nos conoce a la perfección, y él siempre ha sido un rompecabezas difícil de descifrar.