La infinidad de un secreto

Capítulo Vl: Tiempo de calidad

La operación comenzó.

Dominic se embarcaría en una misión de alta precisión: un día entero en la oficina con el hombre que nos había enseñado a desconfiar incluso de nuestra propia sombra. Carter usaría su máscara de frívolo para hurgar en los rincones sucios donde el dinero y los secretos tienen el mismo olor a whisky caro. Y yo… yo tendría la parte más peligrosa.

Pasaría el día con mi hermana mayor.

El nerviosismo era un zumbido en mis huesos, pero bajo él latía una emoción más primitiva, más desesperada: la posibilidad de recuperar, aunque fuera por unas horas, a la Rosie que se esfumaba cada día más rápido. De probar que todavía estaba allí, bajo esa capa de hielo perfecto.

Toqué su puerta con los nudillos, un código suave que inventamos de niños. El susurro que llegó desde dentro apenas calificaba como voz: “Pasa.”

La habitación olía a flores marchitas y a quietud. A aire que no se había movido en días. Ella estaba en el escritorio, la espalda recta como una regla, la mano moviéndose sobre una libreta con una precisión que me detuvo en seco. No escribía. Trazaba. Copiaba algo línea por línea, cada curva un calco, cada espacio medido. Un escalofrío reptó por mi columna. Por un instante, vi a Dominic sentado ahí, con su concentración de láser, su frialdad de algoritmo. Bueno, son hermanos, me dije, forzando un trago. Comparten el gen de la perfección rota.

—Hermanita —dije, inyectando en mi voz un tono juguetón que me supo a mentira en la lengua—. Pensé que, ya que estás cumpliendo una condena a cadena perpetua en esta mansión, podríamos fugarnos. Un día. Sólo nosotros. Sin mamá y papá respirándonos en la nuca.

Esperé. Una risa, un suspiro exasperado, un “¿qué has roto ahora, Wes?”. Cualquier cosa.

El silencio que obtuvo fue de otra calidad. Ella terminó la línea con un trazo final, impecable, y depositó el lápiz a un lado, formando un ángulo exacto de noventa grados con el borde de la libreta. Luego, giró la cabeza. Sus ojos, de un azul que había perdido todo reflejo del mar, se posaron en mí. No me miraba. Me escaneaba.

En ese momento, el auricular casi invisible en mi oído crepitó. La voz de Dominic, clara y plana como un informe forense: “Zona despejada. Tienen una hora. El reloj empieza ahora.”

Rosemary abrió los labios.

—Ah… tiempo de calidad —dijo. Su voz era meliflua, demasiado suave, como un edulcorante que deja un regusto amargo. Por un segundo salvaje, mi corazón dio un brinco: ¡Ahí está! . Pero no. Era la entonación correcta, las palabras adecuadas. Era la réplica perfecta de una hermana que acepta una salida. —Sí, Wes. Me encantaría ir contigo.

No preguntó “¿adónde?”. No cuestionó “¿por qué un martes a las diez de la mañana?”. Solo aceptó. Como un programa ejecutando el protocolo de “hermana cooperativa”.

—¡No se diga más! —exclamé, tal vez con demasiada fuerza, y cerré mi mano alrededor de su brazo. Encontré la seda de su blusa y, bajo ella, un brazo que no se tensó, pero que tampoco cedió. Era firme, firme como el de alguien que espera que la prueben.

La guié por los pasillos silenciosos, por la escalera de servicio que Carter había distraído, hacia la puerta lateral que Dominic había dejado sin vigilancia digital. Cada paso nuestro resonaba en el silencio cómplice de la casa.

Y mientras cruzábamos el último umbral hacia la luz cegadora y falsamente libre de la mañana, un pensamiento atravesó mi alivio inicial, afilado como un cristal: Estamos todos en esto juntos. Lo aterrador es no saber si ella está de nuestro lado, o si nuestro “rescate” es simplemente el siguiente movimiento en su propio juego.

---

La llevé al auto, abriendo la puerta del copiloto con un floreo que esperaba fuera contagioso. Quizás parecía un cachorro emocionado. Ella se deslizó al asiento con un movimiento glaciar, propio del ballet pero desprovisto de toda gracia. Era eficiencia pura. Parpadeé un par de veces y decidí no prestar tanta atención. Todavía.

El motor rugió suavemente. Manejé sin rumbo, y se me ocurrió poner la banda sonora de nuestra antigua vida: el solo desgarrador de “Adele” que ella solía cantar a gritos, con los ojos cerrados y las manos golpeando el salpicadero. Subí el volumen hasta que los bajos vibraron en el pecho.

—¡Un poco de ánimo para el viaje! —grité, y empecé a cantar, desafinado y con toda el alma.

Tardó. Dios, cómo tardó. Unos segundos de absoluta quietud, en los que sólo mis gritos llenaban el espacio. Hasta que, como un eco llegando desde muy lejos, una risa escapó de sus labios. Débil. Breve. Pero ahí. Y luego su voz se unió a la mía, perfectamente en tono, las palabras memorizadas. Cantamos al unísono mientras el paisaje urbano se difuminaba por la ventana.

Pero cuando me atreví a mirarla de reojo, sus ojos… seguían siendo dos pozos vacíos. La felicidad no los alcanzaba. Solo los atravesaba, como un fantasma.

Esto ya no es mi imaginación.

---

Llegamos a una cafetería de colores pastel y muebles de mimbre, el tipo de lugar que ella solía amar. El olor a azúcar y café recién hecho nos golpeó al entrar, una calidez que chocaba con el frío que llevábamos dentro. Risas y charlas llenaban el aire.

—Voy a pedirte ese postre de fresa que te vuelve loca —dije, adelantándome hacia la barra.

Ella se quedó atrás. No se lanzó a vitrinear los pasteles, no murmuró “y también un latte con extra de vainilla”. Se quedó quieta. Esperando. Como un soldado en formación.

Ya en la mesa, con el postre sangrante jugo de fresa entre nosotros, aclaré mi garganta. El silencio era más ruidoso que la música del auto.

—Hace rato que no hablamos… de hermano a hermana —comencé, la frase sonando torpe incluso para mis propios oídos.

Ella tomó un sorbito de agua, colocó el vaso exactamente sobre el círculo de humedad que había dejado.

—Tienes razón. Han pasado 67 horas y 14 minutos desde nuestra última interacción significativa —dijo, su voz clínica, mesurada—. He notado que has estado agitado. Tus pupilas se han dilatado aproximadamente un 20% en tres ocasiones separadas. Y tu mirada se ha desviado de la mía 58 veces en los últimos 59 segundos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.