Un sonido sordo, y luego el estruendo de cristal estallando contra el piso de mármol del loft de Carter. Wes observaba cómo los restos de la taza que su madre le regaló a los quince años —la única que conservaba intacta— se esparcían como lágrimas de porcelana.
—Maldita sea —murmuró para sí mismo, los puños cerrados hasta que los nudillos palidecieron.
Dominic, desde el sofá, no levantó la vista de su laptop. Los dedos volaban sobre el teclado con un ritmo metronómico.
—Estresarse es contraproducente, Wes. Reduce la eficiencia cognitiva en un 30% —comentó sin emoción.
—¡Relájate, rebelde! —Carter ya buscaba una escoba, su voz tensa bajo la fachada de ligereza—. Romper mis cosas no arreglará a Rosie.
—¡Lo sé! —rugió Wes, dejándose caer en un sillón como un peso muerto—. ¡Pero me cago en todo! Es como un fantasma. Un fantasma que camina detrás de papá.
—No es como un fantasma —corrigió Carter, barriendo los fragmentos con movimientos bruscos—. Lo es y los fantasmas no se rescatan, Wes. Se exorcizan. O se acepta que se fueron.
—Pero esto es peor —la voz de Wes se quebró en un suspiro pesado—. No es que esté triste o asustada. Es que... es otra. Y no es genética, es...
Las palabras se ahogaron en el aire viciado del loft, reemplazadas sólo por el tecleo implacable de Dominic y el susurro de la escoba.
—Se nos está yendo de las manos —declaró Wes, levantándose de nuevo—. Adelantamos el plan. Una semana. Máximo.
Dominic finalmente alzó la vista, ajustándose las gafas con un gesto preciso.
—Eso es lo que estoy calculando. El proceso, los puntos de acceso, las variables. Carter nos dio datos útiles sobre los movimientos de papá. Hay un patrón. Y en el centro de ese patrón... hay algo podrido.
—¿Podrido? —Carter soltó una risa seca, vacía—. Esto está jodido, Dom. Es como si cada paso que damos nos llevara más profundo al hoyo, sin salida.
—No importa —Wes clavó la mirada en ellos, los ojos verdes brillando con una determinación feroz—. Lo hacemos por ella. Por Rosie.
El silencio que siguió fue distinto. No era de acuerdo. Era de fractura.
—No todo lo hacemos por nuestra hermana —dijo Dominic, sin un atisbo de vacilación—. Yo actúo para preservar la estabilidad del sistema familiar y evitar un colapso que arrastre los activos Rockwell. Pensé que lo tenías claro.
Wes parpadeó, como si le hubieran abofeteado.
—¿Disculpa?
Se abalanzó hacia Dominic. Carter se interpuso, agarrándolo por los hombros con una fuerza sorprendente.
—¡Basta! ¡No quiero mi loft convertido en un ring de boxeo!
—¡Suéltame! —Wes se zafó, respirando con furia—. Imagino que tú también tendrás tus razones, Carter. ¿Más material para tu próximo drama? ¿Un giro argumental jugoso? —Escupió las palabras—. Ninguno de ustedes entiende lo que siento. Si hubieran visto sus ojos... Si los hubieran visto.
Chasqueó los dientes, agarró su chaqueta de cuero de una silla y se la colgó del hombro.
—Si pasa algo importante, me llaman.
Salió sin mirar atrás, la puerta del loft cerrándose con un portazo que resonó como un disparo en el silencio súbito que dejó.
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Wes caminó hasta casa. Dos kilómetros bajo un cielo plomizo, con cada paso cargando el peso de la traición. No la de Wade, sino la de sus hermanos. ¿En qué momento su familia se había convertido en una reunión de sociópatas y estrategas?
Llegó a la mansión agotado, las piernas pesadas. Agradeció internamente que su padre no estuviera y que Rosemary estuviera en su clase de ballet. Se desplomó en el sofá más cercano del salón menor, hundiéndose en los cojines. Los párpados le pesaban, la respiración se aplanó...
—Te traje agua. Parece que la necesitas.
La voz era masculina, suave. No era de su familia. Wes abrió los ojos lentamente.
Steve, el joven sirviente beta, estaba frente a él, sosteniendo un vaso de agua fría que hacía girar pequeñas gotas por los lados. Su sonrisa era simple, sin capas. Recordaba a la sonrisa de Rosie... de la Rosie de antes.
—Ah... Steve.
Se incorporó y tomó el vaso. Sus dedos rozaron los de Steve, un contacto breve y neutro que, en su estado de hiper-alerta, sintió como un voltaje.
—Gracias. Te debo una.
Bebió largamente, vaciando el vaso, y lo dejó en la mesita de caoba.
—No es nada —dijo Steve, sentándose en el borde de un sillón cercano—. Te he visto preocupado estos días. Parece que hay más en tu cabeza que motos y videojuegos. —Una risa sincera escapó de sus labios—. Sabes que puedes confiar en mí. Para lo que sea.
Era un beta. Un oasis de normalidad en un desierto de alfas envenenados y omegas fracturadas. Su lealtad era a la familia, pero su bondad parecía genuina. Un error de casting en la tragedia Rockwell.
—Lo sé —susurró Wes—. Y amigos como tú... son únicos.
—Solo intento ayudar. Es lo que hace un buen sirviente —expresó en un tono divertido para aligerar el ambiente.
—Eres un pesado —replicó Wes, pero una sonrisa real, pequeña y cansada, asomó a sus labios. Por un momento, fue solo Wes y Steve, dos chicos jóvenes, no un Rockwell y un empleado.
—Pero... —Wes bajó la voz, inclinándose—. Necesito hablar de algo. Algo importante. Es un secreto. Sólo entre nosotros.
Steve lo miró, sus ojos marrones reflejando una seriedad inmediata. Asintió.
Wes se levantó, los músculos protestando, y guió a Steve fuera del salón. No al sótano, sino al invernadero desierto en el ala oeste. Un lugar de polvo y macetas vacías donde nadie iba jamás. El aire olía a tierra seca y abandono. Era perfecto.
—Verás... —Wes empezó, la voz temblando a pesar de sus esfuerzos—. Hay algo... extraño. Entre mi padre y Rosemary. Algo más que padre e hija. —Las palabras le quemaron la lengua—. Mis hermanos y yo... investigamos. Pero no llegamos al fondo. Y ella... ella se hunde cada día más en un agujero del que temo que no podamos sacarla.