La infinidad de un secreto

Capítulo Vlll: La dama blanca

Lo sabes.

Mientras tu mente aún divaga entre los informes de Rockwell Industries y la familia que hay que mantener a flote —ese pesado y magnífico barco que tú mismo construiste—, notas las grietas. Pequeñas, casi imperceptibles, buscando la luz. Grietas que deben ser selladas, cubiertas, asfixiadas antes de que el mundo vea la podredumbre que alimenta las raíces.

El plan de tus hijos para «salvar» a Rosemary. Patético. Cómico, incluso. Intentan rescatar algo que lleva tu marca grabada a fuego en el alma. Tu firma en cada jadeo, tu inicial en cada temblor reprimido. Eres el arquitecto, el alfarero, el dueño. Y lo que es tuyo, no se discute.

Subes las escaleras hacia la azotea, tus pasos tan silenciosos sobre la alfombra persa que apenas son un deslizamiento de aire. Ella estará ahí. Es el único lugar donde escapa de las cuatro paredes que la definen, donde el cielo —otra prisión, más grande— le da la ilusión de respirar.

Y ahí está. Como lo habías pensado. Como lo ordenaste, en el fondo de tu mente, sin necesidad de palabras.

Te detienes a un paso. La observas no como a una hija, ni siquiera como a una mujer. La observas como se mira una pieza defectuosa que aún sirve: hermosa en su fractura, peligrosa en su obediencia fingida. El viento juega con su cabello platino, tratando de liberarlo. Tú ya lo hiciste.

«Tú le diste forma», piensas, y el pensamiento es un latido caliente y oscuro en tus venas. «Tú la arrancaste de donde no pertenecía —de la debilidad, de la vulnerabilidad omega—, la hiciste Rockwell. La hiciste tuya.» Gracie, con su sonrisa de porcelana y su mirada vacía, nunca entendió. Algunas hijas no se piden. Se toman.

La idea te excita y te repugna en la misma proporción exacta —una hipocresía perfecta, redonda, tuya.

Te acercas. El espacio entre ustedes se cierra, se carga, se electriza con la historia de lo que has hecho y lo que aún queda por hacer. Tu mano se alza, no con ternura, sino con autoridad anatómica, y se posa en su nuca. Tus dedos —los mismos que firman cheques que arruinan vidas— se enredan en su pelo con una fuerza controlada, calculada. La obligas a girar el rostro hacia ti.

Sus ojos te encuentran. Azul turquesa, el océano que querías poseer. Y en ellos ves, como siempre, el odio. Puro, cristalino, hermoso. Pero hay algo más, algo que se ha ido incubando en la oscuridad del ático, del Pabellón Norte, de tus «tratamientos». Algo más oscuro que el odio. Algo que se parece demasiado a la rendición química, a la aceptación programada. Es el vacío que tú mismo vertiste en ella.

Te acercas más. El aire que compartes ya no es aire, es propiedad. Tus labios rozan los suyos, un contacto eléctrico, una amenaza cumplida. Te contienes, dejando el beso suspendido, dejándola saber, una vez más, que sólo tú puedes brindar este calor perverso. Sólo tú puedes darle el infierno que su cuerpo, reconfigurado, ahora anhela.

Sólo tú puedes tenerla.

Inclinas la cabeza. El beso no es una pregunta. Es una sentencia.

Tus labios chocan contra los suyos con una violencia contenida que es más brutal que un grito. Dientes rozando, un filo de dolor deliberado. Tu lengua invade, reclama, como si quisieras recordarle que cada centímetro de su boca, de su aliento, de su ser, sigue siendo territorio tuyo.

Ella se tensa. Todo su cuerpo se convierte en una cuerda de arco a punto de romperse. Pero no retrocede. No del todo.

Un segundo. Dos.

Su aliento se entrecorta, caliente y húmedo contra tu lengua. Y en ese jadeo, en ese pequeño colapso de su control, sientes el calor reprimido que llevas años intentando suprimir. El calor que grita «Omega», que grita «fracaso genético», que grita «la rompiste y la reconstruiste mal, pero la reconstruiste para ti».

Aprietas más fuerte la nuca. Un acto de dominio. Un recordatorio de quién sostiene el cuello del mundo.

Ella emite un sonido bajo, ahogado en tu boca. ¿Es un gemido? ¿Un gruñido de resistencia final? No importa. Porque entonces, por un instante brevísimo y glorioso, sus labios responden. Débiles. Tímidos. Traidores. Una chispa de la máquina que creaste, funcionando como la diseñaste.

Eso te basta. Es la confirmación. Es el cheque cobrado.

Te separas de golpe, como rompiendo un sello. La dejas con los labios hinchados, húmedos, marcados por ti. Respirando de forma irregular, los ojos ligeramente desenfocados. La miras, y en tu mente se resuelve una ecuación: Variable controlada. Resultado: conforme.

No hay forma más gloriosa de creación que ésta: esculpir tu obra maestra a tu propia imagen. A tu propio deseo.

Te alejas de ella con lentitud deliberada, dando la espalda a su silencio cargado. No necesitas mirar atrás. La huella está ahí, en su boca, en su respiración, en el vacío de sus ojos que tú has tallado a mano.

Perfecta.
Tuya.

Bajas las escaleras, el peso del triunfo frío y sólido en tu pecho. El plan de tus hijos, la inquietud de Gracie, los olfateos de Eliza Luciano… son ruido de fondo. Molestias menores. Ellos no saben —nadie lo sabe— lo profundo que va tu control. Lo profundo que vas a llegar para mantenerlo.

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GRACIE

No sé si salí de la mansión en busca de aire o para meterme directamente en la boca del lobo. O, en este caso, en la boca de Eliza Luciano.

—Me sorprende tu visita, Gracie —dice Eliza con esa sonrisa que nunca calienta los ojos—. Pero nunca está de más. Al fin aceptas mi invitación a tomar té.

Me sirve más té del que ya tengo, un gesto que no es de generosidad, sino de exceso controlado. Una forma de decir: Aquí mando yo.

—Bueno, hay que llevarnos bien —respondo, el mantra de mi vida—. Nuestras familias estarán unidas. En la sangre y en los negocios.

—Oh, por supuesto —asiente, tomando un sorbito—. Y ¿cómo está el querido Wade? Hundido en el trabajo, como siempre.




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