La infinidad de un secreto

Capítulo Xl: El pabellón

STEVE

El Pabellón Norte no era un lugar. Era una atmósfera.

Desde que crucé la puerta de cristal blindado, el aire se volvió más denso. Filtrado. Muerto. Olía a desinfectante, a dinero y a algo más que no supe identificar al principio: un fondo dulzón, casi imperceptible, como si hubieran intentado borrar un olor más antiguo y no del todo lo hubieran conseguido.

Me dieron el uniforme en recepción. La enfermera jefe —una mujer de sesenta años con cara de haberlo visto todo y no querer recordarlo— me miró por encima de las gafas.

—Temporal —dijo, más que preguntar.

—Sí, señora. Reemplazo a la señorita García. Vacaciones.

—¿Experiencia?

—Tres años en cuidado de adultos mayores.

—Aquí no hay adultos mayores —sus ojos se afilaron—. Solo un caso. La señorita Rockwell. Tú estarás en el ala este en el turno de noche. Llevarás bandejas, cambiarás sábanas, recogerás lo que haya que recoger. Nada más.

Hizo una pausa. Una pausa que pesaba.
—Y no harás preguntas.

Asentí. Ella me sostuvo la mirada un segundo más, evaluando si yo era del tipo que pregunta o del tipo que obedece. Luego me entregó un pase magnético y se dio la vuelta.

—Empiezas a las ocho. No llegues tarde.

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ROSEMARY

El Pabellón Norte olía a mentira.

Lo supe en cuanto entré. No la primera vez, con Wade y sus explicaciones sobre "tratamientos de consolidación". Esa vez aún creía, aún temblaba. Ahora, después de semanas de observar, de anotar, de aprender, el olor era diferente.

Olía a él. A whisky y puro y poder. Pero también olía a mí. A la nueva yo.

La habitación era blanca. Todo era blanco: paredes, sábanas, la bata que me obligaban a usar. Blanco como página en blanco. Blanco como lienzo vacío. Me senté en el borde de la cama y sonreí. Qué ironía perfecta. Ellos creían que venían a reescribirme. No sabían que yo ya había empezado a escribir sola.

El doctor nuevo entró sin llamar. Moreno, cuarentón, ojos como dos monedas frías. El reemplazo del doctor Evans, después de aquel "incidente" con la jeringa. Wade había elegido bien: este no miraba con lujuria. Miraba con curiosidad científica. Más peligroso, quizás. O más útil, dependiendo de cómo se usara.

—Señorita Rockwell —dijo, ajustándose los lentes—. Vamos a comenzar.

No preguntó. No explicó. Solo preparó la primera jeringa. Yo extendí el brazo sin que me lo pidiera. Él levantó una ceja, sorprendido.

—¿No vas a preguntar qué es?

—¿Serviría de algo?

La esquina de sus labios se torció. Casi una sonrisa.

—No.

—Entonces.

La aguja entró. El líquido frío se extendió por mi vena como un pequeño río de hielo. Esperé las náuseas, el mareo, la niebla. Pero solo sentí... claridad. Como si algo en mi cerebro se hubiera despejado, afilado. Interesante.

El doctor me observó, esperando. Yo lo observé a él. Diez segundos. Veinte.

—¿Algún efecto? —preguntó al fin, con un dejo de impaciencia profesional.

—Cuéntame tú. Tú eres el que sabe lo que lleva.

Él no respondió. Anotó algo en su tablet y salió.

Me quedé sola en el blanco. Y por primera vez, en lugar de sentir miedo, sentí anticipación. Un juego nuevo comenzaba. Y yo ya conocía las reglas mejor que ellos.

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STEVE

Las ocho de la noche llegaron con el peso de un telón que se levanta.

Entré al ala este con la bandeja temblándome en las manos. El pasillo era interminable, flanqueado por puertas cerradas, la mayoría con luces apagadas. Solo una, al fondo, tenía una luz tenue filtrándose por la rendija.

La puerta de Rosemary.

Toqué. Su voz del otro lado: "Pasa."

La encontré sentada en la cama, la espalda recta, el cabello platino cayendo como un velo sobre la bata blanca. En la penumbra, parecía un ángel. Un ángel de museo de cera.

—La cena —dije, dejando la bandeja en la mesita—. Señorita.

Ella me miró. Sus ojos turquesa se detuvieron en mi cara, en mi uniforme, en mis manos que aún temblaban un poco. Luego, algo cambió. Un destello. Reconocimiento.

—Steve —dijo, y su voz no era la de la señorita distante. Era más baja, más presente—. El sirviente de Wes.

Mi corazón dio un vuelco.

—Yo... sí. Señorita.

—No me llames así. No aquí.

Se levantó con una fluidez que helaba. Dio un par de pasos hacia mí, y yo retrocedí instintivamente. Ella sonrió. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Tienes miedo, bien. El miedo es un dato útil.

—Señorita, yo solo...

—Rosemary —me corrigió, ahora a solo un metro—. Dime Rosemary. Quiero oírlo.

—Rose... mary.

Ella inclinó la cabeza, como si estuviera grabando mi voz, catalogándola.

—Wes te envió. ¿Verdad?

No supe mentir. Asentí.

Otra sonrisa. Esta vez, sus ojos brillaron un poco. No con calidez. Con interés.

—Qué tierno. Mi hermanito y su beta con corazón de oro.

Se acercó más. Olía a algo extraño: a limpio, a químico, pero debajo, muy debajo, a ese aroma dulce que recordaba de antes. Vainilla y miel. Casi apagado. Casi extinguido.

—Dile a Wes que estoy bien —dijo, su voz un susurro—. Que el tratamiento... funciona. Que pronto seré la hermana que siempre quisieron.

—¿La que siempre quisieron? —repetí, sin entender.

Ella se inclinó hacia mí, tan cerca que pude sentir el frío de su piel.

—La que obedece. La que sonríe. La que no causa problemas. —Una pausa. Sus ojos me atravesaron—. O la que ellos creen que quieren.

Retrocedí. Mi espalda chocó contra la puerta.

—Steve —dijo, y su voz volvió a ser la de la señorita Rockwell—. La cena está bien. Puedes irte.

No esperé más. Salí al pasillo, cerré la puerta y apoyé la cabeza contra la pared, respirando hondo. Mi teléfono vibró. Un mensaje de Wes: "¿Cómo está?"

Miré la puerta. Al otro lado, Rosemary me observaba a través de la mirilla. Lo supe. Lo sentí.




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