STEVE
Tres noches en el Pabellón y ya conocía el peso del silencio.
No era como en la mansión, donde siempre había un crujido, un susurro, el eco lejano de alguien vivo. Aquí el silencio era denso, filtrado, como si el edificio mismo contuviera la respiración. Las paredes blancas no devolvían el sonido. Se lo tragaban.
Pero esa noche, el silencio no fue suficiente. La desesperación sí.
Llevaba tres días sin poder darle a Wes algo más que "está estable". Tres días viendo a Rosemary consumirse y endurecerse al mismo tiempo. Tres días sintiendo que el tiempo se escapaba como agua entre los dedos.
Necesitaba más.
La sala de monitoreo estaba en el ala oeste, al final de un pasillo que olía a producto químico y a secretos. Lo sabía porque un guardia se había equivocado de dirección el primer día y yo había memorizado el camino. Por si acaso. Por si llegaba el momento.
El momento era ahora.
Esperé a que el doctor nuevo saliera para su pausa de las once. Conté treinta segundos. Deslicé mi pase magnético. La puerta se abrió con un suspiro neumático.
Dentro, paredes de monitores. Cámaras en cada habitación, cada pasillo, cada rincón. En la pantalla central, la habitación de Rosemary: ella sentada en la cama, inmóvil, mirando la pared. Como una muñeca de porcelana esperando a que alguien la moviera.
Empecé a buscar. Archivos. Registros. Algo que pudiera enviarle a Wes. Mis dedos temblaban sobre el teclado.
—¿Buscando algo?
La voz del doctor nuevo cortó el aire como un bisturí. Me giré. Estaba en la puerta, brazos cruzados, ojos fríos como dos monedas.
—Yo... solo...
—¿Solo qué? —dio un paso—. ¿Curioseando? ¿Espiando? ¿O hay algo más, Steve?
Otro paso. Mi espalda chocó contra la mesa de monitores.
—El señor Rockwell fue muy claro —continuó—. El personal temporal no tiene acceso a esta sala. El incumplimiento implica despido inmediato. Y el señor Rockwell no es conocido por su... misericordia.
Iba a hablar. Iba a mentir, a inventar algo, a suplicar. Pero antes de que pudiera articular palabra, otra voz sonó detrás del doctor.
—Estaba conmigo.
El doctor se giró. Rosemary estaba en el umbral, impecable en su bata blanca, el cabello platino cayendo como un velo sobre sus hombros.
—¿Perdón?
—Le pedí que buscara mi libreta —dijo, sin parpadear—. La olvidé en el comedor y necesito anotar algo antes de que se me olvide. No sabía que esta sala estaba prohibida. Culpa mía.
El doctor la miró. Luego me miró a mí. Luego a ella otra vez. Sus ojos estrechos evaluaban, calculaban, buscaban la mentira.
—¿Su libreta está en el comedor, señorita Rockwell?
—Sí.
—Y usted, Steve, decidió buscarla en la sala de monitoreo.
—Me perdí —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Los pasillos son todos iguales.
El doctor soltó un suspiro largo, cansado.
—Largo. Los dos. Y si vuelve a pasar, Steve, no habrá segunda oportunidad.
Salimos al pasillo. Cuando estuvimos fuera del alcance de sus oídos, Rosemary se detuvo y me miró. Sus ojos turquesa, vacíos, me escanearon.
—Eres un idiota —dijo, sin emoción.
—Lo sé.
—Pero eres un idiota útil.
Guardó silencio un momento. Luego, en un tono que casi —casi— sonó humano:
—No vuelvas a hacer eso. No sin mí.
Se dio la vuelta y se fue, dejándome solo en el pasillo blanco, con el corazón latiendo tan fuerte que casi dolía.
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ROSEMARY
De vuelta en mi habitación, me senté en la cama y abrí mi libreta. La única posesión personal que me habían permitido conservar. Por inofensiva, pensaban.
Escribí:
VARIABLE STEVE: RIESGO ASUMIDO POR ALIANZA. NIVEL DE LEALTAD: ALTO. UTILIDAD: CRÍTICA.
ACCIÓN REQUERIDA: PROTEGER DE EXPOSICIÓN. MOTIVO: CANAL DE COMUNICACIÓN CON WES.
Guardé la pluma. En la mesilla, la bandeja de la cena esperaba. Algo blanco asomaba bajo la servilleta. Un papel.
Lo desdoblé. Letra temblorosa, urgente, desesperada:
"Rosie, si lees esto: no te rindas. Estoy aquí. Siempre. —W"
El papel tembló en mis dedos. Un segundo. Solo un segundo.
Luego, con movimientos precisos, lo doblé y lo guardé al final de la libreta, junto a la última página. Y escribí al lado:
CONTACTO ESTABLECIDO. WES: 100% EMOCIONAL. UTILIDAD: ALTA (MANIPULABLE).
ESTRATEGIA: RESPONDER. DOSIFICAR. OBSERVAR.
Esa noche, después de la ronda de inyecciones, apagué la luz y me tumbé en la cama. El techo blanco, siempre el techo blanco. Mis cálculos, mis variables, mis estrategias. Todo en orden.
Pero algo no cuadraba.
Los números no cerraban. Las variables se multiplicaban solas. Y cuando intenté repasar mentalmente el protocolo para mañana, mi mente se desvió. Hacia el papel. Hacia su letra. Hacia ese "siempre" que pesaba como una losa.
Me incorporé. Abrí la libreta. La página donde había escrito el análisis del mensaje estaba intacta. Pero mi mano, como movida por un impulso que no reconocí, escribió algo nuevo:
¿POR QUÉ NO PUEDO ELIMINARLO?
Lo leí. Lo releí. Mis dedos apretaron la pluma.
No. Esto era un error. Un fallo en el sistema. Algo que debía corregirse.
Rasgué la página. La hice trizas. Las quemé con el pequeño encendedor que Steve me había pasado sin que él lo supiera, soplando las cenizas por la ventana que no se abría del todo.
Luego, con una calma que me heló hasta a mí misma, escribí en una página nueva:
PROTOCOLO DE CORRECCIÓN EMOCIONAL N°1
· Objetivo: Eliminar variable "Wes/Steve" del sistema afectivo.
· Método: Exposición controlada + refuerzo negativo.
· Fase 1: Observar su miedo. Catalogar su dolor. Asociar su presencia con datos, no con emociones.
· Fase 2: Si persiste la interferencia...
La pluma se detuvo. Un segundo. Dos.
· Fase 2: No existe. No puede existir. CORREGIR ERROR.
Cerré la libreta. Apagué la luz. Me tumbé.