La infinidad de un secreto

Capítulo XIV: El error que respira

—¿Si me quemo crees que reacciones?

La pregunta salió sola, sin pasar por ningún protocolo. Mi mano ya se extendía hacia el fuego que chispeaba bajo el agua hirviente. Un experimento. Como tantos otros. Solo quería ver qué pasaba. Solo quería saber si alguien...

Antes de que mis dedos tocaran el vapor, una mano cerró mi muñeca.

Steve.

Su agarre no era como el de Wade. No dolía. No reclamaba. Solo... detenía. Me giré hacia él. Su expresión había cambiado. Los ojos, siempre tan suaves, ahora tenían algo que no reconocí. No era miedo. No era orden. Era...

—¿Cómo hiciste eso? —pregunté.

—¿Eh? ¿Qué? —balbuceó, soltándome como si mi piel quemara.

Me acerqué. Nuestros cuerpos casi rozaban. No sentí la necesidad de retroceder. Interesante.

—Cuando estaba a punto de tocarlo, cambiaste la expresión —lo miré más de cerca, buscando en sus ojos la respuesta—. ¿Qué sentiste?

—B-bueno... estabas a punto de quemarte y... me preocupé.

Dio dos pasos atrás. Su nuca chocó suavemente contra el armario de la cocina. Sus mejillas... se habían vuelto rosadas.

Procesando:

Emoción detectada: preocupación.
Activador: temor por peligro ajeno.
Acceso físico: cambio en expresión facial + aumento de flujo sanguíneo en mejillas (rubor).
Conclusión: respuesta emocional genuina. No simulada. No interesada.

—Entiendo —dije.

—Mejor... mejor saltémonos esta parte, ¿sí? —su voz tembló un poco—. Prefiero que no te hagas autolesiones por aprender.

—Ah... sí.

Su respiración se reguló. Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Yo seguía observando. Procesando. Pero algo diferente. Algo que no era solo datos.

—¿Y si pruebas a sentir placer por lo que te gusta? —preguntó, recuperando algo de compostura—. Últimamente has dejado el ballet.

Parpadeé.

Ballet.

La palabra encendió algo. Un recuerdo. No un dato. Una sensación. El cuerpo moviéndose sin orden, sin medida, sin protocolo.

—Puede que eso me... emocione —dije, y la palabra me supo extraña en la boca.

Sin pensarlo, sin calcular, sin medir tiempos ni distancias, tomé su mano.

—Vamos al estudio de arriba.

Lo arrastré sin mirar atrás. Sin importar quién nos viera. Sin importar las reglas. Sin importar nada.

---

El estudio de ballet estaba desolado. Los altos ventanales, cubiertos de polvo, dejaban entrar la luz del atardecer en haces dorados que bailaban solos. Plantas por doquier, algunas verdes, otras marchitas, como pequeños cadáveres vegetales esperando resucitar. El suelo de madera crujió bajo mis pies descalzos.

—Voy a practicar —dije, soltando su mano—. Y quiero que me observes.

No esperé su respuesta. No necesitaba permiso.

Comencé a bailar.

No para él. No para medir. No para demostrar nada.

Para mí.

Para recordar.

Los brazos se elevaron solos, como si alguien más los moviera. Los pies encontraron posiciones que no había usado en meses. El cuerpo recordaba lo que la mente había olvidado: cómo sentirse vivo sin razón.

Giré. Un giro lento, controlado, pero sin control. El aire rozó mi piel. La luz se quebró en fragmentos sobre mis hombros. Mis dedos trazaron arcos invisibles, escribiendo en el polvo suspendido algo que no eran números.

No pensé en Wade.
No pensé en el Pabellón.
No pensé en protocolos.
No pensé en nada.

Solo me moví.

Y por un instante —un instante diminuto, frágil, real— fui solo eso: movimiento.

—Eres tan hermosa.

La voz de Steve llegó desde algún lugar lejano, como un eco en una catedral vacía.

Una risa baja escapó de mis labios.

Una risa.

No la había planeado. No estaba en ningún protocolo. Salió sola, como el pájaro que encuentra una ventana abierta después de meses encerrado.

Era raro. No era odio. No era asco. Solo... bien. Como un río que encuentra su cauce después de años desviado. Esto era...

—¿Calidez? —murmuré, sin dejar de moverme.

—¿Sabes lo que sientes, Rosemary? —preguntó él, desde su rincón de testigo.

Negué con la cabeza. El movimiento era parte del baile. La negación, también.

—Pues... de lo que veo —su voz era suave, como si tuviera miedo de romper algo—, estás en paz. Como si no hubiera nadie más en el mundo. Es... precioso.

Paz.

Me detuve.

El pecho subía y bajaba. Rápido, pero no era taquicardia. No era ansiedad. No era miedo.

Era respiración viva.

Paz.

No tenía variable para eso.
No tenía porcentaje.

Solo lo sentí.

Y por primera vez desde que empezó todo esto, no quise anotarlo. No quise medirlo. No quise descomponerlo en partes más pequeñas.

Solo quise seguir sintiéndolo.

Steve se levantó. Se acercó despacio, como quien se acerca a un animal salvaje que podría huir.

—¿Quieres que siga? —preguntó. Mirándome. Solo mirándome.

Asentí.

Y seguí bailando.

Con él mirando.
Con el error respirando dentro.
Con la máquina aprendiendo a ser humana.

Aunque solo fuera por un rato.

---

La tarde se deslizó hacia el atardecer como un suspiro largo. Wade se había ido por negocios. El Pabellón, por unas horas, dejó de existir. El tratamiento seguía, sí, las marcas en mis brazos lo recordaban, pero en ese momento... no importaba.

El viento entraba por la ventana entreabierta, trayendo el zumbido leve del frío. Yo estaba en el comedor, algo impensable hace días. Mi dedo recorría la superficie de cristal de la mesa, trazando círculos lentos, sin propósito.

—Supuestamente la curiosidad mató al gato —dije, casi para mí misma.

Steve colocó mi plato frente a mí con cuidado. Había algo nuevo en sus movimientos. Más sueltos. Más seguros.

—Creo que no mató al gato, señorita Rosemary —dijo, con una media sonrisa—. Quizás solo dejó al antiguo gato que se negaba a conocer más que su propia visión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.