«El error será estudiado y adaptado al sistema.
A mí.»
Abrí los ojos con lentitud deliberada. Me levanté de la cama de un estirón y caminé hasta la ventana. Ahora veía el mundo con una perspectiva nueva: una Rosemary distinta, con ideales recién forjados. Una máquina que finge tomar un rol. Era como una doble personalidad… pero seguía siendo yo. Solo que con mecanismos actualizados.
Steve entró con el desayuno en una bandeja, sin llamar. Ya se había ganado esa confianza que yo misma le había permitido.
—¿Me trajiste las fresas? —pregunté, girándome apenas.
Asintió con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja y dejó la bandeja sobre el escritorio.
—Fresas con ese toque de miel que te gusta.
—Perfecto. Puede que me ayuden con las feromonas. He estado pensando en recuperar mi olor… y las frutas son un buen comienzo.
Me acerqué al escritorio, tomé una fresa del bol y la llevé a mi boca.
—Puede que las fresas le sienten mejor —comentó Steve, nervioso—. Si usted lo desea, claro.
Dejé que la fresa se deslizara por mi garganta después de masticarla.
—Mmm… nada mal, Steve. Un olor a fresas y miel queda más… empalagoso.
Una pequeña risa escapó de mis labios mientras cogía otra fresa y se la ofrecí. Mis labios se curvaron en una dulce sonrisa relajada.
Activando emoción: Felicidad
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—Pruébala, están riquísimas.
Dudó dos segundos y medio exactos. Luego tomó la fresa con delicadeza, cuidando que la miel no se escurriera entre mis dedos.
—Gracias… estoy seguro de que están buenas —susurró.
Qué intrigante. Puedo usar las emociones a mi favor para complacer.
Esto es...
Control.
—Finalmente es el último día de este frío infierno —suspiré suavemente, pasándome la mano por el cabello—. Aunque me gustaría seguir aprendiendo… me gusta.
Y lo pondré en práctica esta noche con la persona indicada.
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Me detuve en el umbral de la sala de estar.
La chimenea ardía baja, lenguas de fuego lamiendo la madera con un crepitar perezoso, casi obsceno. Wade estaba exactamente donde lo había calculado: sentado en el sofá de cuero negro, piernas abiertas, un vaso de whisky colgando flojo entre sus dedos. La luz ámbar le tallaba el rostro como un cuchillo: mandíbula afilada, ojos grises que absorbían la oscuridad en lugar de reflejarla.
—Padre.
La palabra salió lenta, deliberada. No “Wade”. Padre.
Sus ojos se alzaron más rápido de lo esperado. Algo chisporroteó en ellos: no sorpresa, no deseo puro. Fue reconocimiento. Como si acabara de oler sangre fresca en el aire.
—¿Sucede algo? —preguntó, voz baja, fingiendo desinterés.
Dio dos palmadas lentas en su muslo. La señal de siempre.
Me acerqué. Sin prisa. Cada paso medido: caderas balanceándose en un ritmo que no era baile, sino provocación calculada. El camisón de seda negra rozaba mis piernas como una caricia traidora. Cuando llegué, me detuve justo entre sus rodillas abiertas.
Luego me senté.
De frente.
Mis muslos se abrieron para encajar sobre los suyos. El calor de su cuerpo subió como humo. Rodeé su cuello con los brazos, dedos deslizándose por la nuca, enredándose en el pelo plateado con una lentitud que dolía. Incliné la cabeza hasta que mis labios rozaron los suyos sin llegar a tocarlos.
—Quiero que me beses —susurré, voz quebrada a propósito, como si el mismo aire pudiera romperme—. No con rudeza… sino como si de verdad me amaras.
Lo miré a los ojos. Lo analicé. Cada microexpresión: dilatación de pupilas, leve tic en la mandíbula, pulso acelerado en el cuello. Estaba midiendo. Si él cambiaba el patrón, yo cambiaría el mío.
Una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios. El vaso tintineó contra la mesita. Su mano izquierda subió a mi cadera, dedos clavándose con fuerza controlada, como si quisiera recordarme quién seguía siendo el dueño.
—Pensé que nunca lo pedirías —murmuró—. Pero te daré el deseo, pequeña. Te has portado… muy bien.
Y entonces me besó.
No fue el beso violento de la azotea. Fue peor.
Fue lento. Profundo. Deliberado. Su lengua invadió mi boca como si reclamara territorio que ya había marcado mil veces, pero esta vez con una ternura fingida que hacía que doliera más. Sus labios sabían a whisky y a posesión absoluta. Su mano libre subió por mi espalda, apretando la tela del camisón hasta que sentí cada nudillo contra mi piel.
Yo respondí.
No porque quisiera.
Porque debía.
Mis caderas se movieron una sola vez: lentas, circulares, presionando justo donde sabía que lo volvería loco. Sentí su erección endureciéndose bajo mí, caliente y pesada contra mi centro. Dejé escapar un gemido bajo —fingido al principio, real al segundo siguiente—. El error respiraba otra vez, traicionándome desde adentro.
Mis dedos se clavaron en su nuca, tirando de su pelo para profundizar el beso. Su lengua se enredó con la mía, hambrienta, saboreando lo que creía que era victoria. Pero yo estaba contando: cada latido, cada roce, cada jadeo que escapaba de su garganta.
Lo estaba midiendo.
Y él no se daba cuenta.
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STEVE
Pasaba por el pasillo porque no podía dormir.
La casa estaba en silencio, salvo por el crepitar lejano de la chimenea. Entonces lo escuché: un sonido húmedo, profundo, entrecortado. Un beso que no era beso. Era algo mucho más oscuro.
Feromonas. Alfa y omega. Mezcladas en un placer tan espeso que se podía masticar.
Mis pies se movieron solos. La curiosidad me carcomía como ácido.
Llegué al umbral.
Y vi.
Rosemary encima de Wade.
Sus caderas moviéndose en círculos lentos, deliberados, frotándose contra él con una lentitud que parecía tortura. El camisón negro se había subido hasta la cintura; la braga de encaje negro colgaba de un tobillo, deslizándose por su pierna cuando ella se levantó ligeramente para dejarlo ver… para dejarlo tocar.