La familia Luciano.
Una prestigiosa familia que ha dedicado décadas a mantener su fino linaje en una estructura de verdades que desgarran y mentiras oyentes. Pueden darte la cálida bienvenida pero con una fría benevolencia que te dejaría abandonando por el desconcierto.
Roberto, un hombre de aspecto formidable comparable al opulento Wade. No estaban lejos de la similitud. Ojos que congelan, susurros que no necesitan voz para contar. El típico patriarca familiar y sostén del apellido.
Pero Eliza no era una mujer común a pesar de su deslumbrante apariencia juvenil bien cuidada. Chismoseaba en lo natural, olía los secretos a la par de un sabueso que conoce la comida podrida en medio del bosque: solo intuye, pero no conoce.
Oh, Dante. Un pobre chico obligado a nacer bajo un linaje austero, donde esos sueños ingenuos deben ser guardados en un baúl de recuerdos. Lo más impactante, lo más tierno y sincero era que su corazón había sido entregado involuntariamente a la chica de ojos oceánicos, cabello blanco que caía en cascada etérea sobre sus delicados hombros, y ese rostro, ese precioso rostro formado por la mismísima creación de un arquitecto que sabe su valor, su tesoro escondido.
Entre los pensamientos del joven, seguía repitiendo ese empalagoso nombre hasta que fuera su ritual.
"Rosemary, Rosemary..."
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Dante:
Habían pasado —supongo— casi dos semanas sin saber de mi prometida. Ni llamadas, mensajes, absolutamente nada. Carecía de su existencia ahora. Mi mente no sabía, pero mi instinto me imploraba una reacción, un latido que fruncía lo profundo de mi ser: "Date cuenta."
El momento fue interrumpido por el chirrido de la puerta y el olor a lavanda. Allí, mi madre con recta postura y su vestido oliva ondeando entre sus piernas. Su mirada escaneó la habitación. Conocía esa expresión desde pequeño: un águila queriendo devorar al pequeño ave soñador.
—Dante, tu padre dio la orden de que bajes cuando... —hizo una pausa larga, observando mis manos embarradas de barro con desacuerdo— ...termines. Es puntual.
Con el mismo movimiento elegante desapareció detrás de la puerta. No me había percatado del aliento contenido en mis pulmones. Apagué la pequeña máquina rodante. La masa de cera convertida en una simple taza con la ilusión de que, tal vez, mi ángel pudiera ver el amor en mi obsequio.
Me limpié con la gracia inculcada. La ropa ligeramente manchada fue cambiada por un traje blanco con corbatín negro.
Las piernas, por inercia, ya se trasladaban al estudio de padre. Dos toques y un "Pasa". Entré con el corazón encogido. Él estaba apoyado en la pared neutra, sus ojos distraídos en la ventana que daba al jardín, el bello jardín de nuestra casa que almacena los últimos vestigios que podrían llamarse "felicidad". Finalmente, su mirada afilada cayó en mí. Creí que mi alma estaba siendo arrastrada en un tormentoso vuelo.
—¿Cuál es la situación, padre? —pregunté sin tartamudear.
La piel tembló por un momento al ver que se posó frente a mí en pocos pasos. Un movimiento sutil para activar la vulnerabilidad escondida.
—Has estado metido demasiado en tu mundo —ese acento italiano marcado arremetió con aquellas palabras—. Deberías enfocarte en cosas mayores. —La mano enguantada en seda negra se posó en mi hombro—. Tú eres el heredero al yo caer muerto. No lo olvides.
Sus feromonas —olor a pipa de vainilla combinado con cuero añejo— bañaron el estudio en una opresión de hegemonía, de poder ejercido.
—Sí, padre.
—Perfecto.
Se apartó un poco, lo suficiente para que respiraras mientras te asfixiaba.
—Tengo unos archivos importantes que recoger en el sótano. Me ayudarás a buscarlos.
Yo, sorprendido, pregunté:
—¿Por qué no se lo ordena a un sirviente?
—No —respondió de inmediato—. En manos desconocidas es una regla invaluable de la familia. Me ayudarás a buscarlos y punto.
Salió del estudio. Sus hombros anchos ni siquiera osaron rozarme. Como un buen perro doméstico, lo seguí por los extensos pasillos envueltos en negro con venas doradas sangrientas. Los cuadros que representaban riqueza y el árbol genealógico se fueron desvaneciendo escaleras abajo.
La madera crujió bajo mis pies. Esto parecía no haber sido mantenido por años. Mi padre, entre la oscuridad cubierta, encontró el interruptor de memoria. Tuve que parpadear dos veces para acostumbrarme a la luz. Al recobrar la visión, ya se movía entre los apilados documentos en un escritorio desvencijado, muebles contemporáneos y algún que otro objeto ignorado.
Fui a la izquierda. Él, a la derecha. Se movía silenciosamente como un cazador o, peor, un depredador.
Encontré un bulto arrinconado de sobres y cuadros rasgados. Me puse en cuclillas, buscando entre el polvo y las pequeñas arañas huyendo. Al menos no había ratas —odio las ratas—. Al mover un álbum vacío, las motas de polvo bailaron en mi nariz provocando un estornudo, y a la vez oí un sonido imperceptible.
Ladeé la cabeza ligeramente. Entonces divisé un pequeño papel.
Dudé. Por supuesto que dudé en tomarlo, sin saber si había estado ahí antes de que llegara. La curiosidad ganó. Mis dedos extensos tomaron la fina hoja. Era gruesa y fina como de una foto. Le di la vuelta. Con la miopía de mis ojos no vi nada. Solo una mancha borrosa de verde-amarillo que reconocí.
—Lo encontré.
Su voz detrás me estremeció un segundo. Con rapidez subrepticia, la foto fue a mi bolsillo y, de acto seguido, me erguí para enfrentarlo.
—Pues bien. Ya podemos volver arriba —me aclaré un poco la garganta—. Y... ¿qué era ese documento tan importante?
—Solo documentos.
Sin más preámbulos, fuimos por caminos separados. Volví a mi rincón anti-Luciano. Justo al oír el clic a mis espaldas, saqué la foto para observarla con mayor detalle.
—Ah... lo sabía —murmuré para mí.
Cianotopia. La forma más antigua y bella del siglo XIX en que la fotografía pasaba por un proceso químico para dar ese tono azulado, donde la imagen únicamente aparece cuando la pones bajo el agua y luego la secas al sol.