Durante el horario del mediodía, la mesa estaba servida con todos los manjares. Mi padre en la cabecera, y al otro extremo mi madre. Yo en el centro, como siempre: el hijo observado, el heredero en formación. Ni siquiera quise dar más de tres bocados por la sensación de llenura ante las fuertes palpitaciones en el estómago.
La foto quemaba en mi bolsillo como un secreto vivo.
—Debo irme —anuncié, levantándome.
—¿A dónde? —preguntó padre, sin levantar la mirada del plato.
—A ver a Marcelli.
—¿El omega?
—Sí.
Mamá no se inmutó, aunque sabía que debajo de esa actitud serena, escuchaba con atención lo que saliera de mi boca, entrometiéndose en lo más mínimo. Sus dedos apenas sostenían la copa de vino, como si el mundo pudiera derrumbarse y ella seguiría perfecta.
—Regresaré antes del anochecer.
Dejé el comedor enseguida. No podría soportar otro ataque de preguntas, queriendo dejarme mudo sin excusas. La presión de sus miradas era un yugo que conocía bien, pero hoy pesaba más.
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Recorrí hasta donde el sirviente ya tenía preparada la moto —de última generación, recomendada por Wes—. Era blanca mezclada con tonos miel. Me gustaba. El color preferido en mis ojos. El color que imaginaba en los de ella cuando sonreía.
El viaje fue un suspiro y una eternidad al mismo tiempo. El viento golpeaba mi casco, pero no lograba acallar el zumbido en mi cabeza.
¿Por qué la foto apareció ahora?
¿Por qué en el sótano?
¿Por qué mi padre me llevó allí justo hoy?
Preguntas sin respuesta, enroscándose como serpientes.
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Ante mí se alzaba el hogar diseñado por mi tío. Acomodé la moto al frente, y en largas zancadas crucé el jardín descuidado que a él le encantaba llamar "estilo natural". Tan solo imaginar sus historias divertidas, las risas compartidas y las breves bromas hacían que mis labios formaran una curva de oreja a oreja.
Toqué. Se oyó un lejano "¡Ya voy!", luego otro "¡Dame un segundito, juro que no hago nada raro!", y de seguido, ya lo estaba de frente mostrando una expresión de pura alegría.
—¡Ah, sobrino!
Sus brazos me rodearon como un amarre y yo se lo devolví con la misma energía. Rápidamente se alejó acompañado de palmadas en mi espalda.
—Pasa, pasa. Las galletas están en su punto.
No tuve tiempo de reaccionar cuando me arrastró al interior. El olor a almendra inundó mis sentidos. El calor invadía el pequeño espacio, un contraste brutal con la frialdad de la mansión Luciano.
—Siéntate, voy a traer todo.
—Pero déjame ayudar...
—Shh —interrumpió, empujándome gentilmente hacia el sofá—. Quédate ahí.
Se movió con rapidez, una risita escapándosele. Aproveché para observar el lugar: más vivo que la última vez. Plantas por todas partes, libros apilados en columnas inseguras, fotografías en las paredes sin el orden simétrico que mi madre exigiría. La verdad es que este lugar lo completaba. Mis padres jamás lo hubieran permitido, y con razón ante el "bajo familiar". Pero aquí, entre el desorden y la calidez, entendía por qué mi tío había elegido esta vida.
Antes de que continuara mi monólogo, él volvió con una bandeja de galletas con ese toque prístino a vainilla y chocolate caliente.
—Debes estar cansado durante el viaje, ¡pero malas noticias! —anunció con gesto dramático—. ¡Esto está que hierve!
Dejó la merienda en la mesita al frente, luego trajo la suya, y tomó asiento a mi lado.
Pasamos a charlas animadas que mis padres llamarían "desperdicio".
Si supieras lo que se pierden, probablemente no pensarías así.
Una de las galletas ya frías, y abrió los ojos ligeramente.
—Oh, ¿la foto que ibas a mostrarme?
Reaccioné escapando un jadeo. Casi lo olvido. La saqué del bolsillo y se la extendí para que viera. Limpió con descuido la mano embarrada de galleta, ya en su boca.
—Va a ser complicado... esta foto es de años.
Sus dedos la tocaron sin siquiera rozar el centro, con temor a que se desvaneciera.
—Esto necesita nuevamente la reacción, por lo que debo llevármela —hizo una pausa—. ¿Dónde la encontraste?
—En el sótano.
Otra pausa. Más larga. Más incómoda.
—Te mandaré la postal con los detalles.
Se levantó sin antes coger otra galleta y llevarla a mi boca sin avisar.
—Ve comiendo, ¿no? Sino quieres el chocolate frío. A la... ya tú sabes.
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Cuando los únicos rayos dorados se fueron durante nuestra compañía compartida, me di cuenta de que ya había que abandonar la calidez para volver a la guarida de lobos. Tomamos la decisión de que él me la enviaría a través de un incógnito, porque nunca me la entregarían a su nombre.
Entregué la moto al sirviente. Al entrar, a solo un paso, padre ya me observaba. Tuve que tragar en seco.
—¿Fue importante?
—Lo normal. Familiar.
Asintió, entendiendo claramente que no era de su interés.
Estúpido. La palabra que hubiese deseado murmurar si no fuera por su sentido agudizado.
Fui escaleras arriba sin importarme lo demás. Tomé una ducha rápida, y lo único que supe es que me tiré en la cama como un hombre muerto. Antes de que cerrara los ojos, el celular vibró. Una, dos...
A la tercera, lo alcé desde la mesita sin ver quién era.
—¿Dante?
Quedé paralizado. Creo que reaccioné antes de hablar.
—¿Rosie? O digo... —me enredé como un trabalenguas—. Amore mío, ¿cómo has estado?
No pude evitar formar una sonrisa boba cuando escuché su risa al otro lado.
—Tonto —dijo, y su voz era un bálsamo que no sabía que necesitaba—. Me encuentro bien. Lamento no haber llamado antes.
El corazón me dio un vuelco. Dos semanas. Dos semanas sin su voz, sin su presencia, sin saber si existía.
—No... no te preocupes —mentí, porque sí me había preocupado, porque había contado cada día, cada hora—. Solo quería saber de ti. Escucharte.
Hubo un silencio. No incómodo. Cargado. Como si ella también estuviera buscando las palabras.