La infinidad de un secreto

Capitulo XVlll/ll: Altar

Rosemary descendió las escaleras como si el mundo entero se hubiera detenido para verla. El vestido era una obra de seda y encaje francés color marfil pálido, casi blanco fantasmal bajo la luz de los candelabros. El corpiño off-shoulder se ceñía a su torso como una segunda piel, con el escote profundo pero delicado, bordado con hilos de plata que formaban sutiles enredaderas que bajaban hasta la cintura marcada. La falda caía en cascada de capas vaporosas, con un tren largo que rozaba el suelo como niebla, dejando un rastro de perlas diminutas que brillaban como lágrimas congeladas. El velo era de tul ilusión, tan fino que parecía humo, sujeto por una tiara delicada de platino y zafiros que imitaban gotas de lluvia azul —el mismo azul profundo de sus ojos cuando el error la traicionaba.

Su cabello platino estaba recogido en un peinado bajo y suelto: una trenza floja que empezaba en la coronilla y se deshacía en ondas suaves sobre los hombros, entrelazada con perlas y pequeñas flores de jazmín blanco. Algunos mechones caían libres alrededor del rostro, enmarcando sus facciones como hilos de luna. El maquillaje era mínimo: labios en un rosa pálido casi transparente, ojos delineados con un trazo sutil de negro que hacía que el turquesa brillara como hielo bajo el sol.

Parecía una reina de cuento… pero de los que terminan en sangre.

Desde el altar, Dante la miró con la respiración contenida, como si viera un sueño hecho carne. Wade la observó con esa media sonrisa que no llegaba a sus ojos: la suya era la mirada de un hombre que sabe que la novia ya lleva su marca bajo la seda.

Wade extendió la mano justo cuando la novia llegó al último escalón para descender como un ángel caído del cielo. Luego, su brazo se colocó con naturalidad mecánica entre su codo. Juntos caminaron hacia el altar.

Qué momento tan hermoso. Una pareja casada, la familia unida y los secretos queriendo salir de los poros cerrados.

Wade no estaba tan contento con este amor de comercio. Estaría dejando su tesoro a un pirata que siempre había codiciado lo que ya era suyo por derecho de sangre.

Con un elegante movimiento, dejó a la novia en el altar, entregándola ante el sacerdote y Dante.

El sacerdote, con voz solemne y resonante como el eco de las piedras antiguas, levantó las manos y comenzó el ritual. Sus palabras flotaron en el aire cargado de incienso, envolviendo a los novios en una red de tradición que se sentía más como cadenas que como bendiciones.

—Dante Luciano —dijo el sacerdote, su mirada fija en el novio—, ¿aceptas a Rosemary Rockwell como tu esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?

Dante, con los ojos brillando de una alegría pura y temblorosa, respondió sin dudar, su voz firme pero teñida de emoción.

—Sí, acepto.

El sacerdote se volvió hacia Rosemary, y el aire se espesó. El collar de zafiro en su cuello capturó la luz de un vitral cercano, lanzando un destello frío que danzó sobre su piel como una advertencia.

—Rosemary Rockwell —continuó el sacerdote—, ¿aceptas a Dante Luciano como tu esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe?

Rosemary sintió el peso del zafiro contra su clavícula, como una mano invisible apretando. Un flashback la asaltó entonces, rápido y afilado como un cuchillo: su cumpleaños número 12. El salón lleno de globos y risas forzadas. Wade agachándose a su altura, su mano acariciando su nubil mejilla, los labios formando un "oh" de sorpresa fingida, pero no se alejó. La otra mano extendiéndose por su espalda delicada, una inútil barrera de tela contra él. "Mi hermosa doncella de plata", había murmurado él, con esa voz que ya entonces era posesión disfrazada de cariño. El recuerdo se desvaneció, dejando un regusto amargo.

—Sí, acepto —dijo Rosemary, su voz clara y fría, como si recitara un guion memorizado.

El sacerdote sonrió, ajeno a la oscuridad bajo las palabras.

—Los declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

Dante se inclinó, suave y reverente, sus manos temblando ligeramente al tomar su rostro. Sus labios rozaron los de ella con ternura, un beso bonito y casto, lleno de promesas que él creía reales. Para él, era el sello de un sueño. Para los invitados, un momento romántico perfecto.

Para Rosemary, fue un recordatorio vacío. El error latió una vez, fuerte y traicionero, enviando un pulso de calor que nadie más sintió. Sus labios respondieron —no por amor, sino por instinto—. El beso fue breve, pero en su interior, algo se rompió un poco más.

La gente aplaudió, un estruendo que resonó en la catedral como una ola falsa. Las campanas repicaron con fuerza, su tañido vibrando en el aire como un presagio. Los novios se volvieron hacia la salida, el velo de Rosemary flotando como alas rotas.

Afuera, bajo el sol que teñía todo de oro falso, les lanzaron arroz como tradición —granos blancos cayendo como nieve seca, simbolizando fertilidad y prosperidad, pero para ella, solo más máscaras que ocultarían la verdad.




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