La noche había domado el día. Todos estaban en la casa Rockwell, celebrando la boda, la luz de las velas daba ese toque contemporáneo que no se había perdido incluso a través de las generaciones. Algunos dirían anticuado, pero a mí me regresaba algo a mi infancia.
Dante se rehusaba a dejarme sola. Quería estar a mi lado sin perder un segundo, tomándome la mano, susurrando palabras cariñosas, besos en la mejilla.
—Me haces el hombre más feliz.
Una parte de mí odiaba que dijera eso. Me causaba una sensación de arrepentimiento que repudiaba. Pero el error no se deja tomar del cuello con facilidad; necesita cosas bonitas y relajantes para que la carga de conciencia no perdure.
Me incliné hacia él, mis labios rozando su lóbulo.
—Y a mí, la mujer más amada, amor.
Fue lo único sincero e inadvertido que he dicho hacia él. No en el sentido de la palabra, sino en la actuación sin siquiera ser una actriz perfecta.
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Una señal que conocía.
Wade me está mirando con celos.
Aun así lo ignoré. Soy una buena esposa. Debo estar con el célebre esposo, que canturrea a los invitados sobre nuestro futuro con límites, diría yo.
Un tintineo de copas llamó la atención. Tardé unos momentos en darme la vuelta y ver a mi padre con una postura tensa, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, y por una extraña razón, me hacía sentir vulnerable.
—Honorables invitados, hoy nos acompañan en un curso importante de los Rockwell —anunció Wade, su voz grave cortando el murmullo de la fiesta—. Mi pequeña alfa ha dado el gran paso al casamiento con Dante Luciano.
Hizo una breve pausa, como si el mismo apellido le repugnara.
—Quiero hacer un brindis por el futuro y porque el deslumbrante amor llene el rincón más ensombrecido.
Todos levantaron sus copas compartiendo la velada con alegría inocente y crédula. Las otras familias —doncellas de las hijas— ya se colocaban detrás de mí para cuando lanzara el ramo.
Qué chiquillas tan insufribles. Y una en particular que no había notado su llegada.
Justo al lanzar el ramo con desinterés...
—¡Sí! ¡Seré la futura esposa de un guapo por aquí! —gritó con excitación, provocando miradas de envidia y malos comentarios sobre su expresión genuina.
Dante la vio interesado en esa chica, desprendiéndose de mí para acercarse a la mocosa de rizos saltarines, cara salpicada de pecas y ojos almendrados.
—¿Daphne? ¿Eres tú solita? —preguntó Dante con incertidumbre, pero ya una sonrisa delataba su entusiasmo.
La castaña levantó la vista. Aquellos ojos iluminados por lo que se hace llamar... sí, felicidad.
—¡Dantini!
Saltó a sus brazos. Ambos disfrutaban de su compañía, ajenos al resto del mundo.
Entonces, un breve instante, vi a Wade con el rostro contorsionado, distraído, moviéndose entre la gente. Intenté seguirlo, pero unos brazos me atraparon, llamando mi atención, apretujándome con fuerza.
—¡Ay, perdón! No pude contenerme, ¡eres el ángel soñado!
Lo devolví lentamente. Cuando quise ver hacia dónde había ido Wade, ya había desaparecido. Así que no tuve más remedio que relacionarme con la castaña. Daphne. Ahora, de último momento, hermana de mi esposo.
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STEVE
La cocina estaba concurrida de platos sucios y nuevas comidas para el evento. El detergente se había agotado, así que salí a buscar más.
Caminando entre los pasillos, la vista se me nubló por un instante antes de parpadear un par de veces. Las paredes planas a los lados parecían querer asfixiarme. Unos pasos más, y el olor fuerte de dominio y recelo lo identifiqué de inmediato.
No muy lejos, vi a Wade apoyado en la pared de frente. Su respiración era jadeante, sus músculos apretados bajo el traje, tensos en cada inhalación sin aliento. Antes de que pudiera darme la vuelta, movió la cabeza en mi dirección. Su mirada depredadora me observó.
Y se abalanzó.
Sus dedos de estrangulador me empujaron contra la pared, arrancándome un jadeo cuando el flujo de aire se cortó casi por completo.
—Búscala ya y llévala a mi habitación —ordenó, su voz un gruñido bajo—. Urgente.
Sus palabras me sonaron atropelladas. Con el estremecimiento del cuerpo, tuve la osadía de preguntar:
—¿A quién, señor?
—Rosemary.
Su ferocidad fue evidente al apartarme con un violento empujón para luego moverse de inmediato escaleras arriba. Por mi parte, palidecí. Los dedos se me apretaban y relajaban en gestos casi erráticos. Con rapidez, me erguí y fui en su búsqueda mientras el sudor frío acariciaba mis sienes.
Por una fugaz intervención, Wes salió del evento, pareciendo que escapaba de algo. Se tropezó con un jarrón, evitando meterlo de pura nitidez.
Tragué en seco. Me aclaré la garganta.
—Wes, ¿has visto a Rosemary?
Él se dio la vuelta para verme. Vi cómo sus mejillas se colorearon de un hermoso rosado que ablandó mis nervios.
—Ella… sí, está aún en el evento. Hablando con una chica —su voz cambió, nerviosa a pesar de su seguridad resaltante—. ¿Para qué la necesitas? Te veo… un poco pálido.
—Oh, no es nada. Es el cambio del clima.
Esa fue mi mayor excusa.
Él levantó una ceja, no muy convencido.
—Estás extraño desde que saliste del Pabellón, ¿sabes? Y el último día no mandaste ni un solo mensaje —escapó un suspiro pesado—. Estoy preocupado.
Accidentalmente, mis ojos volaron a sus labios. Me reprendí internamente.
—Juro que puedo explicarlo después. Ahora no es el momento. Tengo órdenes estrictas.
—Ah… entonces fue mi padre.
La intuición no le había fallado. Con solo ver su cara, lo decía todo.
—Steve —se acercó hasta acorralarme contra la pared, mirándome con seriedad—. Necesito saber la verdad.
Sus feromonas de alfa llenaron el espacio, sofocándome, haciéndome temblar bajo su intensidad. Era como intentar respirar en una marea.