La infinidad de un secreto

Capítulo XlX: Mareas altas

El vuelo resultó relajante. Un trato de princesa que no creí necesitar después de lo de ayer. El cuerpo suplicaba un masaje en cuanto pusiéramos un pie en el hotel. En conclusión, era un lugar donde había varios apartamentos. Lo que me había comentado Dante en el trayecto: un hotel de buena calidad, ofreciendo las mejores comidas, servicios e incluso cuidado personal personalizado. Eso daba un completo de cinco estrellas.

En la llegada, todos nos atendieron con modestia y cariño. Esto era diferente a mi nación, donde normalmente te lo dejan en tus manos y están para cualquier pedido que necesites cuando abras la boca. Aquí era distinto.

Podría hablar de aquello que brindaban: las comidas, las personas con atuendos muy distintos, colores vivos, asimétricos. La mayoría representaba su cultura.

Dante me llevó por el hotel. Fuimos a una tienda que estaba en lo bajo para probar ropa de la cultura. Fue divertido. Él parecía querer usarlo todo a la vez, y finalmente se decidió por uno. Para mí también eligió uno; realmente no me gustó para nada.

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Cogimos un mapa y nos embarcamos en nuestra guía.

—Okey... de lo que dice aquí, tenemos que ir a... ¿Cómo se llama, cariño?

Mis ojos se pusieron en blanco. Era ya la tercera vez que lo decía.

—Al punto de encuentro con el guía —dije minuciosamente, como si quisiera que estas palabras se clavaran en la pared de su mente.

—¡Oh, sí! ¡Muy cierto! —expresó de forma exagerada como un capitán perdido en la selva—. Debemos ir hacia allá, amada, para encontrarnos con el guía. No hay nada que perder.

Sin darme cuenta, solté un bufido que, a pesar de que intenté ocultar, él lo notó. Y no se molestó. Su sonrisa mostró calidez.

Conocimos lugares preciosos del país y un poco de la historia de las Islas Canarias. Fue colonizada por España en 1402, diría que al mismo tiempo que Napoleón descubrió Cuba y así, América.

Durante el transcurso observé cosas muy interesantes. Este lugar poseía paisajes inigualables que dejaban entrever su naturaleza de contrastes, semejante al blanco y negro. Un equilibrio.

—Y aquí está, señores, la montaña Teide —exclamó el guía con orgullo—. Posee una de las sombras más grandes sobre el mar. Si desean alguna foto, esperen un momento. Primero vamos al café.

Se dio la vuelta para seguir guiando el camino. Dante y yo nos tomábamos de la mano, ya que unos momentos atrás había tenido unos cuantos tropiezos. Culpa mía por haber insistido en usar tacones.

Probabilidades de caídas en zonas rocosas: 90%

—Te dije que era mejor las zapatillas, pero no —se burló con una risa que me frustró—. Tenías que ser princesita.

Las mejillas me hirvieron. El error volviendo de las suyas, provocándome la emoción de vergüenza mezclada con rabia. Al querer soltarme porque podía hacerlo por mi cuenta, di un paso en falso. Creyendo que ya estaría en tierra, sus brazos me rodearon con rapidez, acercándome a su pecho.

—Ten cuidado —dijo, su voz más baja—. Casi me das un infarto.

Él no se alejó. En cambio, apoyó la cabeza en el hueco de mi cuello. Un escalofrío me recorrió al sentir ese movimiento recordado, y me aparté.

—No tenemos tiempo para eso —reclamé, sin querer discutir—. Los demás ya se están moviendo.

Se quedó ahí, sorprendido. Parpadeó unas veces y luego asintió.

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Estábamos por la plaza. Ya era mediodía y, bueno, teníamos hambre. Aunque primero Dante me consiguió unas bailarinas en una tienda de segunda mano. Mi ego decía que yo no lo necesitaba, pero mis pies hablaban por sí mismos.

Me sentó con cuidado en la banca, sin acercarse mucho por lo sucedido antes. El error latió. Una sensación de impulso, mis cuerdas vocales formando una palabra que yo no comprendía.

—¿Te quito los zapatos?

—Sí —susurré. Hice una línea fina presionando los labios entre sí, sin desear decir de más.

Con la paciencia que el momento indicaba, desató los lazos delicadamente del broche. Era como una flor delicada. Mis pies pálidos estaban enrojecidos por el camino del día. Cuando los tacones fueron guardados en el bolso, me puso las bailarinas de color azul cielo que complementaban con mis ojos gélidos.

—Ahora sí podemos continuar —dijo, levantándose—. No puedo permitir que tropieces más de la cuenta.

Escapó una pequeña risa y se irguió. Extendió la mano. Yo la tomé y la ayuda brindada me levantó. Me sentí más ligera y cómoda.

Después proseguimos el camino, fuimos entre los puestos de comida. Ahora que estábamos sin el recorrido, todos hablaban extraño. Un idioma que no entendía. Reían, charlaban, hacían expresiones. Y eso... no me gustaba. No entendía nada. Era como una pluma entre pesadas alas.

El moreno fue hacia uno de los puestos, hablando alegremente con el comerciante. A través de los labios intenté discernir qué era lo que decían, y aún así no llegué a comprender. Cuando la comida fue entregada y la conversación llegó a su fin, inmediatamente pregunté.

—¿De qué hablaban?

—Ah... pregunté sobre los deportes de aquí. Hay golf, surf y otros —dijo, mientras me colocaba la comida en pequeños envases de cartón—. Necesitamos más energía para lo que tengo preparado para nuestro día. Todo tiene que salir inolvidable.

Expresó con entusiasmo, nuevamente entrelazando nuestros dedos. Un gesto al que ya me iba acostumbrando.

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A la tarde, cuando los rayos del sol estaban en su máximo esplendor, fuimos a la playa. Le comenté que era mejor ir a la piscina, pero él se negó completamente; quería enseñarme algo especial.

Aunque he de advertir que la playa era hermosa. Un océano coral combinado con las profundidades, la gente, el aire, las aves, todo. Significaba paz y libertad. Algo que yo no creía ni posible.

Dejamos las cosas en una distancia desde la que pudiéramos ver a lo lejos. Dante tendió la toalla y la sombrilla, alquiló dos tumbonas y pidió protector solar.




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