La infinidad de un secreto

XXll: El último aliento

Los padres no tardaron en llegar al aeropuerto, el vuelo llegaría en menos de media hora, pero ambos preferían esperar en vez de dirigirse palabras vacías en el hogar. Sentados en las sillas metálicas, el único sonido en compañía era los típidos y la voz de la mujer de viajes programadas.

Daphne que había llegado con el mismo objetivo de recoger a su hermano, hizo un intento de presentarse a los Rockwell por lo que resultó imposible por la frialdad .

Sin más tardar, Dante y Rosemary llegaron tomados de la mano de forma casual, como si durante esos días hubiera aprendido a no soltarse. Pero en cuanto los ojos de la albina conectaron con los de Wade, soltó la mano del moreno.

Lo demás fluyo, el saludo, la despedida y el viaje. En el auto Rosemary estaba atrás, Wade y Gracie al frente, el olor de ambas feromonas —whisky y menta— que era una mezcla incómoda y suprimida de sentimientos.

En el hogar fue otra escena, Wes abrazo a Rosemary con tanta fuerza que parecía romperla como un jarrón, él mostraba una sonrisa de oreja a oreja cuando logró soltarla por la emoción bullente. Dominic había llegado en ese momento con una bolsa negra de contenido desconocido. Dió un saud formal y desapareció en los pasillos.

Rosemary:

Me dirigía hacía la oficina de mi padre, ya me había dado el baño que me recomendó y usar las cremas necesarias para que calmar el enrojecimiento de la piel.

Sabía que no estaba contento ante mi llegada con Dante, y menos con la presencia de mi madre al no poder darme el beso de bienvenida cada vez que salía o viajaba un lado, una costumbre de años que no ha abandonado.

Por un instante me paro frente a la ventana semi-abierta, la brisa entrando en oleadas frescas que creían calmar los pétalos rotos. Un pájaro surcó el cielo, sus alas eran plumas blancas que resplandecían con el sol en plena libertad, no pude ver más al haberse ido con rapidez y yo proseguí a la oficina.

No necesite tocar, abrí la puerta con la misma autosuficiencia y la cerré con la respiración relajada, no aquella Rosemary que contenia el aire por la anticipación.

—¿Cómo te fue?

—Bien.

Tomé asiento en el sillón cercano, y me recosté a la vez que cruzaba las piernas, por un instante sus ojos viajaron allí y volvieron al rostro.

—¿De qué quieres hablar conmigo?

Hizo una breve pausa, dejando la hoja vacía a un lado.

—Es sobre tu protocolo, ya no vas a necesitarlo —explico brevemente mientras ya se ponía de pie rodeando el escritorio —. Afirmaron que tú cuerpo reacciona a la perfección.

Abrí los ojos sorprendida casi imperceptible haciendo sus labios se torcieran; al llegar frente a mí sus dedos se posaron a la clavícula para luego dar un viaje hasta la mandíbula dejando un rastro de fuego abrazándome.

—¿Significa que ya no más inyecciones ni pabellón?

—Exacto, solo faltaba una cosa para completar nuestro ritual.

Su voz me cosquilleo en la oreja, su nariz rozando su parte favorita donde residía mi olor chamuscado por él.

—¿Qué falta?

—Es una sorpresa —se separó con un movimiento recto de así acomodando los gemelos—. Ahora vuelve afuera antes de que pueda arrepentirme.

Mi cuerpo tomó la decisión antes que yo, me levanté para irme sin antes mirar sus ojos que contenían un fuego apunto de quemarlo todo.

-----

Dante:

Cuando regresé mis padres no hicieron alguna pregunta al respecto, pero mi hermana ya mostraba sus hoyuelos brillantes y su habladuría constante.

—¿Y cómo fue? Necesito hasta el mínimo detalle, algún día quiero pasar mi noche de bodas allá —dijo de forma soñadora que su mirada volaba al techo gris.

—Juro que cuando me dejes respirar un rato, hermana. Te contaré incluso como se sintió cada momento —justo cuando pensaba ya ir a la habitación, recordé el móvil en el bolsillo—. Oh, toma para que te entretengas con las fotos.

—¡Si que me recuerdas!

Sin esperar cogió el móvil y ella se movió hacía la sala de estar, sentándose cómodamente en el sofá, sus piernas colgadas en el posabrazos mientras se recostaba en los cojines. El olor de miel junto almendras la envolvía como un día en verano.

—Dante Luciano.

La voz del mayordomo me sacudió, volteo para verlo con una sonrisa cansada.

—¿Sí?

—Alguien me ha entregado está carta —extendió la mano con la carta blanca sin dirección ni nombre—. No tiene procedencia, solamente dicen que es para usted.

Asentí, sabía perfectamente de quién era y no podía ni mencionar el nombre en la casa como si fuera un exiliado del apellido.

Di unas cuantas vueltas en el hogar, del baño a la habitación y así sucesivamente, hasta que la foto por fin estuviera mojada, para dejarla en el pequeño muro de la ventana semi circular de mi habitación, al menos había un poco de sol para que la imagen pudiera secarse.

Las horas caminaron, sentado en la mesa donde hacía algunas figuras de cerámica. Observé cada una en una distracción, la de caballo, un cuchillo o una simple taza.

Ah mierda, la taza de Rosemary

Me pase una mano por el rostro con un suspiro exasperado, aunque esto era más importante que incluso mi amada. Cuando los últimos rayos desaparecieron, cerré la ventana sin antes tener la carta entre los dedos, y acto seguido me acosté en la cama, el único resplandor era la luz tenue de la vela —una forma antigua pero agradable para mí mundo— que me había regalado Rosie hace un tiempo

Finalmente observé la foto y al primer instante el aliento se quedó atorado en la garganta, lo que estaba viendo era casi imposible, inexplicable en el sentido de la palabra, una imagen que parecía guardar un secreto que ya se daba por hecho.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.