La infinidad de un secreto

XXlll: La respuesta en mis manos

Pensaba dormir, que para mí mala suerte fue inaccesible. No podía de dejar de mirar la imagen como un ciclo tras otro; cerraba los ojos y ahí estaba:

Se veía a Wade, más joven e igual de viril que ha sido en su vida y luego una mujer sin rostro pero que tenía un enorme parentesco en Rosemary. Aquella piel pálida, cabello largo que rozaba la cintura con soltura de forma etérea, con sus matices azules —de la Cianotopia— que la contrastaba. Era como ver un fantasma, no daba miedo, solo... asustaba lo que realmente podía haber pasado.

Para darme cuenta, el amanecer daba la bienvenida con los rayos del sol escapar de las cortinas. Mis pulmones liberaron el aire que tenía atascado cuando me levanté, tenía que pensar con más claridad sobre esto. Algo demasiado grande están ocultando.

Al caminar por la habitación, percibí que mi celular estaba frente a la puerta en suelo —seguro había sido Daphne—, se me había olvidado que lo había dejado con ella. Lo recogí, dejandolo en la mueble de caoba blanca.

Podría quedarme en esta habitación todo el día, para llegar una conclusión que era inevitable: Rosemary no es hija de Gracie, entonces...

¿Quién es la mujer de la foto?

Tenía que pensar en mi siguiente paso mientras me liste. Fuí de un lado a otro, pensando en que traje usar para el desayuno, finalmente opte por un de mangas cortas y pantalones recatados, el conjunto era color beige: cálido y a mi gusto.

Salí con renovado pavor, ocultando el sudor frío que aún residía detrás del cuello. En el pasillo me encontré con mi hermana, de igual de apurada que yo.

—¿Primer desayuno tarde? —dije en burla sin detener el paso.

—Ni que tú hubieses sido el ejemplo perfecto para no llegar un poco más tarde por otras cosas.

Llegamos a la entrada del comedor. Roberto estaba sentado en el mismo lugar de siempre, la cabecera y mamá al otro extremo, los laterales estaban vacíos, esperandonos.

—Llegan tarde —mencionó Eliza con un tono calmado como una madre tan paciente.

—Perdón, solo... —intenté justificar pero padre levanto la mano.

—Siéntense, el desayuno estará servido.

Roberto no levantó la mirada del documento que tenía en su mano derecha y en la otra llevaba un vaso de café negro, que nunca deja pasar en cada mañana. Daphne y yo nos miramos, y luego fuimos a nuestros lugares, en poco tiempo ya servían el desayuno, este tenía un toque mezclado de la comida italiana con la inglesa.

Durante el desayuno, no hubo algún sonido que no fuera el tintineo de la platos o de la misma naturaleza. No sabía porque este día se sentía incómodo, mi hermana era la más animada a pesar de todo, disfrutando de la comida para sí misma. Dando la comida por terminada, el chirrido de ambas sillas me llamó la atención.

—Tenemos que ir por unos negozios, Dante, cuida de tu sorella.

Su mirada sobre mí era una sincera profunda protección acompañada de sus ojos felinos que advertían que cualquier error iban a ser pagados. Roberto junto a mamá salieron del comedor. Desde mi llegada apenas han tenido el tiempo de estar conmigo, o solo preguntarme: ¿Cómo estás?

Antes de que me percatara, me encontraba solo en la mesa, las sirvientas de fantasmas vivientes se movían con agilidad recogiendo los platos sucios y las sobras quedadas. Me dispuse a irme, no volvería a la habitación, esta vez me encaminé al lugar donde creo que debe haber un poco más de información.

El jadeo de cada escalera me daba nervios en la vertebral, me moví con rapidez para intentar buscar con el vago recuerdo que mi padre había llegado sin mirar. Tardé unos minutos en encontrarlo al deslizar los dedos por la pared empolvada. La bombilla prendió lentamente, iluminando solamente el medio de la habitación y las sombras ocultándose en las esquinas —igual que ratas, odio la oscuridad—. Primeramente busqué en los lugares que daba la luz: nada. Seguí recorriendo el lugar con la esperanza de encontrar aguja pista y lo único que veía eran documentos antiguos o hojas amarillas de los años, incluso de algunas piezas de cerámicas que hacía mamá. Cuando el deseo ganaba el miedo de entrar en las sombras, una voz me erizó la piel e hizo que mis piernas suplicaran que me arrodillara.

—¿Dante? ¿Qué carajo haces en el sótano?

El alma regresó a mi cuerpo cuando supe que mi hermana, aquel tono tonto y suave me daba alivio a la vez que su... forma de hablar no me gustaba, justamente me di la vuelta para verla llegar al último escalón.

—Buscaba... algo importante que creo que se me quedó aquí.

Ella escudriñó los ojos, supe que no creyó ninguna palabra salida de mis labios, diría que heredo el instinto de mamá y la terquedad de papá.

—¿En serio? Pues.. —ella hace una breve pausa, tomando algunas zancadas hacia mí —, que yo sepa, todo lo importante lo tienes en esa habitación chapucera. Así que será mejor que inventes una más buena.

—De verdad que no puedo ocultarte nada —escape un suspiro exasperado, deslice mi brazo alrededor de sus hombros y la empecé a guiar hacia afuera—. Es breve, y no es ningún chisme, piénsalo... cómo un misterio.

Sus ojos empezaron a brillar de aquella emoción de una niña y misterio por descubrir.

—¡Entonces no hay nada que perder!

La lleve a mi habitación para hablar del tema, escucho con atención, le mostré la foto que aún me dejaba impactado de verla.

—Obviamente el de al lado es Wade —señalé al lado de la mujer de rostro borroso, pude notar que ella se mordió ligeramente el labio inferior.

—¿Me pregunto cómo ese viejo logro verse así de viril a pesar de los años?

—Daphne, concéntrate —pedí en un tono serio—. Volviendo al tema, lo importante es la mujer de la foto, es algo que he estado sospechando hace un tiempo, de que Gracie no sea la madre de Rosemary. O sea, las miras y no hay parentesco.

—Mmm... tienes razón.

—Entonces está la mujer tiene la misma figura, piel pálida con esos tonos corales y cabello...




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