Han pasado unas cuantas semanas desde que los hermanos empezaron a idear el plan, aunque durante el proceso no se perdía la comunicación con sus compañeros. Daphne empezó a hablar frecuentemente con Wes, ambos teniendo aquella energía peculiar que iluminaba todo un paraíso. Dante con Rosemary era un consuelo para su alma agonizada por lo que estaba a punto de descubrir. Una incógnita que debía de ocultar por ahora, ya que no había pruebas claras.
Así hasta que llegó un sol nuevo en la mañana y la determinación mutua:
—¿Qué tú qué? Hermano, estás loquito o se te zafó un tornillo? —una risa irónica brotó de su garganta—. Ni muerta voy a estar hablando con mi padre sabiendo que es un puto mudo que cuando habla parece un robot.
Dante puso un dedo en sus labios en señal de que callara, ya que había oído unos pasos cerca que se habían detenido hasta unos segundos antes de reanudar su paso.
—Para la próxima habla en códigos, ¿sí? —susurró él con una sonrisa a medias.
—Sabes que no sé nada de eso —respondió al mismo tono—. Es odioso, ya hemos investigado... las llaves están en su saco izquierdo, está de 7 a 10 de la mañana, en la tarde 2 a 3 y en la noche. Eso solo sabes tú porque eres un madrugador.
Él había fruncido el ceño, en señal de que él no comprendía la palabra que había dicho. Y ya Daphne conocía a donde iba eso.
—Madrugar no significa que pase toda la madrugada despierto, significa..
—Ya, ya. Sigue el plan —sus dedos se posaron en la esquina de la sien.
El joven iba a decir algo más pero se limitó a no llegar a más.
—Tenemos el plan por separado. Yo hablaré con nuestro padre para distraerlo mientras tomas las llaves de su saco. Cuando sea la cena dirás que reservaste un restaurante. Sonará raro al principio pero los conoces, no perderían alguna oportunidad de volver hablarse.
—Sí... tienen sus contradicciones pero al final se aman. —dijo Daphne.
—Bien, yo hablaré con papá.
Con un asentimiento final, Dante se encaminó a la oficina de su padre e incluso de que pudiera dar otro paso. Se había encontrado con Roberto en el pasillo casi al punto de chocarse que hasta el moreno tuvo que retroceder, pero el padre no se había inmutado.
—Hola papá —saludó el joven con una rapidez que le temblaba la voz.
—Buenos días, hijo. ¿Has trabajado en lo que te dije? Respecto a tus... estudios con los negocios.
— Oh los negocios, sí un poco. Sabes que tengo mucho en la cabeza.
Daphne estaba atravesando ese mismo pasillo, ella iba por detrás del hermano. Sus ojos parpadearon un par de veces, el corazón a punto de salírsele por algún lado. Ella se acercó a su hermano con naturalidad.
—Hola papá, te veo bastante formal. —ella lo miró de arriba abajo con aquella sonrisa radiante—. ¿Tienes alguna reunión?
—De verdad que no se te escapa nada —expresó con clara molestia ante la interrupción—. Pues sí y no tengo mucho tiempo.
—¡Ay papá! Solo llegar un tin más tarde no hará daño. Vamos a la cocina para tomar un café.
Ella se coloca a su lado, tomando su brazo para llevarlo. El hermano en ese movimiento sutil de distracción, cogió la llave que estaba sobresaliendo, dando un pequeño alisado como si estuviera quitando el polvo.
—Bien. —murmuró para así, el tintineo de las llaves acabo en cuantó llegó a su bolsillo.
—♡—
A la llegada de la noche, había otro plan en adelante. Los hermanos estaban en sus pijamas, ni siquiera vestidos adecuadamente para la cena.
Los padres estaban en la cabecera, Roberto llevaba un atuendo más casual y Eliza el único cambio era su cabello de largos rizos recogido en una trenza que aún así deslumbraba por su volumen.
La voz de la sirvienta se escuchaba nerviosa y contradictoria a lo que fuera. La llegada de los hermanos en el umbral fue como un golpe bajo. La madre se aguanto una risa, tapándose la boca con gracia entre sus dedos cerrados y su esposo los observó.
—Antes que digan algo. Tenemos una sorpresita para ustedes —mencionó Dante, tomando el asiento acompañado de su hermana.
—Sí, le hemos reservado una cita en el restaurante "Le petit" del que tanto les gusta —continuó Daphne—. Desde hace un tiempo no lo vemos juntos y también para recordarles que existen descansos.
—¿Juntos? —preguntó Eliza, no parecía molesta, sino más entusiasmada—. Amore mio, incluso te acordaste de ese pequeño detalle. Creo que si deberíamos ir —la mujer se volvió a su esposo con una mirada de pura adoración que pocas veces el mismo Luciano veía.
Él notaba el comportamiento raro de sus hijos, aún así, de cualquier forma, pasaría tiempo con su esposa y simplemente olvidarse del mundo por un rato.
—Lo haré por tí —respondió a un suspiro que llevaba guardado cuando sus dedos tocaron con reverencia el pómulo de la morena—. Luego hablaremos respecto a este movimiento y sus... atuendos.
El toque había terminado al ponerse de pie y Eliza hizo lo mismo.
—No hagan nada.
Con aquella sentencia hacía mucho que decir. Una advertencia clara que cualquier movimiento en falso, no se iban a librar. Ambos abandonaron el comedor, Eliza había ayudado a Roberto a ponerse su saco en la entrada. Los hijos, los habían acompañado a la puerta, sin que la joven pudiera detenerse, tomo un pequeña flor del jarrón de la mesita que era un tulipán en su punto de crecer.
—Espera papá, le . un detalle —declaró acercándose con rapidez.
Colocó la flor en el bolsillo donde supuestamente debería estar la llave.
—De recuerdo, las que ama mamá.
Este quedó un tanto confundido, estaba a punto de decir algo más pero no deseaba llegar a una conclusión precipitada.
—Cuídense.
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Los hermanos tenían la casa para ellos mismos, cenaron como si estuvieran en un maratón y dieron a la orden a las sirvientas de recoger lo demás o lo que quisieran.
Después de tanto augurio, estando delante de la oficina de su padre. Esta vez se sentía extraño, estaban por descubrir algo importante que de alguna manera cambiaría sus vidas.