La Inocencia de Amalia

Capítulo 13

Entre el miedo y la fe

La noche cayó sobre la mansión Dubois sin advertencia, envolviendo todo en un silencio extraño. Denise corrió buscando a André, pálida, agitada.

—¡Señor André! La niña… la niña tiene fiebre. Fuerte.

Él dejó caer los expedientes que revisaba y subió las escaleras casi de dos en dos. Al abrir la puerta del cuarto de Abigail, la encontró acurrucada, ardiendo, respirando con dificultad. Sus pequeñas mejillas estaban encendidas, sus labios resecos.

El miedo lo atravesó como un puñal.

—Vamos al hospital —decidió al instante, tomándola en brazos. Su voz era firme, pero sus manos temblaban.

No llegó a dar dos pasos cuando Amalia, que había estado ayudando a Denise en la casa, apareció en la puerta. Al ver el estado de la niña, su rostro cambió. Un instinto feroz la tomó por completo.

—¡No! —exclamó, adelantándose.

—Amalia, quítate —ordenó André sin mirarla.

Pero ella no se movió.

De hecho, hizo algo que a nadie en la mansión se le habría pasado por la mente: le arrebató a Abigail de los brazos.

André se quedó paralizado. Nunca en su vida alguien lo había desafiado así. Ni jueces, ni criminales, ni colegas… nadie.

—¿Qué demonios hace? —espetó él, incrédulo.

—¡Dejáme yo se lo que hago! —respondió Amalia con una firmeza que no le conocía. A ella misma la sorprendió la fuerza que surgió en sus brazos cuando sostuvo a la niña y evitó que él la tomara de nuevo.

Abigail respiraba cada vez más rápido, casi jadeaba. El miedo en los ojos de la pequeña fue suficiente para que André no volviera a protestar.

Amalia tomó el control como si hubiera nacido para ello.

—Señora Denise, prepare la tina del cuarto principal. Agua tibia, sales marinas. ¡Ya!
—Sí, niña Amalia —respondió Denise sin cuestionar nada.

Amalia miró a André, con los ojos encendidos.

—Llame al doctor Pierre. Ahora. Y póngalo en altavoz.

Él no discutió. Nunca nadie le había hablado así. Nunca había permitido que nadie lo hiciera. Pero en ese momento, ella era la única persona en la habitación que no estaba perdiendo la cabeza.

La obedeció.

Minutos después, Amalia estaba dentro de la tina con Abigail en brazos. El agua tibia la abrazaba, y Amalia sostenía la cabeza de la niña mientras le pasaba suavemente agua por la frente, la nuca, la espalda.

El teléfono estaba apoyado sobre una mesita. La voz del doctor Pierre sonaba urgente.

—¿Cómo está su respiración?
—Rápida, pero aún consciente —respondió Amalia.
—¿Coloración de labios?
—Rosados, pero secos.
—¿Temperatura?
—Alta. No bajó con paños fríos.

El doctor guardó silencio un momento.

—Hiciste bien. No habría soportado el traslado al hospital —dijo finalmente—. Mantén la temperatura del agua estable. Vigila que no se duerma. Estoy en camino.

André escuchaba todo desde la puerta, con el alma en un hilo. Nunca se había sentido tan impotente… ni tan agradecido.

Porque sin Amalia… no sabía qué habría pasado.

El doctor llegó y atendió a Abigail ahí mismo. La revisó, le aplicó medicamentos y dio instrucciones precisas. Cuando terminó, se acercó a André y habló en voz baja.

—Tu hija está fuera de peligro gracias a ella. Actuó rápido. Y con una claridad admirable.

André bajó la mirada hacia Amalia, exhausta, empapada, pero aún sosteniendo a su niña, que ahora dormía tranquila sobre su pecho.

Ese fue el momento exacto en el que algo se quebró dentro de él.

Un juicio. Un prejuicio. Una barrera.

Y no volvió a levantarse.

Amalia no se separó de Abigail en los días siguientes. Dormía en una silla, vigilaba su respiración, le daba medicinas, la alimentaba con cucharitas pequeñas y suaves. Cantaba bajito para calmarla cuando lloraba.

André la observaba en silencio desde la puerta. Cada noche.




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