— Ver lo que siempre estuvo ahí
André llevaba horas apoyado en el marco de la puerta del dormitorio, con los brazos cruzados, sin apartar la mirada de Amalia. Ella estaba sentada en la silla, sosteniendo a Abigail dormida contra su pecho, acariciándole el cabello con una suavidad casi hipnótica.
Se veía exhausta, pero no se movía. No había pestañeado en minutos, como si temiera que con un parpadeo algo pudiera irse, romperse, perderse de nuevo.
Él tragó saliva. No entendía cómo podía existir alguien tan… entregada.
Y entonces sintió una mano sujetarlo del brazo.
—Ven acá —dijo Clara, sin darle opción.
Lo arrastró pasillo abajo, directo a la cocina. André no protestó, solo se dejó llevar, demasiado cansado para discutir.
Clara lo empujó suavemente hacia una silla.
—Siéntate. Te ves horrible. Y hueles peor —dijo, sirviéndole una taza de café—. La crisis de Abigail fue fuerte, ya sé. Pero tú debes cuidarte si te pasa algo que hariamos con dos enfermos en la casa.
Él soltó un bufido cansado.
—No podía dejar de verla.
—Lo sé —respondió Clara mientras dejaba frente a él un plato que él no había pedido—. Come.
André tomó la taza, pero no bebió. Clara suspiró y sacó una carpeta gruesa que tenía bajo el brazo.
—Hermano… creo que estás listo para ver esto.
André alzó la vista.
Clara abrió la carpeta sobre la mesa. Fotografías. Cartas. Testimonios escritos a mano.
La vida de Amalia antes del infierno.
Una foto captó su atención.
Amalia, con unos quince años, rodeada de niños pequeños en el orfanato. Todos abrazándola como si fuera un sol, y ella riendo como si nunca hubiera conocido la tristeza.
Luego otra: ella cargando a un bebé recién llegado al orfanato, con ojos llenos de ternura.
Y luego una frase al final de una carta: una monja escribiendo “Amalia siempre será luz para los demás.”
André sintió un nudo en la garganta.
—Investigaste todo esto… —murmuró.
—Tenía que hacerlo —respondió Clara, cruzándose de brazos—. Tú no la querías cerca de Abigail. Quería mostrarte quién es realmente.
Clara pasó las páginas con calma.
—Las monjas dicen que nunca la vieron gritar. Que siempre calmaba a los demás. Que tenía una paciencia casi… sobrehumana.
—Lo vi —susurró André, recordando la forma en que Amalia había salvado a su hija sin dudar.
Clara sostuvo su mirada.
—Hermano… es imposible que una persona así haya cometido el crimen del que la acusaron. No en sus cinco sentidos. No de forma consciente.
André cerró los ojos.
Las grabaciones del juicio, sus propios prejuicios, su rabia… todo se intercaló con la imagen de Amalia abrazando a Abigail en la tina, temblando pero firme, valiente.
—He sido un idiota —dijo finalmente, con la voz ronca.
—Sí —respondió Clara sin piedad—. Pero uno que puede corregirlo.
Él pasó los dedos por la foto de Amalia más joven. Parecía una versión más pequeña de la mujer que dormía junto a su hija. Igual de dulce. Igual de luminosa. Igual de inocente.
—Clara…
—¿Sí?
—No sé cómo voya hablarle después de esto.
Ella sonrió.
—Facilísimo, André. Empieza por decirle la verdad: que estabas equivocado. Y que su presencia salvó a Abigail.
Él la miró, completamente devastado, completamente consciente de lo uqe debia hacer ahora.