— Lo que nace después del miedo
La fiebre de Abigail cedió lentamente, como una tormenta que, después de destruirlo todo, deja la tierra empapada pero viva.
Horas después, la niña abrió los ojos, respiró con normalidad y pidió agua en un susurro débil.
Amalia casi se desmayó del alivio.
Durante tres días, no se separó de Abigail ni un segundo. Dormía en la misma cama, la arropaba, la alimentaba con cucharaditas de sopa tibia, le hablaba con la suavidad de un arrullo.
Y André… simplemente observaba.
Al cuarto día, cuando la niña ya sonreía débilmente mientras jugaba con un muñeco de trapo, André entró a la habitación con pasos silenciosos.
Amalia estaba sentada junto a Abigail, y cuando él entró, se puso de pie de inmediato.
—Señor Dubois… —empezó, con ese respeto automático que ella siempre mantenía.
Pero él levantó una mano.
—Amalia… no. Esta vez me toca hablar a mí.
Ella frunció el ceño. André rara vez se mostraba nervioso, pero ahora lo estaba: respiración tensa, mandíbula dura, manos metidas en los bolsillos como si no supiera qué hacer con ellas.
—Vine a… disculparme —dijo al fin.
Las palabras cayeron en el aire como una sorpresa.
Amalia parpadeó.
—¿Disculparse? ¿Conmigo?
—Sí. —André tragó, su voz más baja—. Por cómo te traté desde que llegaste. Por juzgarte sin conocerte. Por pensar… que no eras digna de estar cerca de mi hija.
Amalia quiso negar, decir que él tenía razón, que ella misma había dicho esas cosas. Pero André dio un paso hacia ella, cortándole el impulso.
—No. No te quites mérito. —Sus ojos grises bajaron un segundo, como buscando palabras—. Salvaste a Abigail. No solo anoche. También… desde que entraste en su vida.
Amalia sintió que algo en su pecho se tensaba dolorosamente.
—Yo solo hice lo que tenía que hacer.
—Hiciste mucho más que eso —dijo André con firmeza.
Hubo un silencio cálido entre ellos. Abigail dormía otra vez, respirando tranquila.
André aprovechó ese instante.
—Clara me contó que estudiaste enfermería. ¿Es cierto?
Amalia asintió.
—Sí. Lo hacía en línea para ayudar en el orfanato cuando cumplí dieciséis. Cuidaba de los niños más pequeños… y de las monjas cuando se enfermaban —agregó con una sonrisa tímida.
Él la escuchó como si fuera la primera vez que alguien lo hacía.
—Y en las noches trabajabas para comprar cosas que el orfanato necesitaba —dijo André, demostrando que había leído todo—. Tienes un corazón grande.
Amalia bajó la mirada, avergonzada.
—Solo… quería ayudar.
Él respiró hondo.
—Por eso quiero pedirte algo. Y no como fiscal, ni como hombre que cometió errores… sino como padre.
Amalia lo miró, sorprendida por la ternura en sus palabras.
—Quiero que seas tú quien cuide a Abigail —dijo André—. No solo la comida. Su rutina. Sus controles médicos. Todo.
Ella abrió los ojos con incredulidad.
—¿Yo?
—Sí. Tú. —André se acercó un paso más—. Eres la única persona en este mundo en quien mi hija confía más que en mí.
El corazón de Amalia dio un vuelco.
No sabía si llorar o sonreír.
—Señor Dubois… es un honor que no sé si merezco.
—Lo mereces más que nadie.
Tras un largo momento de silencio, Amalia asintió.
—Aceptar…ía. Con gusto.
La sonrisa de André fue mínima, apenas un movimiento de sus labios, pero en él significaba un terremoto.
—Pierre vendrá mañana —añadió—. Quiero que estés en la consulta. Él es mi mejor amigo… y el padrino de Abigail.
Amalia asintió.