La Inocencia de Amalia

Capítulo 16

— Lo que comienza a crecer sin permiso

Pierre era un pediatra joven, de sonrisa franca y mirada inteligente. Desde el primer día que vio cómo Amalia calmaba a Abigail solo con su voz, quedó impresionado.

—Es increíble —comentó mientras auscultaba a la niña—. Cuando Abigail era bebé, André creia que lanzándola al aire era beuna idea para calmarla. Un milagro que no termino con trauma neurológico.

—Deja de hablar tonterías —murmuró André desde la pared, los brazos cruzados. Pero sus ojos grises estaban puestos en Amalia, no en su amigo.

Amalia estaba sentada frente a Pierre, sosteniendo a Abigail en su regazo. La niña, siempre nerviosa con los doctores, ahora permanecía tranquila, agarrada al cuello de Amalia mientras él revisaba su saturación y respiración.

Pierre sonrió.

—Si todos mis pacientes fueran así, estaría sin ojeras.

—Es solo que Abigail confía mucho en mí —respondió Amalia con humildad.

—Es más que eso —dijo Pierre, inclinándose un poco hacia ella—. Tienes instinto. Técnicas de contención emocional. Y tu forma de hablar baja el ritmo cardíaco de la niña. ¿Dónde aprendiste todo eso?

Amalia apretó la mano de Abigail.

—Yo… crecí en un orfanato. Cuidaba a muchos niños. Algunos estaban enfermos, otros tenían traumas o habían sido abandonados. Aprendes rápido cuando eres lo único que alguien tiene.

Pierre se quedó observándola con un respeto sincero.

—Entonces no solo eres buena. Eres sobresaliente —dijo con una sonrisa suave—. ¿Puedo…?

Le ofreció a Amalia un cuaderno de notas.

—Quisiera enseñarte algunas cosas más avanzadas. Técnicas de respiración asistida, manejo de reacciones febriles y primeros auxilios pediátricos. En caso de que Abigail necesite algo más que cuidados básicos.

Amalia lo recibió con los ojos brillantes.

—Me encantaría aprender.

—Perfecto —respondió él.

Desde ese día, Pierre se convirtió en una especie de mentor improvisado. Le explicaba con paciencia los detalles complicados, mostraba gráficas, dejaba que Amalia practicara el uso de ciertos instrumentos médicos bajo supervisión.

Y Amalia absorbía todo como una esponja.

Abigail mejoraba de forma sorprendente. Era como si la niña hubiera encontrado un hogar en el regazo de Amalia, en su voz, en su paciencia infinita.

Cada mes que pasaba, André los observaba en silencio.

Las interacciones entre Amalia y André eran breves, medidas, tensas en lo que no se decía.

—¿Cómo amaneció Abigail? —preguntaba él cada mañana.

—Sin fiebre. Comió un poco más de lo usual —respondía ella, evitando mirarlo mucho.

—Bien… gracias.

Una vez, mientras Amalia preparaba una infusión, André se plantó a su lado.

—Pierre dice que has aprendido rápido —murmuró, casi como si le costara admitirlo.

—Él es un gran maestro.

—Y tú eres… dedicada. Más de lo que cualquiera esperaría.

Amalia bajó la mirada.

—Abigail merece todo.

Él guardó silencio, como si quisiera decir algo más… pero no lo hizo.

Otra vez, cuando Amalia tropezó con una alfombra, André la tomó del brazo para evitar que cayera. Sus ojos se encontraron apenas un segundo demasiado largo.

—Gracias… —susurró ella.

—De nada —respondió él, pero la voz le salió más suave de lo previsto.

Se alejaron rápido. Como si ese contacto hubiera encendido algo que ambos temían reconocer.

Así pasaron los meses.

Abigail mejoró, Pierre se volvió una presencia constante y amable, y André… André parecía debatirse entre el deber, la culpa y una emoción silenciosa que crecía cada vez que veía a Amalia sonreír con su hija.

Ninguno lo decía. Ninguno lo admitía.
Pero el aire entre ellos empezaba a vibrar.

Algo estaba cambiando. Especialmente… dentro de André Dubois.




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