La Inocencia de Amalia

Capítulo 17

— Lo que duele porque importa

La tarde caía sobre la mansión Dubois con un tono dorado que entraba por los ventanales de la biblioteca. Allí estaban Amalia y Pierre, sentados uno frente al otro, rodeados de libros y cuadernos médicos.

La niña ya dormía, así que Pierre aprovechaba para enseñarle a Amalia técnicas más avanzadas.

—Exacto, así —dijo Pierre mientras ella tomaba su muñeca para palpar el pulso—. No necesitas presionar con fuerza, solo sentir el ritmo.

Amalia sonrió.

—Se siente… como una pequeña vida hablando.

—Por eso me gusta la pediatría —dijo Pierre con una calidez que la envolvió—. Los niños son honestos. Si te aceptan, lo sabes de inmediato.

Amalia bajó la mano, un poco avergonzada.

—Nunca pensé que yo pudiera servir para algo más.

—Tú puedes con eso y más —respondió él sin pensarlo.

Ella levantó la mirada. Sus ojos turquesa brillaban con una mezcla de sorpresa y gratitud.

Pierre sostuvo su mirada sin apartarse.
Era un momento íntimo, cálido, de esos que nacen sin pedir permiso.

Y fue justo ese instante el que André Dubois presenció al entrar.

Su mandíbula se tensó de inmediato.

—Pierre —soltó seco.

El pediatra se incorporó, sin perder la serenidad.

—¿Sí?

—Necesito hablar contigo. Ahora.

Pierre parpadeó, luego bajó la mirada hacia Amalia y le sonrió suavemente.

—Vuelvo en un minuto. No te muevas.

Amalia asintió con una sonrisa tenue.

André y Pierre se alejaron unos metros, lo suficiente para que Amalia no escuchara.

O al menos eso creyeron.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —espetó André.

Pierre cruzó los brazos.

—¿A qué te refieres?

—A esto. A… acercarte tanto a ella.

Pierre alzó una ceja.

—¿Y por qué no debería hacerlo?

André apretó los dientes. Sus ojos grises ardían de celos, aunque jamás lo admitiría.

—Porque no puedes involucrarte con Amalia.

Pierre lo miró fijamente.

—¿Y por qué no?

André abrió la boca… y no encontró una respuesta que no revelara demasiado.
La verdad —que se moría de celos— era imposible de decir.

Así que dijo lo primero, lo más fácil.
Lo más cruel.

—Porque es una exconvicta.

El silencio cayó como una bomba.

Pierre lo miró como si no pudiera creer lo que escuchaba.

—¿En serio acabas de decir eso?

—Es la verdad —bramó André, aunque en su interior se odiaba a sí mismo.

Pierre iba a responderle… pero una sombra apareció en el marco de la puerta.

Amalia.

Los ojos turquesa abiertos.
La bandeja que llevaba en las manos temblando.
El alma hecha añicos en un segundo.

—Amalia… —susurró Pierre.

Pero ella ya retrocedía, con los ojos llenos de lágrimas de pura vergüenza.

Vergüenza de existir.
Vergüenza de su pasado.
Vergüenza de que André Dubois pensara eso de ella.

—Amalia, espera —dijo Pierre.

Pero ella se dio la vuelta y salió corriendo por el pasillo, intentando contener los sollozos que le quemaban la garganta.

Pierre se volvió hacia André con furia.

—Pensé que eras mejor que eso.

André tragó saliva. Por primera vez, parecía no saber qué decir.

Pierre continuó, dolido, decepcionado:

—Yo ya sabía todo. Clara me lo contó hace meses. ¿Qué te pasa? ¿Crees que soy tan superficial? ¿O tan imbécil? Amalia pagó por algo que no hizo, sobrevivió a un infierno y aún así… todavía tiene la capacidad de ser luz.

André cerró los ojos, el peso de la culpa cayendo sobre él como una losa.

—Pierre…

—Su pasado no significa nada para mí —dijo Pierre con firmeza—. La admiro. La respeto. Y la aprecio como amiga. Porque su vida ha sido difícil, muchísimo más que la nuestra. Y aun así sigue adelante. ¿No ves eso?

André levantó la vista, y por primera vez, su expresión no era fría… sino rota.

—No quería decir eso. Solo…

—Solo te defendiste con la primera arma que encontraste —terminó Pierre—. Pero la heriste. Y mucho.

Él dio un paso hacia adelante.

—Habla con ella.

—Pierre…

—No por mí ni por ti. Por ella. No merece sentirse sucia o culpable por un pasado que no la define.

Y con eso, Pierre se alejó para buscar a Amalia.

André quedó solo unos segundos, paralizado por una mezcla terrible de remordimiento y miedo.

Pierre encontró a Amalia en el jardín, arrodillada junto a un rosal, con las manos cubriéndole el rostro.

—Amalia… —dijo él, acercándose despacio.

Ella negó con la cabeza.

—No… por favor… no quiero que me vea así. No quiero que piense que soy… que sigo siendo…

Pierre se arrodilló frente a ella.

—No me importa tu pasado.

Ella sollozó, temblando.

—Pero él… él sí…

—Y está equivocado —dijo Pierre con suavidad—. Yo te admiro, Amalia. ¿Lo sabes? Te admiro porque has sobrevivido a cosas que habrían destruido a cualquiera. Porque sigues cuidando, amando, protegiendo. Porque eres fuerte. Y dulce. Y valiente. No necesitas esconderte de mí. Nunca.

Los ojos de Amalia, llenos de lágrimas, brillaron como cristal a punto de romperse.

Y entonces, detrás de ellos, apareció André.

Vio a Amalia arrodillada, temblando.
Vio el dolor que él había causado.

Y supo que tendría que enfrentarlo… aunque no supiera cómo empezar




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