La Inocencia de Amalia

Capítulo 18

Amalia llevaba días esquivándolo. Si André entraba a la habitación donde ella estaba, ella salía. Si él intentaba acercarse durante una terapia con Abigail, ella se centraba en la niña con una concentración casi exagerada, como si su presencia no existiera. Y aunque él intentaba mantenerse firme, cada uno de esos gestos le dejaba un peso incómodo en el pecho.

La casa entera lo sentía. Clara evitaba mirarlo demasiado; incluso Piere estaba irritable. Pero André no encontraba la manera de reparar algo que ni siquiera sabía por dónde empezar.

Hasta que una tarde, mientras Amalia acomodaba los juguetes de estimulación de Abigail en la sala, André entró decidido a hablar.

—Amalia… —empezó.

Ella ni siquiera levantó la mirada.
—Estoy ocupada, señor Dubois.

—Necesito hablar contigo —insistió él, acercándose un paso—. Sé que te dolió lo que dije. No pretendía—

—¿No pretendía qué? ¿Herirme? —Por fin lo miró, los ojos ardiendo en una mezcla de rabia, vergüenza y cansancio—. Pues lo logro.

André tragó duro.
—No tenía por qué decir eso de ti. No fue justo.

—No, no fue justo —respondió ella, la voz quebrándose por un segundo, pero sin permitir que se notara debilidad—. Pero ¿sabe qué fue peor? Que hablara de mi pasado como si le perteneciera. Como si tuviera derecho a usarlo para defenderte o para callar a alguien más.

Lo dejó sin palabras.

—Yo no escondo lo que viví, Señor Dubois —continuó, respirando hondo para mantener el control—. No me avergüenza hablarlo… pero yo decido cuándo, cómo y con quién. Es mi historia, no una carta que se reparta sin permiso.

Él dio un paso hacia adelante, arrepentido.
—Tienes razón. Tienes toda la razón, Amalia, y lamento—

—No —lo cortó con la mano levantada—. No quiero escuchar más disculpas hoy. Y no quiero hablar con usted… No ahora.

Lo miró una última vez, con el dolor hecho nudos en los ojos, y salió de la sala antes de que él pudiera responder.

André quedó allí, sintiendo el vacío que ella dejaba cada vez que se alejaba.
Pier llegó en ese momento, lo miró y negó con la cabeza.

André quiso decir algo, pero su teléfono sonó. Era el asistente del Consejo. Una reunión inesperada. Un viaje urgente. Maldita sea.

Amalia ni siquiera salió a despedirlo cuando se marchó esa noche. Solo vio, desde la ventana del cuarto de Abigail, las luces del vehículo alejándose de la casa.

Y con él, la disculpa que ella no estaba lista para escuchar…
y que él no tendría oportunidad de dar por un buen tiempo.




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