La Inocencia de Amalia

Capítulo 19

El viaje, que en teoría duraría solo unos días, se extendió casi tres semanas. André trabajaba, asistía a reuniones interminables, sonreía en cenas que no quería y mantenía conversaciones que no recordaba después. Pero cada noche, antes de dormir, la misma imagen volvía a él: Amalia mirándolo con esos ojos heridos.
Y cada vez, el mismo nudo le apretaba el pecho.

Amalia tampoco estaba mejor. Se encargaba de Abigail con la dedicación de siempre, aprendía con Piere, seguía los tratamientos… pero había momentos, especialmente al final del día, en los que su mente se escapaba hacia él.
Hacia su voz grave.
Hacia la manera en que miraba a su hija.
Hacia ese gesto serio y cariñoso que solo mostraba cuando creía que nadie lo veía.

Era ridículo. No eran nada. Él era su jefe. Ella… lo que fuera que ella era.
Lo que la vida había hecho de ella.

Aun así, lo pensaba.

La casa estaba en silencio la noche en que André regresó. Llegó sin avisar. El vuelo se había adelantado y no quiso incomodar a nadie, así que dejó el equipaje y se dirigió al pasillo que conducía al cuarto de Abigail.

Fue allí donde la vio.

Amalia estaba recogiendo unos juguetes cuando escuchó el crujido del piso; al girar, la sorpresa fue tan grande que la tasa de té que tenía en las manos se le resbaló y se hizo añicos en el suelo. Ella se agacho a recojer el desastre, pero un fragmento le cortó la palma.

—Amalia —dijo él, quedándose helado—. No quise asustarte.

Ella apretó la mano para ocultar la sangre, pero él ya la había visto.
En dos pasos estuvo frente a ella.

—Déjame ver —ordenó con una suavidad que no coincidía con la firmeza de su tono.

Ella dudó, pero extendió la mano. Él la tomó con una delicadeza que la desarmó. La llevó a la cocina, abrió el botiquín y la sentó en una silla.
Lavó la herida como si fuera cristal.
Sopló para calmar el ardor.
Vendó la palma con una precisión que la dejó sin aliento.

—No esperaba que volviera hoy —susurró ella, huyendo de su mirada.

—Yo tampoco… pero no quería estar lejos una noche más —respondió él, sin pensar, la voz ronca.

Amalia levantó los ojos.
André tragó hondo. Ya no podía seguir evitándolo.

—Quiero decirte la verdad —dijo él, reteniendo su mano vendada entre las suyas—. Sobre por qué le dije a Piere lo que le dije.

Ella lo miró con mezcla de dolor y desafío.

—Fue porque… —respiró hondo—. Porque sentí celos, Amalia. Maldita sea… me puse celoso y dije lo primero que se me vino a la cabeza para apartarlo de ti.

Ella abrió los labios, sorprendida, pero él no la dejó hablar.

—No es una excusa. Fue estúpido. Fue injusto. Pero no soporté verlo tan cerca de ti… como si tuviera algún derecho.

Hubo un silencio cargado, eléctrico.
El corazón de Amalia latía tan fuerte que pensó que él podría escucharlo.

—André… —murmuró ella, confundida, temblorosa.

Y él perdió el control.

—Estoy cansado de pretender que no siento nada —susurró, antes de inclinarse hacia ella.

El beso fue un choque de necesidad contenida.
Fuerte.
Urgente.
Dolorosamente esperado.

Ella respondió con la misma desesperación, enredando los dedos de su mano sana en su camisa, atrayéndolo más. Él la sujetó por la cintura, la levantó apenas de la silla y la acercó a su cuerpo con un gemido ahogado.

El mundo se estrechó a sus bocas. A su respiración entrecortada. A ese calor que ninguno había querido admitir.

Hasta que un llanto suave, agudo, rompió el instante.

Abigail.

Ambos se congelaron.
Respiraban agitados, con los labios aún rozándose.

Ella bajó la mirada.
Él cerró los ojos, intentando recuperar el control.

—Ve con ella —susurró André, intentando levantarse.

Pero antes de que pudiera alejarse, André tomó su rostro entre sus manos.

—Esto no terminó —murmuró con una intensidad que le erizó la piel.

Ella no respondió. No podía.
Se dio la vuelta y salió para atender a Abigail, con el corazón latiendo desbocado y los labios aún temblando por el beso que lo cambió todo.

Y André, en la cocina, comprendió que ya no había marcha atrás.
Ni para él.
Ni para ella.




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