La mañana después del beso fue un eco tenso en los pasillos de la mansión.
Amalia bajó temprano, más temprano de lo habitual, preparando el desayuno de Abigail mientras intentaba calmar el temblor en sus manos. Cada vez que recordaba la intensidad del beso, la forma en que André la tomó entre sus brazos, el modo en que pronunció “esto no terminó”, su pecho se apretaba.
Pero cuando lo vio bajar las escaleras —serio, vestido con traje oscuro, el teléfono pegado al oído—, su corazón se hundió.
Él la miró por un segundo.
Uno solo.
Una mirada rápida, contenida, casi esquiva.
Luego desvió los ojos.
—Sí, salgo de inmediato —dijo al teléfono, con voz seca—. Preparen todo.
Amalia sintió que alguien le arrancaba el aire de los pulmones.
No la saludó.
No se acercó.
Ni una palabra.
Cuando colgó, tomó las llaves del auto con una prisa que parecía huida.
—¿Necesita algo, señor Dubois? —preguntó ella, intentando que su voz no sonara rota.
Él abrió la boca para decir algo… pero no salió nada.
Solo asintió y se marchó.
La puerta se cerró detrás de él con un golpe suave que, para Amalia, sonó como un portazo.
El resto del día fue un infierno silencioso.
Amalia evitó pensar. No lo logró. Cada minuto recordaba el beso, la forma en que él había tocado su rostro con tanta ternura… y luego, la frialdad absoluta de esa mañana.
Se arrepintió.
Tenía sentido.
¿Quién besaría a alguien como ella?
Una exconvicta. Una mujer rota. Una mujer que no tenía derecho a sentir algo tan bonito.
Durante horas jugó con Abigail, preparó su comida especial, revisó su medicación… pero su alma estaba lejos.
En cada respiración dolía un poco más.
Lo que Amalia no sabía era que André no había dormido en toda la noche.
A las cinco de la mañana recibió una llamada del hospital:
Había un donante para Abigail.
Se había aprobado el trasplante. Era real. Era inmediato.
Había volado por los pasillos como un poseso, empacando documentos, firmando consentimientos, coordinando con Pierre, avisando a Clara. No tenía tiempo de pensar en nada más, ni siquiera en la mujer que le había revolucionado la vida la noche anterior.
Pero justo antes de salir de la mansión, cuando la vio en la cocina, con la misma dulzura de siempre, cuidando a su hija… sintió tanto miedo de perder el control que no pudo acercarse a ella.
No ahora.
No con su corazón en llamas y su hija a punto de enfrentar el mayor riesgo de su vida.
Tenía que concentrarse.
Si abría la boca, la besaría de nuevo.
Y no podía permitirse sentir. Aún no.
El día pasó y André no regresó.