La Inocencia de Amalia

Capítulo 21

— Lo que no se dice

El silencio amaneció primero.

Amalia despertó con la confusión aún latiéndole en los labios, recordando el beso que había compartido con André: impulsivo, prohibido, ardiente… y roto abruptamente por el llamado de Abigail.
Había sentido cómo él se alejaba al instante, como si el mundo entero hubiera vuelto a caerle encima.

Y ahora, ese mismo silencio la asfixiaba.

Durante el desayuno, André no apareció. Ella intentó no darle importancia, pero cada vez que alguien mencionaba su nombre, el pecho le latía fuerte, como si buscara confirmar que no había sido un sueño.
O un error.

—Seguro se arrepintió —murmuró entre dientes mientras limpiaba la mesa principal—. ¿Qué esperaba, Amalia? Es tu jefe.

Pero su estómago igual se revolvió.

Todo el día transcurrió así: con su mente peleando contra sí misma. ¿La estaba evitando? ¿Había sido solo un impulso del momento? ¿Había echado a perder lo poco que habían construido?

A la hora del almuerzo, cuando preguntó por él, solo le dijeron:

—Tuvo que viajar. No sé más.

Viajar.
Esa palabra le cayó encima como un balde de agua fría.

Viajar… y ni siquiera se despidio. Nada.

Pasó la tarde en automático, moviéndose como un fantasma en una casa demasiado grande. Y mientras tanto, el recuerdo del beso regresaba una y otra vez, confundiéndola más.

André, por su parte, llevaba horas en un avión que avanzaba hacia el hospital donde Abigail iba a ser operada.

La llamada había llegado apenas minutos después del beso, y el contraste lo había golpeado como un latigazo:
de sentir los labios de Amalia, cálidos y dispuestos, a escuchar la voz urgente del cirujano informándole que habían encontrado un donante para su hija.

Un milagro.
Uno que llevaban años esperando.

Y no había tenido tiempo de explicarle nada.

Ni a Amalia.
Ni a nadie.

Mientras vigilaba por la ventanilla, su mente era un torbellino: el miedo por Abigail, la culpa por haber dejado a Amalia pensando quién sabe qué, y la necesidad —casi desesperada— de aclararlo todo.

Ella creyó que la estaba evitando…
Y ni siquiera podía culparla. Había salido de la casa como un fugitivo.

En otra circunstancia, Abigail no habría estado lista para el trasplante. Su salud solía flaquear; siempre había un resfriado, una fiebre, un mal cálculo que la retrasaba.
Pero esta vez estaba fuerte. Lista.
Gracias a Amalia.

Y él lo sabía.

Por eso el remordimiento le caía tan pesado sobre los hombros. Lo último que quería era que ella pensara que la había rechazado… cuando la verdad era exactamente lo contrario.

Esa noche, Amalia se acostó tarde, dando vueltas en la cama, el estómago apretado y la mente agotada.

—No debió significar nada —se dijo, pero ni ella se creyó.

Porque lo había sentido.
Y por primera vez le daba miedo admitirlo.

En otro lugar, André caminaba por el pasillo del hospital, con el corazón en la garganta mientras preparaban todo para el procedimiento.

Si todo salía bien, la vida de Abigail cambiaría para siempre.
Y quizá, solo quizá, también la suya.

Cuando se sentó por fin luego de dejar todo listo, respiró hondo y sacó su teléfono.

Tenía que escribirle.

Tenía que explicarle.

Tenía que hacer algo antes de que la distancia se volviera un muro imposible de derribar.




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