La Inocencia de Amalia

Capítulo 23

La operación**

El hospital de la isla principal era un mundo completamente distinto al que Amalia estaba acostumbrada. Todo se sentía más grande, más luminoso, más frío también. Clara caminaba rápido, hablando con médicos y enfermeras, firmando documentos.

Pierre iba ligeramente detrás, revisando carpetas, tablas y exámenes, concentrado en cada dato de Abigail.

Amalia, en cambio, apenas podía seguirles el ritmo; su corazón latía tan fuerte que le costaba escuchar cualquier cosa.

—Tranquila —le susurró Pierre en un momento—. Abby está en las mejores manos.

Ella lo creyó porque él lo dijo con una seguridad . Pero entonces apareció él.

El cirujano principal.

Camisa azul quirúrgica, mandíbula marcada, ojos verde oscuro, voz grave. Muy varonil, muy seguro, muy… demasiado.

Amalia literalmente dejó de caminar por un segundo.

El doctor la miró de arriba abajo con profesionalidad… y algo más. Una chispa curiosa. Ella sintió las mejillas arder.

—Usted es Amalia —dijo el hombre, pronunciando su nombre como si fuera francés—. La cuidadora de Abigail.

—Sí —logró responder—. ¿Usted es…?

—Doctor Adrien Morel —se presentó, ofreciéndole la mano enguantada—. Dirigiré la cirugía.

No sabía por qué la voz se le apretó en la garganta, pero estrecharle la mano fue como recibir un golpe de electricidad. Firme, cálida, segura. Adrien no apartó la mirada ni un segundo.

La operación comenzó una hora después. Amalia vio cómo se llevaban a la pequeña Abby en aquella camilla enorme y sintió que todo su mundo cabía en esos pasitos colgando, en ese pequeño cuerpo que confiaba en adultos que no merecían que tuviera que pasar por esto.

Clara la abrazó fuerte.

—Va a estar bien, Amalia.

Las horas fueron eternas. Pierre entraba y salía para explicar avances, siempre manteniendo la compostura, aunque sus ojos revelaban la tensión. Adrien permanecía adentro, gobernando la sala con precisión quirúrgica.

Cuando por fin salieron, Clara fue la primera en correr.

Pierre sonrió. No un gesto elegante ni calculado, sino uno real, cansado y aliviado.

—Todo salió perfecto —anunció—. Abby está estable.

Amalia sintió cómo las piernas le fallaban. Fue Adrien quien la sostuvo del brazo sin pensarlo.

—Puede verla en unos minutos —le dijo—. Es una niña muy fuerte. Como ust, supongo.

Ella tragó saliva.

—Gracias, doctor.

—Adrien —corrigió él suavemente.

André carraspeó levemente.

—Ambos entraremos —aclaró, como si quisiera recuperar terreno.

Adrien sonrió un poco, apenas una curva confiada.

—Por supuesto.

Abigail se veía frágil, pero respiraba tranquila. Amalia simplemente tomó la mano de la niña y no la soltó ni un segundo.

Pasaron dos días en el hospital hasta que los médicos consideraron seguro el traslado. Cuando subieron al auto que los llevaría a la mansión Dubois, Amalia todavía miraba a Abby como si temiera que desapareciera.

La capital era un hervidero de luces y movimiento. Nada que ver con la isla tranquila donde habían vivido. Y la mansión Dubois… era casi una fortaleza. Majestuosa, imponente, con ventanales enormes y jardines que parecían de revista.

—Bienvenida a la mansión de la familia Dubois —dijo Clara mientras un mayordomo abría las puertas principales.




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