La Inocencia de Amalia

Capítulo 24

La mansión Dubois se alzaba imponente sobre la colina, un gigante de piedra blanca y ventanales infinitos. Amalia jamás había visto algo así. Clara la guiaba por los pasillos como si fuera lo más normal del mundo, pero Amalia no podía ignorar el peso de cada cuadro, cada lámpara, cada huella de una historia que no era la suya.

Instalaron a Abigail en la habitación que había sido de su madre. Amplia, luminosa, con vista al jardín interior. Allí el doctor Adrien Fontaine acudía dos veces al día. Era joven, imponente, de una belleza elegante que descolocaba. Y aunque se mostraba siempre profesional, Amalia alcanzaba a notar el brillo curioso en sus ojos cada vez que la saludaba.

—Señorita Amalia —decía él inclinándose apenas—, ¿cómo pasó la noche nuestra pequeña guerrera?

Pierre se lo tomaba con humor.
Clara con normalidad.
Pero André…

André, ardía por dentro.

No hablaba. No reclamaba. No preguntaba.
Pero cada vez que Adrien entraba por la puerta, sus hombros se tensaban, la mandíbula se marcaba y los ojos seguían cada gesto de Amalia como si fueran una afrenta personal.

Amalia lo notaba. Fingía no verlo.

Y André se contenía.
Se contenía demasiado.

Tres noches después de su llegada, cuando Abigail por fin dormía tranquila y el personal se había retirado, Amalia bajó al jardín trasero. Necesitaba aire, silencio y un instante para respirar.

La noche olía a jazmín.
La brisa movía los faroles.
La luna se colaba entre las hojas.

Amalia cerró los ojos.

—No deberías estar sola aquí —susurró una voz detrás de ella.

Saltó ligeramente. André estaba a apenas un paso, tan cerca que pudo sentir su respiración en la nuca.

—Estoy bien —contestó ella sin mirarlo—. Solo necesitaba un momento para…

Pero nunca terminó la frase.

André la tomó del brazo, con una firmeza que no dolía pero sí estremecía, y cuando ella giró para enfrentarlo, él ya estaba encima de ella. Sus labios chocaron con los suyos con la misma intensidad con la que la había besado aquella primera noche.

No hubo aviso.
No hubo permiso murmurando entre líneas.
Fue impulso. Fue hambre. Fue todo lo que él había reprimido desde que había vuelto de aquel viaje.

Amalia jadeó contra su boca.

No recordaba haber sentido jamás algo parecido. Maximiliano… su esposo… siempre había sido correcto, distante, casi ceremonioso. La intimidad con él era algo que sucedía sin pasión, sin ese fuego animal que ahora le quemaba la piel. Y después, cuando Cecile apareció en sus vidas, hasta eso desapareció.

Pero esto…

Esto era otra cosa.
Un fuego líquido que le bajaba por el abdomen, que le derretía los huesos, que la hacía aferrarse a la camisa de André como si se fuera a desvanecer si lo soltaba.

Él la empujó suavemente contra la columna del jardín, sin dejar de besarla. Sus manos se deslizaron por su cintura, marcando su piel aunque no la tocara directamente. Amalia sintió un gemido subirle a la garganta y lo mordió para no dejarlo escapar.

—No sabes… —murmuró André contra sus labios, respirando hondo, como un hombre al borde—. No sabes lo que ha sido verte con él. Con ese maldito médico mirándote como si…

Se detuvo.
Ella respiraba agitadamente.
—No sé por qué… —continuó él, apoyando la frente en la de ella—. No sé por qué me vuelves loco.

Amalia tembló.

—André…

La mano de él subió hasta la de ella, entrelazando sus dedos.
El mundo se redujo a dos respiraciones entrecortadas y ese espacio diminuto que los separaba.

—Dime que pare —susurró él— y me detengo.

Pero ella no dijo nada.

Se quedó allí, con el corazón latiendo contra el pecho, con el fuego ardiéndole entre las piernas, con el alma hecha un nudo.

Y André volvió a besarla.
Más lento.
Más profundo.
Más decidido.

Hasta que, desde la ventana del segundo piso, un llanto débil interrumpió el jardín.

Abigail.

Él se separó de golpe.
Ella también.
Ambos respiraban como si hubieran corrido kilómetros.

La realidad cayó sobre ellos como un balde de agua fría.

—Ve con ella —dijo Amalia, apenas un hilo de voz.

André asintió, sin poder mirarla directamente.

Y mientras él subía las escaleras, ella se llevó una mano a los labios hinchados, todavía temblando, consciente de una sola cosa:

Ya no había regreso posible.

Ni para él.
Ni para ella.




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