La Inocencia de Amalia

Capítulo 26

El mes siguiente se convirtió en una celebración constante en el país.
André Dubois había ganado el caso más grande de la década, una condena impecable, sólida, alabada por todos los jueces y fiscales del archipiélago.
Los periódicos titulaban “El sello Dubois sigue intacto”, y los canales de noticias repetían su imagen entrando al tribunal, impecable, con esa mirada firme que lo caracterizaba.

En la mansión todo era más liviano:
Abigail estaba fuerte, comía mejor, dormía mejor.
Pierre sonreía cada vez que venía.
Clara por fin descansaba.

Y Amalia…
Amalia sentía que por primera vez en años estaba viviendo algo parecido a la vida.

Hasta que Lucrecia Blom apareció.

El primer encuentro fue casi cinematográfico.

Amalia bajó las escaleras con una bandeja de té cuando escuchó risas en la sala principal.
Al asomarse, la vio:

Una mujer alta, de presencia elegante, rasgos de modelo, labios rojos, cabello negro recogido en un moño perfecto.
Vestía un traje blanco de diseño que probablemente costaba lo que Amalia ganaba en dos meses.

Hablaba con André como si lo conociera de toda la vida, como si él le perteneciera desde siempre.

—André, querido, ¡la prensa está obsesionada contigo! —dijo Lucrecia, tocándole el brazo con familiaridad—. Estás en todos los titulares. Y créeme, bien merecido.

Amalia sintió un pinchazo en el pecho.

André sonrió, discreto pero auténtico.

—Gracias, Lucrecia. Ha sido… un año largo.

Lucrecia giró el rostro y finalmente vio a Amalia con la bandeja.

—Oh. —Sus ojos recorrieron a Amalia de arriba abajo, midiendo, clasificando—. ¿Y tú eres…?

—Amalia —respondió con una sonrisa cortés—. Trabajo con la familia.

Lucrecia asintió una sola vez, como quien registra un dato irrelevante.

—Claro.

La conversación terminó ahí para Amalia. Pero no para Lucrecia.

Los días siguientes fueron un desfile de visitas.
Lucrecia aparecía con carpetas, botellas de vino, flores para Clara, chocolates para Abigail.

Y André… la recibía.

Conversaban de leyes, de jueces, de casos pasados.
Había entre ellos un lenguaje que Amalia no compartía.

Amalia la veía desde la cocina, desde el pasillo, desde la escalera.

Lucrecia era todo lo que ella no era:
segura, imponente, culta, elegante, educada en las mejores universidades.

Una mujer hecha para el mundo de André.

Una noche escuchó sin querer la conversación entre Clara y Pierre.

—¿La invitó a la gala? —preguntó Clara, sorprendida.

—Sí —respondió Pierre—. Ella será su acompañante oficial. Todos los periódicos ya lo anotaron.

Amalia sintió que el aire se le volvía pesado.

La noticia se confirmó al día siguiente.

—Amalia —dijo André desde la puerta de la cocina.

Ella se volvió, intentando mantener la compostura.

—Sí, señor.

Él pareció incomodarse con el “señor”.

—Quería informarte… habrá una gala del gremio judicial. Es dentro de un mes. Es formal. Tendré que asistir con un acompañante y—

—Lucrecia Blom —completó ella con suavidad, bajando la mirada.

André la observó, sorprendido.

—Sí… ella.

Un silencio incómodo se instaló entre ambos.

Amalia apretó los dedos contra la mesa.

—Me alegra que tenga alguien adecuada para ese tipo de eventos —dijo con una sonrisa pequeña, educada—. Estoy segura de que lucirán muy bien juntos.

Pero por dentro…
Por dentro se estaba rompiendo.

Los encuentros entre Lucrecia y André se hicieron más frecuentes.
Conversaban en la biblioteca, en la sala, en el jardín.

Amalia pasaba cerca y la voz de Lucrecia llegaba clara:

—…Tu trabajo ha sido impecable, André. Tienes una mente brillante.
—¿Has considerado aceptar la invitación a la conferencia internacional? Sería un paso natural para tu carrera.
—Te verías espectacular con un traje azul medianoche para la gala.

Cada frase era una punzada.

Y aunque André no mostraba una inclinación abierta, tampoco ponía distancia.

Amalia comenzó a sentirse… menos.
Pequeña.
Fuera de lugar.

Quizá siempre lo estuvo.

Una noche, después de acostar a Abigail, Amalia bajó al jardín trasero para tomar aire.
El cielo estaba despejado, las luces de la mansión encendidas.
Ella cerró los ojos, intentando calmar la sensación de estar perdiendo algo que ni siquiera era suyo.

—No tienes por qué sentirte así.

La voz de Clara la sobresaltó.

—¿Así cómo? —susurró Amalia.

Clara se acercó, poniéndose a su lado.

—Como si fueras menos que esa mujer —dijo con firmeza—. No lo eres.

Amalia tragó saliva.

—No estamos en el mismo mundo, Clara.

—Eso no significa que no seas suficiente para el de mi hermano —respondió ella con suavidad—. Y créeme, Lucrecia no es una amenaza real. Solo un… torbellino llamativo.

Amalia sonrió triste.

—Pero él la deja entrar.

Clara no respondió.
No podía mentirle.

Esa noche, Amalia se acostó con un nudo en la garganta.

Porque por primera vez desde que llegó a esa casa…
se sintió reemplazable.

Y porque el corazón, terco e ingenuo, ya había decidido amar a un hombre que parecía estar mirando hacia otra dirección.




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