La Inocencia de Amalia

Capítulo 27

Lucrecia Blom irradiaba una seguridad que llenaba cualquier habitación. Era alta, espectacular, con ese tipo de elegancia pulida que solo se obtiene después de años moviéndose entre la élite. Desde su llegada al círculo de los Dubois, había dejado claro que André era su objetivo. Y él, ocupado, agotado y sin la práctica emocional necesaria para manejar insinuaciones tan directas, no parecía darse cuenta del terreno que ella ganaba.

Amalia sí.

La primera vez que coincidieron, Lucrecia le sonrió con cortesía… hasta que supo quién era.

—¿Ah? ¿La cuidadora? —preguntó con una finísima elevación de ceja—. Qué reconfortante. La familia Dubois siempre tan generosa con su personal.

La forma en que remarcó “personal” fue como una cuchilla. No alzó la voz, no fue grosera de forma evidente, pero bastó para que Amalia sintiera que alguien había puesto un pie sobre su dignidad.

Amalia se quedó inmóvil, con una sonrisa tensa. No contestó. Solo asintió.

Y desde ese día, cambió.

Dejó de sentarse en la mesa con la familia, aunque Clara insistiera. Comía en la cocina con los empleados. No participaba de las conversaciones. Se limitaba a cumplir su trabajo: puntual, correcta, distante.

Solo a veces, cuando creía que nadie la veía, se llevaba la mano al pecho como si algo allí adentro le doliera demasiado.

Clara lo notó primero.

—Amalia ya no es Amalia —le murmuró a Piere mientras tomaban café en la terraza—. ¿Te has dado cuenta?

Piere soltó un suspiro, ajustándose las gafas con preocupación.

—Sí. Procura no mirarnos a los ojos. Está… apagada.

—La culpa es de esa arpía —bufó Clara, sin pudor—. Y de mi hermano por no darse cuenta de nada. ¡Nada!

Piere apoyó los codos en la mesa, inclinándose hacia ella. Cada vez que hablaban, la cercanía entre ellos se volvía más evidente, aunque ninguno se atreviera a nombrarla.

—¿Qué propones? —preguntó él, bajando la voz.

Clara sonrió de lado. Una sonrisa peligrosa y brillante.

—La gala. André va con Lucrecia, sí… pero eso no significa que Amalia tenga que quedarse fuera.

Piere arqueó una ceja, captando el plan.

—¿Quieres llevarla?

—Exacto. Y ya tengo al acompañante perfecto.

—¿Quién? —preguntó él, aunque ya sospechaba.

Clara sonrió con satisfacción.

—El doctor Adrian. Le caímos bien… y desde la operación se ha mostrado demasiado interesado en Amalia. Además —entrecerró los ojos con picardía—, es lo suficientemente guapo para poner a cualquiera nervioso. Incluido mi hermano.

Piere intentó contener una carcajada.

—Clara…

—¿Qué? Es perfecto. Y Amalia necesita recordarse que es más que una empleada. Que es hermosa, valiosa… y que puede brillar donde le dé la gana.

Piere la miró con una mezcla de admiración y cariño que no supo ocultar.

—Entonces lo haremos —afirmó con suavidad.

—Lo haremos —repitió Clara.

Y en ese instante, por primera vez en semanas, la luz empezó a regresar… no a Amalia todavía, sino a los ojos de quienes la querían de verdad.

Clara se movía como un torbellino discreto: organizaba llamadas, enviaba mensajes, revisaba catálogos y probaba telas, todo mientras fingía absoluta normalidad. Piere, por su parte, actuaba como si aquello fuera una misión médica de máxima urgencia, revisándolo todo dos veces, calculando detalles, incluso tomando medidas sin que Amalia se diera cuenta.

Porque lo más importante eran los zapatos.

Piere había encargado un par exquisito: tacón medio, diseño elegante, líneas suaves que acentuaban la delicadeza del pie femenino. Pero lo especial no era lo visible. El zapatero, siguiendo las instrucciones milimétricas de Piere, había modificado uno de los tacones con una corrección interna casi invisible. El ajuste perfecto para equilibrar la leve cojera de Amalia sin lastimarla, sin que nadie lo notara… y sin que ella sintiera que debía disimular su historia.

Clara lloró un poco cuando los vio.

—Va a caminar como si flotara —susurró.

—Va a caminar como siempre debió caminar —la corrigió Piere, con una mirada profunda.

El vestido llegó dos días después.

Era simplemente… arrebatador. Un tono vino profundo que abrazaba el cuerpo como una segunda piel, sin caer en lo vulgar. Sensual, elegante, radiante. Una mezcla diseñada para hacer que cualquier mujer se sintiera divina. Clara lo eligió pensando en cada curva de Amalia, en su piel cálida, en lo que André vería cuando la mirara.

Aunque no lo admitiera, esa parte del plan era para él.

—Este vestido hará historia —declaró Clara, orgullosa.

El maquillaje y el peinado ya estaban reservados en un salón exclusivo de la capital. Clara había pagado la mejor estilista, la única que sabía exactamente cómo transformar la belleza natural de alguien en algo deslumbrante sin borrar quién era.

Porque la idea no era convertir a Amalia en otra mujer.

Era mostrarle en el espejo lo que todos veían… menos ella misma.

Y, por supuesto, estaba él.

El doctor Adrian.

Guapo, elegante, atento, exitoso. El tipo de hombre que llamaba la atención sin esfuerzo. Desde el día del trasplante había mostrado un interés silencioso, respetuoso, evidente. Cuando Clara lo llamó para invitarlo formalmente a la gala como acompañante de Amalia, él no dudó ni un segundo.

—Será un honor —dijo con una sonrisa que incluso a Clara le pareció peligrosa.

Y así quedó sellado.

La noche de la gala Amalia no iría como empleada.

Iría como invitada, como mujer, como alguien que merecía brillar.

Y sin sospechar nada, seguía su rutina normal… mientras a su alrededor, Clara y Piere construían con amor la noche en que el mundo —y André— la verían por fin como la joya que siempre había sido




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