La Inocencia de Amalia

Capítulo 31

El trayecto a la mansión fue silencioso, pero cómodo.
Adrian conducía con una mano, mientras Amalia sostenia a la pequeña Abigail, todavía dormida sobre su pecho.
Amalia lo miraba desde el asiento trasero, conmovida por la ternura inesperada de aquel hombre.

Al llegar, Adrian insistió en cargar a la niña hasta el segundo piso.
Amalia abrió la puerta y lo siguió, cuidando que el vestido no se enredara en los escalones.

Cuando llegaron al cuarto, él acomodó a la niña con suavidad, le subió la cobija y le acomodó el peluche entre los brazos.

Después, al volver al pasillo, se detuvo frente a Amalia.

—Gracias por hoy —le dijo, con la voz baja, íntima—. Me permitiste ser el hombre más envidiado de esa gala.

Ella se sonrojó al instante.

—No exageres…

—No lo hago. —Él dio un paso más cerca, había chispa en sus ojos—. Y gracias por confiar en mí para acompañarte.

Amalia abrió la boca para responder algo, pero no alcanzó.

Adrian se inclinó.
No fue un beso en los labios, pero estuvo peligrosamente cerca.
Un roce cálido en la comisura, un toque que dejó su piel temblando y su corazón disparado.

—Buenas noches, Amalia. —Susurró él contra su mejilla—. Fue una velada hermosa.

Ella no pudo hablar.
Él bajó las escaleras, le regaló una última mirada intensa desde la puerta… y se fue.

Amalia necesitaba respirar.

Se dirigió a la cocina y puso agua a calentar.
La noche había sido demasiado: emociones, miradas, elogios, bailes… Adrian… y André en un estado que nunca había visto.

Sirvió una aromática y se apoyó en la barra, todavía con el vestido que le dejaba la espalda al descubierto.
Se veía elegante, distinta, fuerte.
Ella misma sentía que había cambiado un poco.

Exhaló.

La puerta de la cocina se abrió.

No tuvo que girarse para saber quién era.

El ambiente se tensó como una cuerda.

André.

Entró sin decir nada.
Su presencia la envolvió, cargada de energía contenida, celos y algo más oscuro que él intentaba ocultar… sin éxito.

Amalia se enderezó.

—Pensé que aún estabas en la gala.

—No podía. —La voz de André era baja, profunda… peligrosa—. No después de lo que vi esta noche.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué… viste?

Él avanzó lentamente hacia ella.

—A un hombre… —se detuvo a un paso de distancia— …que no podía quitarte los ojos de encima.

Amalia tragó saliva.

—Adrian solo estaba siendo amable.

—Ese no era el tipo de amabilidad que vi —susurró André, la mirada clavada en su boca—. Y tú lo dejaste acercarse demasiado.

Ella se tensó, herida por el tono acusador.

—No es justo, André. Yo no hice nada malo.

—No dije que lo hicieras. —Su voz bajó aún más—. Solo digo que… casi te beso cuando te dejó en la puerta.

Amalia sintió el rubor subirle al rostro.

—No fue un beso.

—Lo habría sido… si tú hubieras movido un milímetro la cabeza.

Silencio.

El corazón de Amalia latía tan fuerte que parecía llenar toda la cocina.

—André… estás cansado.

—Él soltó una risa amarga—. Me estás viendo, Amalia. ¿De verdad dudas que estoy celoso?

Ella abrió los ojos, sorprendida por la franqueza.

Él continuó, dando otro paso hasta quedar frente a frente:

—Llegas con otro hombre, entras radiante, todos te miran… él te mira… y tú le sonríes. —Su respiración era pesada—. Claro que estoy celoso.

Ella retrocedió un poco, chocando con la barra.

André la siguió, apoyando una mano junto a su cadera, encerrándola sin tocarla.

Sus ojos bajaron a la curva descubierta de su espalda, luego regresaron a sus labios.

—No debiste dejarme verte así —murmuró con una sinceridad que quemaba—. No siendo ella… y tampoco siendo solo Amalia.

—¿Ella? —susurró ella con la voz temblorosa.

—La mujer que me está volviendo loco —confesó él sin apartar la mirada—. La mujer que no quiero que baile con nadie más.
La mujer que… —se acercó más— …me importaría perder.

Amalia sintió que se le aflojaban las piernas.

Él inspiró hondo.

—No debiste irte con él.

—Tú me dijiste que fuera —logró responder ella, apenas audible.

—Porque la alternativa era… —André apretó la mandíbula— …tomarte del brazo frente a toda esa gente y llevarte yo mismo.
Y no tenía derecho.

Sus respiraciones se mezclaron.

Se quedaron así, a centímetros, deseándose, temblando.

—Amalia… —susurró él—. ¿Él te tocó más que eso?

Ella negó con la cabeza, hipnotizada por su cercanía.

André cerró los ojos un segundo… como si eso lo aliviara y lo torturara a la vez.

Cuando los abrió, estaban llenos de fuego contenido.

—No debió tocarte en absoluto.

Un segundo más.

Un respiro más.

Ella pestañeó lentamente, perdida en él.

Y André, con el autocontrol colgando de un hilo, murmuró:

—Dime que no quieres que me acerque… y me detengo.

Silencio.

Ella no dijo nada.

Y eso fue todo lo que André necesitaba saber.




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