La Inocencia de Amalia

Capítulo 33

El silencio entre ellos vibraba, denso, cargado. André estaba tan cerca que Amalia podía sentir el leve cosquilleo de su respiración contra su piel, todavía tibia por la noche intensa que habían vivido. El aroma a whisky suave, mezclado con su colonia de siempre, la envolvía como una trampa deliciosa que su cuerpo reconocía demasiado bien.

Ella tragó saliva. Él no apartaba la mirada.

Esa tensión… esa tensión que llevaban meses arrastrando, conteniéndose, evitando, disfrazando con peleas, silencios, excusas… ahora los había arrinconado en esa cocina a media luz. Y por un segundo Amalia sintió que todo en su vida se reducía a ese escaso espacio entre el pecho de André y el suyo.

Las palabras se evaporaron. El aire se volvió fuego.

Entonces el ring del celular cortó la burbuja de un tajo.

André bajó la mirada.
En la pantalla brillaba un nombre: Lucrecia.

Como un balde de agua helada.

La realidad se estrelló contra Amalia. La imagen de la mujer perfecta, segura, elegante, esa mujer que él había llevado orgulloso a la gala… se clavó en su pecho, recordándole cruelmente cuál era su lugar.

Ella retrocedió rápido, el corazón golpeándole las costillas, y aprovechó el instante en que André atendió la llamada para salir de la cocina casi a escondidas, con pasos cortos y apresurados.

—Amalia —la voz profunda de él la llamó, pero ella no se detuvo.

No podía. No después de ver su nombre en la pantalla. No después de recordar cada gesto de Lucrecia, cada palabra cargada de veneno, cada mirada que la reducía a una empleada más.

Subió el primer escalón, queriendo escapar antes de que su corazón la traicionara. Pero no llegó al segundo.

Un brazo fuerte la rodeó por la cintura y la levantó como si pesara nada.

—¡André! —protestó sorprendida, aferrándose a su hombro—. ¡Suéltame!

—Ni lo sueñes —su voz era un bajo ronco, lleno de rabia… y algo más.

Él la cargó fácilmente, ignorando sus intentos de zafarse, y avanzó por el pasillo hasta su habitación. Abrió la puerta con un empujón del hombro y entró, cerrando de golpe detrás de ellos. El sonido retumbó en el silencio.

La dejó de pie, pero bloqueó la puerta con su cuerpo, respirando agitado.

Su mirada oscura la recorrió de arriba abajo: el vestido que delineaba su figura, la espalda descubierta, el maquillaje, el temblor en sus manos.

—No vas a irte —dijo él con firmeza, acercándose un paso—. No esta vez. No sin que quede clara una cosa.

Amalia sintió el latido en la garganta.
—¿Qué cosa…?

Él avanzó otro paso, acorralándola contra la pared con su sola presencia.

—Que la única mujer que logró sacarme de esa gala —rozó su mejilla con los dedos, apenas—, la única que me importa esta noche… eres tú.

Su respiración se mezcló con la de ella.
La tensión se incendió de nuevo.

Amalia cerró los ojos. No sabía si empujarlo o rendirse.

Y André… André ya no parecía dispuesto a dejarla escapar jamás.

Amalia respiraba agitada, no por la carrera hasta las escaleras ni porque André la hubiese cargado hasta su habitación, sino por la furia que llevaba semanas—meses—atorada en el pecho.

André se acercó un paso más, como si fuera a tocarla, pero ella lo detuvo con la mano en el aire, temblando.

—Amalia… —murmuró él, intentando calmarla.

—No —lo cortó ella, con una firmeza que lo dejó helado—. No pretendas que crea nada de lo que acabas de decir.

Él frunció el ceño.
—Lo digo en serio.

—No ahora —su voz se quebró levemente, pero se sostuvo—. No justo hoy. No solo porque otro hombre me llevó a esa gala. No porque viste que alguien más me miraba como… como tú jamás te has permitido hacerlo.

La rabia ardía mezclada con tristeza en sus ojos.

—Esto no es una competencia —respondió André, apretando la mandíbula.

Amalia soltó una risa amarga.
—¿Ah, no? Porque eso es exactamente lo que parece, André.
Cruzó los brazos, protegiéndose.
—De pronto te acordaste de mí, justamente cuando viste a Adrián ofrecerme su brazo… bailar conmigo… tratarme con respeto. Solo entonces te interesé. Qué coincidencia, ¿no?

Él dio un paso, pero ella retrocedió dos.
No iba a dejar que la cercara otra vez.

—Amalia, yo…

—¿Y sabes qué es peor? —lo interrumpió—. Que me digas cosas bonitas ahora, después de meses de dejarme en claro cuál es mi lugar.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a derramar.
—Recuérdame con quién has estado compartiendo, André. Recuérdame a quién invitaste con orgullo a que te acompañara esta noche. Recuérdame cómo te veías con ella del brazo mientras yo… —tragó duro— mientras yo intentaba no sentirme menos que nadie.

Lucrecia.
Perfecta.
Elegante.
De su mundo.

Y ella…
la empleada.

—Tus palabras carecen de peso —continuó Amalia, con voz quebrada pero firme—. Porque tus acciones estos meses han sido otras. Y yo… yo ya no puedo seguir confundiendo tus migajas con señales.

André estaba completamente inmóvil.

Nunca antes la había visto así. Tan fuerte. Tan honesta. Tan herida.

—Amalia… —su voz salió ronca, casi rota—. No estás entendiendo…

Ella levantó la mano otra vez, temblorosa.
—No. El que no entiende eres tú. Y esta vez no voy a dejar que me confundas solo porque estás celoso.

Silencio.

Tenso. Cortante. Irrespirable.

André dio un paso lento.
Luego otro.
Hasta quedar frente a ella, tan cerca que su respiración volvió a mezclarse.

—No estoy aquí por celos —susurró él, mirándola como si fuese lo único real en la habitación—. Estoy aquí porque si te ibas… no sé si podría haberlo soportado.

La voz de André tembló por primera vez.

Amalia cerró los ojos. Su corazón, traidor, quiso creerle… pero su razón seguía gritando.




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