La Inocencia de Amalia

Capítulo 35

Amalia seguia furiosa, no podiía djar que su corazón ganara no cuando llevaba tiempo viendo su interacción con Lucrecia.

—¿Quieres hablar de celos? —escupió Amalia, con la voz rasgada—. ¡Llegas a quí exigiendo que te diga dónde me tocó Adrián!
Se adelantó un paso, desafiante.
—¿Pero sabes cuántas veces vi a Lucrecia tocarte a ti? ¿Cuántas veces la vi manosearte…? Y tú ahí, tan feliz, tan cómodo. Tan en tu elemento con ella. Sus risas, sus conversaciones, esa confianza que compartían… —tragó duro, sintiendo el ardor en el pecho—. No te atrevas a hablarme de—

No terminó.

André la agarró por la cintura y la besó.

Un beso directo, caliente, desesperado.

Ella jadeó contra su boca, sorprendida, y trató de resistirse. Le empujó el pecho, negó con la cabeza, pero él volvió a atraparla, profundizando el beso como si necesitara respirar a través de ella. Como si su vida dependiera de eso.

—André… —intentó protestar.

Él no se rindió.
La besó otra vez.
Y otra.
Más intensa, más profunda, hasta que sus rodillas flaquearon.

Las manos de Amalia apretaron su camisa, no para alejarlo… sino porque sentía que se desmoronaría si lo soltaba.

Cuando por fin se separó, André apoyó su frente contra la de ella, ambos respirando como si hubieran corrido un maratón.

—Ahora mírame —susurró, con una voz tan grave que le erizó la piel.

Ella alzó la mirada, temblando.

—Mírame —repitió, acariciándole la mejilla con el pulgar— y dime…
Se tragó las palabras, como si se le quemaran en la garganta.
—Dime si cuando viste a Adrián tocarte… viste en mi cara la reacción que provocas en mí.

Amalia abrió la boca, pero no salió sonido alguno.

—Escucha… —André tomó su mano y la colocó sobre su propio pecho, justo sobre el corazón—. ¿Sientes eso?

Latía fuerte.
Demasiado fuerte.

—Está latiendo por ti —confesó él, apenas un susurro—. Solo por ti.

Ella tembló.

—Y tú no tienes idea de lo que me hacen tus labios… —su palma subió a la mandíbula de Amalia, lento, reverente—. Tus manos…
La otra mano bajó a posarse sobre su cintura, firme.
—O lo que siento cuando te miro… aquí.

Su pulgar rozó suavemente el borde de su pecho, pero sin tocarla de forma indebida. Solo lo suficiente para que la respiración de Amalia se cortara en seco.

—Dímelo, Amalia —susurró contra su boca—. Mírame y dime que no sientes lo mismo.

Silencio.
Un silencio tan intenso que parecía vibrar.

Amalia cerró los ojos un segundo… pero su corazón ya lo había dicho todo.

Amalia abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
No podía.
No había forma de negar lo que su cuerpo ya gritaba sin pudor.

Su respiración agitada.
El temblor en sus manos.
La forma en que su pecho subía y bajaba tan cerca del de él.
Todo… absolutamente todo… la traicionaba.

André lo supo antes que ella misma.

Un destello pasó por sus ojos. Hambre. Necesidad. Rendición.

La tomó por la cintura con una firmeza que la desarmó por completo y volvió a besarla. Esta vez no hubo dudas, ni resistencias, ni palabras que interponerse.
Ella se derritió contra él como si ese beso fuera lo único que había esperado desde hacía meses.

Sus manos encontraron la nuca de André, enredándose en su cabello, acercándolo más, profundizando el beso con una urgencia que jamás había sentido con nadie. Era como si el aire hubiese perdido valor y solo él pudiera llenarla.

André gimió muy bajo, un sonido grave que se hundió en su estómago como fuego líquido.

La pegó a su cuerpo, eliminando el último espacio entre ellos, y Amalia sintió el calor, el peso, la contundencia de su deseo. No había distancia posible que pudiera salvarla de lo que él provocaba en ella, ni ella quería salvarse ya.

Su lucha interna…
La que había intentado sostener por meses…
Estalló en mil pedazos.

No tenía caso seguir negándose.
No cuando sus labios sabían a todo lo que había anhelado sin admitirlo.
No cuando sus manos la recorrían con una mezcla de cuidado y pasión que la desarmaba.

André bajó la boca a su cuello, besando la piel sensible que encontró allí, arrancándole un suspiro tembloroso.

—Amalia… —murmuró contra su piel, ronco, como si pronunciar su nombre fuera un acto sagrado.

Ella cerró los ojos, dejándose llevar, por primera vez sin miedo.

Sus dedos se aferraron a la camisa de él, y lo acercó más, tan cerca que podía sentir los latidos de ambos desacompasados, acelerados, necesitados.

Él volvió a tomar su rostro entre las manos, subiendo sus labios nuevamente a los de ella, robándole otro beso más profundo, más decidido, más revelador.

Ella no puso resistencia.
No quería hacerlo.
No podía.

Porque en ese instante, con André tan cerca, tan expuesto, tan real…
La batalla estaba más que perdida.
Y no había nada en el mundo que deseara ganar más que rendirse a él.




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