La Inocencia de Amalia

Capítulo 36

El beso se volvió más urgente, más profundo, más inevitable.
André la alzó por la cintura sin esfuerzo, como si su cuerpo hubiese sido hecho para encajar en el de él, y Amalia rodeó su cuello con las piernas casi sin darse cuenta.

Su espalda chocó suavemente contra la puerta del cuarto cuando él la empujó para cerrarla con un movimiento ciego, sin dejar de besarla.
La habitación quedó en penumbra, iluminada solo por la luz tenue del pasillo que se colaba por debajo.

El aire se volvió pesado.
Caliente.
Cargado de algo que ninguno de los dos quería resistir más.

André deslizó los labios por su mandíbula, bajando por su cuello con una devoción que le hizo temblar las rodillas.
Amalia hundió los dedos en su cabello, jadeando suavemente, sintiendo cómo cada beso la encendía desde dentro, quemándole la piel y derritiendo cualquier vestigio de duda.

—Dime que no te arrepientes —susurró él, la voz ronca, contra la curva de su cuello.

Ella apoyó la frente en la suya, respirando fuerte.

—No podría… aunque quisiera —respondió, sin reconocer su propia voz, más baja, más cargada de deseo del que jamás había permitido salir.

Eso bastó.

André la tomó del rostro y volvió a besarla, caminando con ella entre sus brazos hasta la cama. La dejó caer sobre las sábanas con suavidad, pero su mirada, oscura y brillando con una mezcla de hambre y ternura, la hizo estremecer.

Se inclinó sobre ella, apoyando una mano a cada lado de su cabeza, como si la estuviera rodeando, protegiendo… y al mismo tiempo, reclamando.

—Eres… —tragó, luchando por controlar la respiración— …eres lo que llevo meses intentando no desear.

Amalia sintió el corazón encogérsele.
Levantó una mano y rozó su mejilla, suave, temblorosa.

—Yo también… —admitió—. No sabes cuánto.

Ese fue el último límite que cayó.

André bajó su boca a la de ella una vez más, y esta vez no hubo freno, ni pausa, ni espacio para dudas.
Fue un beso que desprendía todo lo contenido: la rabia, la frustración, el deseo prohibido, el cariño que ninguno sabía cómo nombrar.

Las manos de él recorrieron su costado, su cintura, subiendo por su espalda con una lentitud que la encendía aún más.
Ella arqueó el cuerpo hacia él, buscando más contacto, más calor, más de todo lo que él le despertaba.

La ropa empezó a desaparecer entre besos y caricias, cada prenda un obstáculo vencido.
El tacto de sus manos, fuertes y cálidas, la hizo temblar de anticipación.

Cuando finalmente la tuvo bajo él, piel contra piel, Amalia soltó un suspiro que él capturó con un beso profundo, lento, como si quisiera memorizar la forma exacta en que respiraba.

No hubo prisa.
No hubo torpeza.
Solo la certeza de que habían esperado demasiado.

André la tomó con una mezcla perfecta de necesidad y cuidado, como si su cuerpo fuera un secreto que él llevaba toda la vida queriendo descubrir.

Amalia lo recibió con un gemido ahogado, aferrándose a sus hombros, sintiéndolo llenarla en una forma que jamás había imaginado. Era diferente, tan diferente… no frío, no distante, no mecánico.

Era fuego.
Era vida.
Era todo lo que había creído que nunca tendría.

Los movimientos se volvieron un baile íntimo, acompasado, profundo.
Cada respiración sincronizada, cada beso reclamándolos una y otra vez.

Ella lo sintió temblar encima de ella cuando él dijo su nombre contra su oído, y supo que ya no había vuelta atrás.

Y cuando finalmente llegaron juntos, enredados entre las sábanas y el calor de la madrugada, Amalia se quedó inmóvil, respirando agitada, con la mejilla apoyada en su pecho.

André le acarició el cabello, suave, como si temiera romper el momento.

—Esto… —susurró él, aún sin aliento— …no fue un error.
No lo es.
No lo será.

Amalia cerró los ojos.

Por primera vez en años…
Se permitió creerle.

_____

Amalia despertó antes que el sol.

El silencio de la habitación era tan profundo que pudo escuchar el latido acelerado de su propio corazón apenas abrió los ojos.
Se incorporó lentamente, sintiendo el cuerpo pesado, adolorido… y peligrosamente satisfecho.

Las sábanas estaban revueltas.
La lámpara seguía encendida.
Y a su lado, semidesnudo, profundamente dormido, estaba André Dubois.

Amalia sintió que la sangre le subía al rostro tan rápido que tuvo que llevarse ambas manos a las mejillas.

—Dios mío… —susurró casi sin voz.

No podía creerlo.

Ella.

Ella… que siempre había sido tímida, prudente, contenida; que jamás —ni siquiera con su difunto esposo— se había dejado llevar así.

Pero anoche no había sido la Amalia reservada, cuidadosa, silenciosa.
Había sido fuego.
Había sido hambre.
Había sido descaradamente sincera con cada toque, cada beso, cada suspiro.

El recuerdo la golpeó con fuerza:
Sus piernas alrededor de él.
La manera en que lo llamó con un gemido que todavía le vibraba en la memoria.
El modo en que lo buscó una y otra vez sin reservas.
Y cómo él la sostuvo, la acarició, la llevó a perderse sin dudar un segundo.

—¡Ay, Dios…! —murmuró, hundiendo la cara en las manos.

Una mezcla de vergüenza y un pequeño hilo de orgullo la invadieron.

Había sido tan… apasionada.
Demasiado.

Sintió el movimiento a su lado.

André abrió los ojos lentamente, pesado de sueño, el cabello despeinado, el cuerpo extendido sobre la cama como un felino satisfecho.
Su voz salió profunda, baja, peligrosamente cálida.

—¿Ya despierta?

Amalia casi se cayó de la cama del susto.

—Eh… sí… yo… estaba… —balbuceó, y cada palabra la hundía más en la vergüenza.

Él sonrió.
Una sonrisa lenta, suave… pero claramente consciente de TODO lo que había pasado.

—No te escondas —dijo, extendiendo una mano y tocándole la muñeca con una ternura que la desarmó—. No conmigo.




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