La Inocencia de Amalia

Capítulo 37

Después de un baño juntos —uno que empezó inocente y terminó lleno de risas, manos curiosas y un par de resbalones peligrosamente memorables— Amalia bajó a la cocina para preparar el desayuno.
Intentó comportarse como si nada hubiera pasado… pero cada vez que recordaba cómo André la había besado bajo el agua, cómo la había cargado sin esfuerzo, cómo sus manos habían… ay, casi se le cae la sartén.

André bajó minutos después, con el cabello aún húmedo, descalzo y con una camisa que definitivamente le hacia ver más que perfecto.
Se sentó frente a ella y, sin decir una palabra, le sonrió como si supiera exactamente en qué estaba pensando. Y sí… lo sabía.

Cuando Clara entró a la cocina, se detuvo en seco.
Miró a Amalia.
Luego a André.
Luego otra vez a Amalia.

Y levantó una ceja.

—Buenos días… —dijo, arrastrando las palabras como quien ya entendió todo sin que nadie le contara nada.

Amalia quiso meterse debajo de la mesa.

Pierre llegó detrás de Clara con un café en la mano, dio un sorbo, miró la escena y… soltó una sonrisa cómplice.
—Ajá —dijo simplemente—. Interesante amanecer.

Clara y Pierre intercambiaron una mirada silenciosa, pero el mensaje fue evidente: “Estos dos no engañan a nadie.”

Amalia estaba radiante, luminosa, casi flotando.
André… igual.
Cada vez que sus miradas chocaban, se les escapaba una sonrisa tonta, como dos adolescentes atrapados.

Era obvio para todos que esa casa había despertado distinta.
______

La casa estaba tranquila… hasta que el timbre sonó.

Clara, se asomó por la ventana y frunció el ceño.
—Ay, no… —murmuró.

Amalia no tuvo tiempo de preguntar.
Cuando vio entrar a Lucrecia, su reacción fue automática: el corazón se le subió a la garganta y trató de ponerse de pie impulsivamente.

Clara la empujó suavemente de vuelta a su silla.
—Ni se te ocurra moverte —susurró—. Esta escena me la voy a disfrutar.

Amalia tragó saliva.

André salió de la cocina limpiándose las manos con una toalla.
—¿Qué haces aquí, Lucrecia?

Ella avanzó con una sonrisa melosa, claramente ensayada, y estiró los brazos para saludarlo con un beso en la mejilla…
pero André se movió a tiempo y lo convirtió en un seco apretón de manos.

Clara abrió los ojos como platos.
Pierre, sentado al fondo, se llevó la taza de café a la boca para disimular su sonrisa.
Ambos intercambiaron una mirada rápida: “Esto se va a poner bueno.”

—André —reclamó Lucrecia con un puchero exagerado—, desapareciste de la gala. ¿Te parece bonito dejarme sola así?

—Tenía algo muy importante que atender —respondió él, directo, sin suavizar ni una palabra.

—¿Más importante que yo? —contestó ella con tono ofendido y un toque teatral.

André no dudó.
—Sí.

Silencio.
Un silencio glorioso.

Lucrecia parpadeó varias veces, herida en el ego más que en el corazón.
Intentó buscar apoyo con la mirada, pero Clara le sonrió como quien disfruta de una novela en vivo, y Pierre simplemente levantó los hombros.

Finalmente, Lucrecia resopló, se dio media vuelta y salió casi pisando fuerte.
—Pues discúlpame por preocuparme —murmuró con dramatismo—. No volverá a pasar.

Salió por la puerta con un portazo elegante, si es que eso existe.

Clara soltó una carcajada contenida.
—Bueno —dijo—, el almuerzo acaba de ponerse MUY interesante.

Amalia, aún en shock, solo atinó a mirar a André.
Él se acercó, le tocó suavemente el hombro y, sin importarle quién estaba mirando, le dio una sonrisa que decía demasiado.




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