La Inocencia de Amalia

Capítulo 38

Amalia estaba en la cocina desde temprano. El sol de la mañana entraba en líneas doradas por la ventana, iluminando la encimera donde cortaba fruta con cuidado. Abigail estaba sentada a la mesa, balanceando las piernas mientras observaba con atención casi solemne cómo Amalia le preparaba algo especial.

—¿Así está bien, Abi? —preguntó Amalia, forzando una calma que todavía no terminaba de asentarse en su cuerpo.

La niña asintió con una sonrisa dulce, ajena —o tal vez no tanto— a todo lo que había cambiado en silencio esa madrugada.

Amalia respiró hondo. Todavía sentía el peso delicioso y vergonzoso de lo ocurrido, como si su piel guardara memoria propia. Se inclinó para servir el plato frente a Abigail cuando escuchó unos pasos suaves detrás de ella… y una risa.

No una risa cualquiera.

Una risa cargada de picardía.

—Buenos días, Amalia —dijo Clara, apoyándose en el marco de la puerta, cruzándose de brazos—. Veo que alguien amaneció… radiante.

Amalia se quedó inmóvil un segundo. Luego cerró los ojos como si contar hasta tres pudiera salvarla.

—Clara… —murmuró, sin atreverse a mirarla.

Clara avanzó despacio, tomó una manzana del frutero y la giró entre sus dedos con aire despreocupado.

—No voy a pedirte que me cuentes lo que salta a la vista que pasó entre mi hermano y tú —dijo, con una sonrisa ladeada—. Tampoco voy a ponerte en la difícil situación de que tu boca niegue lo que tus ojos gritan.

Amalia tragó saliva.

—Clara, yo…

—Solo quiero decirte algo —la interrumpió con suavidad, dejando la manzana sobre la mesa—. Nunca había visto a André de esa manera. Ni anoche, cuando se contenía cada vez que veía a Adrián susurrarte al oído… ni ahora en la mañana.

Clara alzó la mirada, directa, certera.

—Hoy se veía pleno. Feliz. En paz.

Amalia sintió cómo el calor le subía al rostro de golpe. Dejó el cuchillo a un lado y, sin poder sostener más esa mezcla de emociones, se llevó ambas manos a la cara.

—Dios… —susurró—. Qué vergüenza…

Clara soltó una carcajada baja, sin burla, llena de cariño.

—No es vergüenza cuando alguien ama —dijo con dulzura—.

Amalia bajó lentamente las manos. Sus ojos brillaban, no de lágrimas, sino de una verdad que ya no podía ocultar.

—Sí… —confesó en voz baja—. Sí, Clara. Lo amo.
Inspiró hondo, como si pronunciarlo la dejara sin aire—. Y anoche… todo quedó claro entre nosotros. Ya no hay dudas. Ni juegos. Ni silencios.

Clara sonrió, esta vez sin picardía, con emoción sincera.

—Entonces —dijo acercándose para abrazarla—, bienvenida oficialmente a esta familia complicada.

Amalia rió contra su hombro, todavía con el corazón desbocado.

Desde la puerta, André observaba la escena en silencio. No necesitó escuchar las palabras. Bastó ver la forma en que Amalia sonreía.

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Un nuevo lugar

Amalia tardó varios minutos frente al espejo antes de salir de la habitación. No porque dudara, sino porque estaba aprendiendo a reconocerse. Ya no llevaba el uniforme discreto que la hacía invisible; ahora vestía ropa cómoda, elegante, sencilla… elegida por ella.

Cuando bajó las escaleras, Clara fue la primera en notarlo.

—Mírenla —dijo, sonriendo—. Ya no camina como quien pide permiso.

Amalia se detuvo, un poco incómoda.

—No sé si estoy haciendo lo correcto…

André se acercó sin prisa, sin imponerse. Se colocó a su lado, no delante.

—Estás haciendo lo justo —dijo—.

Amalia lo miró, y por primera vez no sintió que debía bajar la mirada.

—No quiero desplazar a nadie —confesó—. Solo… estar.

—Eso es exactamente lo que eres aquí —respondió él—. Mi compañera.

Clara carraspeó con exageración.

—Bien —anunció—. Entonces es momento de hablar con Abigail.

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Decirlo en voz alta

Abigail estaba en el sofá, rodeada de cojines, con un libro abierto sobre las piernas. Levantó la vista cuando los vio acercarse.

—¿Hice algo mal? —preguntó, preocupada.

Amalia se sentó a su lado de inmediato.

—No, cielo. Nada de eso.

André se acomodó frente a ellas, a la altura de la niña, sin prisas.

—Abi —dijo con suavidad—, queremos contarte algo importante.

La niña los miró a ambos, alternando la mirada con una seriedad impropia para su edad.

—¿Es por mi corazón?

Amalia tomó su mano.

—Es por el nuestro.

Abigail frunció el ceño, pensando.

—¿Ustedes se quieren?

Amalia sintió un nudo en la garganta.

—Sí —respondió—. Nos queremos mucho.

Hubo un silencio breve. Luego, Abigail sonrió.

—Entonces está bien —dijo, como si fuera la decisión más lógica del mundo—. Tú me cuidas… y papá sonríe más contigo.

André cerró los ojos un segundo, vencido.

—Eso es lo que importa —susurró.

Abigail estiró los brazos.

—Pero no se besen frente a mí —añadió—.Guacala!.

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La capital

Más tarde, cuando la casa volvió a quedar en silencio, André llevó a Amalia al pequeño balcón que daba al jardín interior. La ciudad se escuchaba a lo lejos, constante, viva.

—Hay algo que tenemos que hablar —dijo él.

Amalia apoyó los codos en la baranda.

—Te escucho.

André respiró hondo.

—Los médicos recomiendan que Abigail permanezca en la capital unos meses. El seguimiento del trasplante será constante, riguroso. No quiero moverla antes de tiempo.

Amalia asintió sin dudar.

—Lo entiendo.

—Eso significa —continuó— que nosotros también nos quedaremos aquí.

Amalia lo miró, buscando la pregunta que no se atrevía a hacer.

—No como antes —aclaró André—.

Se giró hacia ella, serio.

—Quiero que te quedes porque quieres quedarte. Porque este también es tu hogar… si así lo decides.

Amalia sintió cómo algo se acomodaba dentro de su pecho.




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