La Inocencia de Amalia

Capítulo 39

Aliadas

—No —dijo Amalia por tercera vez, con las manos apretadas sobre el bolso—. Definitivamente no.

Clara sonrió como quien ya ha ganado.

—Definitivamente sí —respondió, empujándola suavemente dentro de la boutique—. André sobrevivió a fiscales, jueces y a una niña de voluntad indomable. Créeme: puede sobrevivir a verte segura de ti misma.

Amalia se sonrojó hasta las orejas cuando la dependienta dejó sobre el mostrador la lencería. Seda, encaje, delicadeza peligrosa.

—Clara… yo no…

—Amalia —la interrumpió—. No es para él. Es para ti.
(Clara mentía un poco. Pero con buenas intenciones).

Amalia tomó una de las prendas con dedos temblorosos.

—Nunca usé algo así.

—Lo sé —dijo Clara con dulzura inesperada—. Por eso empezamos hoy.

Luego vinieron los zapatos. Tacones hermosos, firmes… y adaptados. Amalia caminó unos pasos frente al espejo y se detuvo, sorprendida.

—No duele…

—Porque no tienes que pagar dolor para verte bella —dijo Clara con firmeza—. Ya pagaste suficiente en esta vida.

Amalia tragó saliva.

El maquillaje fue sutil, elegante. Resaltaba sin esconder.
Y entonces… el perfume.

Clara lo probó en el aire y sonrió como una conspiradora.

—Este —decidió—. No se anuncia. Se descubre.
Una pausa.
—Y va a matar a mi hermano.

Amalia rió nerviosa.

—No exageres…

—No. Créeme. Lo conozco demasiado bien.

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El umbral

Esa noche, Amalia se detuvo frente a la puerta del cuarto de André.
No había estado allí desde que todo cambió….

Respiró hondo.

Tocó.

—Pasa —dijo él desde dentro.

André levantó la vista cuando la vio.
Y se quedó inmóvil.

Amalia avanzó despacio. El vestido caía con elegancia, el perfume flotaba suave, casi indecente en su sutileza. No caminaba con cautela… caminaba con decisión.

—Clara —murmuró él, como si ya supiera.

—Clara —confirmó Amalia, mordiéndose el labio—. Y… yo.

André cerró el libro que tenía en la mano y se puso de pie.

—Ven acá.

No fue una orden. Fue una invitación imposible de rechazar.

Cuando estuvo frente a él, André apoyó los dedos en su cintura, apenas. Como si se diera permiso poco a poco.

—No sabes lo que provocas cuando entras así —dijo en voz baja—. No por lo que llevas puesto… sino por cómo te sostienes.

Amalia levantó la mirada.

—Estoy aprendiendo —susurró—. A no esconderme.

André apoyó su frente en la de ella, respirando su aroma.

—Entonces quédate —dijo—. Aquí. Conmigo.

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Territorios

Amalia llegó sola al hospital con Abigail tomada de la mano.
La niña caminaba animada, con ese brillo nuevo que todavía parecía milagroso después de todo lo vivido.

—¿Ves? No me canso —dijo Abigail, orgullosa.

Amalia sonrió, acomodándole un mechón de cabello.

—Y yo no me canso de verte así.

El doctor Adrián las recibió con una sonrisa abierta, profesional… pero cálida. Revisó exámenes, escuchó con atención cada detalle que Amalia le explicaba: el apetito, las horas de sueño, la leve tos nocturna.

—Has hecho un trabajo impecable —le dijo, mirándola con sincera admiración—.

Amalia bajó la mirada, un poco incómoda.

—Después de la gala… no volvimos a hablar —aclaró, como si necesitara dejarlo dicho—. Todo ha sido… distinto.

Adrián asintió despacio.

—Lo noté.

En ese momento, la puerta del consultorio se abrió.

André Dubois entró.

No dijo nada al principio.
Solo miró.

Miró a su hija sentada en la camilla, sana.
Miró a Amalia, serena, segura.
Y miró a Adrián.

El aire cambió.

—Buenas tardes —dijo André finalmente, con voz firme.

—Fiscal Dubois —respondió Adrián, cordial, pero sin retroceder un centímetro—. Llegas justo a tiempo. Todo marcha muy bien.

André se acercó a Abigail, le besó la frente y luego… apoyó la mano en la espalda de Amalia. No fue posesivo. Fue claro.

Territorial.

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Entre hombres

Minutos después, André y Adrián quedaron solos en el pasillo.

—No soy un hombre ingenuo —dijo André, directo—. Sé lo que sientes.

Adrián cruzó los brazos, tranquilo.

—Y yo no soy un hombre que se esconda —respondió—. Reconozco cuando pierdo… y hoy, ganaste tú.

André no relajó el gesto.

—Pero recuerda algo —continuó Adrián—: yo estaré ahí para ella. Siempre.
Una pausa breve, densa.
—Y si algún día fallas… no dudaré en dar el paso que haga falta para que sea mía.

André sostuvo su mirada. Dos voluntades fuertes. Dos depredadores midiendo fuerzas.

—No fallaré —dijo André, con voz baja pero absoluta—. Porque ella es una mujer que se elige. Y ya me eligió.

Adrián sonrió, sincero esta vez.

—Entonces cuídala como merece. Porque una mujer así… no vuelve a aparecer dos veces en una vida.

André asintió una sola vez.




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