Lo que no se dice en voz alta
La casa estaba en silencio.
Abigail dormía profundamente, agotada por el día. La luz tenue del pasillo apenas se colaba en la habitación de André, donde Amalia estaba sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
—Nunca pensé que la tranquilidad pudiera hacer tanto ruido —murmuró ella.
André sonrió apenas. Se acercó despacio, como si no quisiera romper algo frágil.
—Es porque no estamos acostumbrados a la paz —respondió—. Siempre creemos que algo va a arrebatárnosla.
Se sentó frente a ella, tomó sus manos. No hubo prisa. No hubo urgencia. Solo esa electricidad callada que existe cuando dos personas ya se eligieron, aunque el mundo aún no lo sepa.
—Hoy, cuando te vi en el hospital… —dijo él— entendí algo.
Amalia alzó la mirada.
—¿Qué cosa?
—Que no solo amo a la mujer que cuida de mi hija. Amo a la mujer que se sostiene a sí misma… incluso cuando tiembla.
Ella tragó saliva. Sus dedos se aferraron a los de él.
—Yo aún tengo miedo —confesó—. A veces siento que el pasado está agazapado, esperando el momento de volver a señalarme.
André apoyó su frente en la de ella.
—Que lo intente —susurró—. Esta vez no estarás sola.
La besó.
No fue un beso arrebatado, sino profundo, lento, de esos que prometen más de lo que toman. Amalia cerró los ojos, apoyándose en él, dejándose sostener… no solo por sus brazos, sino por su certeza.
—André… —dijo ella en un hilo de voz—. Esto que sentimos… ¿a dónde puede ir?
El silencio se tensó.
Él se apartó apenas, lo justo para mirarla a los ojos.
—Aquí es donde tengo que ser honesto —dijo—. Si quisiera casarme contigo… no podría seguir siendo fiscal.
Amalia se quedó inmóvil.
—¿Cómo…?
—Mi posición exige una imagen intachable —continuó—. Tu pasado, aunque yo sepa la verdad, sería usado contra mí. Contra los casos en los que trabaje.
Apretó la mandíbula.
—Lucrecia ya ha empezado a mover hilos. Comentarios. Dudas sembradas donde no deberían existir.
Amalia entendió. No preguntó cómo lo sabía. Lo sentía.
—Entonces… —susurró— ¿esto tiene fecha de caducidad?
André negó con firmeza.
—No. Esto tiene decisiones pendientes. Y yo no pienso tomarlas sin ti.
Ella lo miró largo rato. Luego apoyó la cabeza en su pecho.
—No necesito promesas —dijo—. Solo no me sueltes por miedo.
Él la rodeó con los brazos, fuerte. Protector. Real.
—No te soltaré —respondió—. Y si el precio es elegir… entonces que el mundo se prepare para mi renuncia.
_______
La noche los envolvía con una calma distinta.
No era silencio vacío, sino ese que llega cuando el corazón deja de huir. André estaba recostado contra el respaldo de la cama, Amalia entre sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho. Escuchaba su respiración, firme, constante… real.
—He estado pensando —dijo ella en voz baja.
Él besó suavemente su cabello.
—Eso suele ser peligroso —respondió con una media sonrisa.
Amalia alzó el rostro para mirarlo. Sus ojos no temblaban. Ya no.
—Tomé una decisión.
André se tensó apenas, como si el mundo pudiera cambiar con una sola frase.
—Dime.
Ella respiró hondo, tomó su mano y la llevó a su pecho.
—No necesito casarme contigo para ser feliz —dijo con una calma que lo desarmó—. No necesito un apellido, ni un anillo, ni un documento que le dé permiso al mundo para aceptarnos.
Él frunció el ceño, sorprendido.
—Amalia…
—Déjame terminar —pidió, suave pero firme—. Pasé demasiado tiempo perdiéndolo todo… creyendo que solo merecía migajas de felicidad. Ya no.
Sonrió apenas.
—Te amo. Eso es lo único que necesito.
André la miraba como si estuviera viendo algo sagrado.
—¿Y mi cargo? —preguntó—. ¿Todo lo que eso implica?
Ella asintió.
—No quiero que renuncies a ser fiscal —dijo—. Ese es tu mundo. Tu lucha. Tu vocación. No voy a ser la razón por la que te arranques una parte de ti.
Él tragó saliva.
—El mundo no será amable contigo.
Amalia acarició su rostro.
—Nunca lo ha sido —respondió—. Pero ahora sé quién soy… y sé a quién amo.
Se inclinó y lo besó.
No con urgencia.
Con certeza.
—Podemos vivir juntos —continuó, apoyando su frente en la de él—. Construir una vida. Acompañarnos. Elegirnos cada día, sin promesas impuestas, sin sacrificar lo que somos.
André cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, había emoción contenida… y una rendición absoluta.
—Eres la mujer más valiente que he conocido —susurró—.
La abrazó con fuerza, como si al hacerlo sellara un pacto silencioso.
—Entonces nos elegimos así —dijo—. Sin renuncias. Sin miedo.
Amalia sonrió contra su cuello.
—Así.
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Editado: 31.01.2026