La Inocencia de Amalia

Capítulo 42

André llegó a la casa cuando la noche ya había perdido la noción del tiempo.

Apenas cruzó la puerta, Clara estaba allí, de pie en la sala, con el teléfono aún en la mano y el rostro desencajado.

—¿Dónde estabas? —le reclamó, sin rodeos—. Llevo horas llamándote. Horas, André.

Él pasó junto a ella sin mirarla.

—No es el momento, Clara —dijo con la voz áspera—. No quiero hablar con nadie.

—¡Pues vas a escucharme! —alzaba ya la voz, herida y furiosa—. ¿Sabes lo que nos hiciste? ¿Sabes—

André se detuvo en seco.

Frente a él, saliendo del pasillo, estaba Adrián.

La imagen fue suficiente. El recuerdo del abrazo en la cafetería aún le ardía en la sangre, mezclado con el alcohol, con el miedo, con la rabia.

No pensó.
No midió.
No fue fiscal, ni el hombre prudente de siempre.

Fue solo un hombre roto.

El golpe fue seco, brutal. Adrián cayó hacia atrás, sorprendido, llevándose la mano al rostro.

—¡André! —gritó Clara, corriendo a interponerse entre ambos— ¡¿Te volviste loco?!

—Aléjate de ella —escupió André, respirando con dificultad—. Aléjate de mi vida.

Adrián no respondió. Solo lo miró con una mezcla de desconcierto y preocupación.

—Basta —gritó Clara, empujando a André con fuerza—. ¡Basta ya!

Entonces lo dijo.

Y el mundo de André se detuvo.

—¡Amalia no está bien! —le gritó—. ¿Escuchas? No está bien.

André parpadeó, desorientado.

—¿Qué…?

—Ha estado sedada todo el día —continuó Clara, con la voz quebrada—. Cada vez que despierta entra en crisis, se descontrola, llora, dice cosas que no tienen sentido… y tienen que volver a dormirla.

El aire abandonó los pulmones de André.

—Déjame verla —pidió, ya sin fuerza—. Clara, por favor.

Ella negó con la cabeza.

—No —dijo firme—. No así.

Se acercó, lo miró con dureza..

—Todavía hueles a alcohol. Tienes residuos en el cuerpo, André. No pienso dejar que te acerques a ella en ese estado.

Él cerró los ojos. La vergüenza lo atravesó como una hoja.

—Entonces dime qué hago —susurró—. Porque si no la veo, me voy a romper aquí mismo.

Clara respiró hondo.

—Te duchas —ordenó—. Te cambias. Te sientas. Y rezas, si es que aún sabes cómo hacerlo.
Bajó la voz.
—Porque lo que le pasa a Amalia no es por hoy… es por todo lo que ha cargado sola durante años.

André asintió, derrotado.

Mientras subía las escaleras, con el cuerpo pesado y el alma hecha trizas, entendió algo que le heló la sangre:

No era él quien había sido abandonado esa tarde.
Era Amalia… atrapada en el lugar más oscuro de su pasado.

____________

Más tarde una vez hizó todo lo que Clara le pidio, André entro a la habitación y se quedó a su lado.

Sentado en la silla junto a la cama, con una mano envolviendo la de Amalia, como si soltarla fuera permitir que el mundo volviera a romperla. El efecto del último sedante aún la mantenía en una frontera frágil entre el sueño y la vigilia. Su respiración era irregular, sus cejas se fruncían incluso dormida, como si el pasado no supiera respetar el descanso.

Él no se movió.

Ni cuando el cansancio le pesaba en los huesos.
Ni cuando la culpa le quemaba el pecho.

Cuando Amalia empezó a moverse, André se inclinó de inmediato.

—Estoy aquí —susurró—. Amalia… mírame, estás a salvo.

Sus párpados temblaron. Despertó desorientada. El pánico quiso abrirse paso, ese brillo conocido en los ojos que anunciaba la tormenta.

—No… no… —murmuró, intentando incorporarse—. Tengo que… tengo que—

André apretó su mano con suavidad, firme.

—Golpeé a Adrián —dijo de pronto, sin pensar demasiado.

Ella se quedó quieta.

—¿Qué? —preguntó, alarmada, mirándolo con los ojos muy abiertos.

André alzó ligeramente las manos. Los nudillos amoratados hablaron antes que él.

—Perdí la cabeza —admitió—. Pero escúchame… está bien. Clara está con él.

La respiración agitada de Amalia empezó a ralentizarse, no por la razón correcta, sino por una distinta: la preocupación había desplazado al pánico.

—¿Te lastimaste? —preguntó, llevándose la mano a la boca.

—Nada que no mereciera —intentó bromear, torpe.

Ella lo miró con una mezcla de susto, culpa y ternura. La crisis se desinfló poco a poco, como una ola que pierde fuerza antes de romper. Sus hombros cayeron. El temblor se apagó.

Pasaron varios minutos en silencio.

—¿Por qué…? —preguntó ella al fin—. ¿Por qué lo golpeaste?

André bajó la mirada.

—Porque te amo —dijo simplemente—. Y porque soy humano… incluso cuando no debería.

Amalia apartó la sábana y trató de levantarse.

—Tengo que verlo —dijo—. No quiero que piense que—

No llegó a terminar la frase.

André la rodeó con los brazos y la atrajo hacia su pecho, envolviéndola con cuidado, con humor suave para no romperla otra vez.

—No vayas —dijo en voz baja, casi divertida—… o me pondré celoso de nuevo.

Ella lo miró, sorprendida. Una risa pequeña, tímida, se escapó de sus labios por primera vez en días.

—Es un doctor y mi amigo, André —susurró.

—Precisamente —respondió él—. Y ya aprendí que no debo sacra conjeturas.

Apoyó la frente en la de ella.

—Está bien —añadió—. Clara está con él. Tú quédate aquí… conmigo.

Amalia cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió descansar sin miedo.

En sus brazos.

Donde el pasado no podía alcanzarla.




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