La Inocencia de Amalia

Capítulo 43

Cuando estubo más calamda

—André… —dijo Amalia, aún rodeándolo— sabes que no debes estar celoso. Tú sabes que nunca te haría algo así.

Ella lo miró de frente, vulnerable, sincera hasta doler.

André asintió despacio.

—Lo sé —respondió con la voz baja—. Pero estabas distante… y luego los vi en la cafetería. Fue demasiado para mí.

Amalia respiró hondo. Ese aire le tembló en el pecho.

—Es esta época del año —confesó al fin—. La del nacimiento de mi hijo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

—Nunca me entregaron un cuerpo —continuó—. Nunca tuve una tumba. Nunca tuve un lugar donde visitarlo, donde rezar por él, donde decirle que lo siento… que lo amo.

André cerró los ojos. La culpa se le clavó como un puñal.

—Hoy fui a una iglesia —dijo ella—. Necesitaba encender una vela, aunque fuera por unos minutos. Pero estaba cerrada.

Se le quebró la voz.

—Entré a la cafetería solo para sentarme. Para no caerme. Y entonces… —tragó saliva— creí verlo.

—¿A quién? —preguntó André.

—A Maximiliano —susurró—. Por un segundo pensé que estaba ahí. Me quedé en shock. El corazón se me salió del pecho. No podía moverme.

Sus manos empezaron a temblar, pero André las sostuvo con firmeza.

—Adrián me vio —continuó—. Me vio parada, perdida, llorando sin darme cuenta. Se acercó… me abrazó para que no me cayera. Nada más.

Alzó la mirada, buscándolo.

—Nunca te traicioné —dijo con una verdad que no necesitaba defensa—.

André la atrajo con cuidado, como si temiera romperla.

—Perdóname —murmuró—. Por no preguntar. Por imaginar. Por dejar que el miedo hablara más fuerte que lo que siento por tí.

Amalia apoyó la cabeza en su pecho.

—Yo también fallé —dijo—. Debí decirte. Pero hay dolores que aún no sé cómo compartir.

Él besó su frente, largo, protector.

—Ya no tienes que hacerlo sola —le prometió—. Si no hay un lugar para visitarlo… entonces lo construiremos.

Ella levantó la mirada, sorprendida.

—¿Cómo?

—Juntos —respondió—. Un sitio. Una fecha. Un ritual. Lo que necesites.
Su voz se quebró apenas.
—Ese hijo también es parte de ti.

Amalia cerró los ojos. Lloró. Pero esta vez no fue de culpa.

Fue de alivio.

Porque por primera vez, alguien no le pedía que olvidara.
Le ofrecía recordar… acompañada.

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Los días pasaron, pero la imagen no se iba.

Amalia seguía viendo aquel rostro en su mente, nítido, demasiado real para ser solo un recuerdo. El perfil, la manera de inclinar la cabeza, esa sensación helada que le había recorrido el cuerpo en la cafetería.

André lo notó.

Esta vez no permitió que ella se cerrara.

Una noche, mientras ordenaban la cocina en silencio, él dejó el paño sobre la encimera y la miró con atención.

—Sigues pensando en eso —dijo, sin reproche.

Amalia bajó la mirada.

—Sí —admitió—. Vuelve a mí… la escena, la sensación. No como un recuerdo, André. Como si hubiera estado ahí de verdad.
Alzó los ojos, asustada.
—Empiezo a pensar que me estoy volviendo loca.

Él se acercó despacio, le tomó las manos.

—No lo estás —dijo con firmeza—. Y no voy a dejar que te convenzas de eso.

Ella respiraba rápido.

—Lo vi tan claro…

—Estabas bajo una presión enorme —continuó André—. Era la fecha, el dolor, el cansancio, todo acumulado. Tu mente buscó una explicación, un rostro conocido.

Amalia negó con la cabeza.

—No fue un recuerdo borroso. Fue… presente.

André la miró con calma, con esa lógica suya que no negaba el dolor, pero tampoco lo alimentaba.

—Entonces escúchame —dijo—. El mundo está lleno de personas parecidas entre sí. Rostros que activan memorias.
Acarició su mejilla.
—Y tú estabas vulnerable. Eso no es locura. Es humanidad.

Ella cerró los ojos, apoyando la frente en su pecho.

—Me asusta pensar que mi mente me traicione.

—No te está traicionando —respondió—. Está pidiendo descanso. Y verdad.

La abrazó con fuerza.

—Si vuelve esa imagen, no te la guardas —añadió—. Me lo dices. La miramos juntos. La desarmamos juntos.

Amalia respiró un poco más tranquila.

—Gracias por no soltarme —susurró.

André besó su cabello.

—Nunca más —prometió—. Ni siquiera de tus propios miedos.




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