La Inocencia de Amalia

Capítulo 45

La llamada llegó una madrugada.

André la atendió en silencio, caminando descalzo por la sala para no despertar a nadie. Bastaron unos segundos para saber que no era una llamada cualquiera. La voz de Clara sonaba tensa, contenida.

—Necesito que vengas —dijo—. Ya no basta con mi nombre ni con mi firma. Esto… esto es más grande.

André cerró los ojos.

Por parte de su madre existía un imperio. Empresas, inversiones, alianzas antiguas. Un apellido que abría puertas y compraba voluntades. Un legado que nunca le había interesado, porque siempre había pesado más el de su padre: fiscales, jueces, hombres rectos que creían en la ley por encima de todo.

Pero algo se había desordenado. Algo que exigía su presencia.

Colgó y se quedó inmóvil unos segundos, mirando el pasillo que llevaba a la habitación de Abigail.

El viaje sería largo. Meses, no semanas.

Cuando se lo dijo a Amalia, ella no reaccionó de inmediato. Estaba sentada en la cama de Abigail, acomodándole una manta.

—Tengo que ir al continente —dijo él, con la voz baja—. No puedo evitarlo.

Amalia asintió despacio. Ya lo sabía, incluso antes de que lo dijera.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé —respondió con honestidad—. Varios meses.

Amalia respiró hondo.

—Abigail está bien aquí —dijo—. Y yo… yo no puedo viajar ahora. No con mi situación.

Él se arrodilló frente a ella, tomó sus manos.

—No quiero dejarlas.

—Lo sé —respondió ella—. Pero Clara te necesita.

Ella lo abrazó fuerte.

—No te olvides de mí.

Él cerró los ojos, con el nudo en la garganta.

—Nunca.

Los días previos al viaje estuvieron llenos de silencios largos y gestos pequeños: desayunos compartidos sin prisa, paseos cortos, abrazos que duraban más de lo normal.

La despedida fue contenida, sin lágrimas exageradas. Amalia no quería que Abigail recordara ese momento como algo triste.

Cuando André se fue, la casa quedó extrañamente quieta.

Amalia y Abigail siguieron con su rutina. La niña mejoraba, reía, vivía. Amalia se mantenía fuerte… al menos por fuera.

Por las noches, cuando Abigail dormía, Amalia se sentaba en la sala con el teléfono en la mano, esperando el mensaje que siempre llegaba, aunque fuera breve.

“Estoy bien. Las extraño.”

Y ella respondía siempre lo mismo:

“Aquí te esperamos.”

____________

Las videollamadas se volvieron un ritual sagrado.

Siempre a la misma hora. A veces con el rostro cansado de André, otras con Amalia sosteniendo el teléfono mientras Abigail se colaba en la imagen para contarle cualquier cosa: un dibujo nuevo, una risa, una mejoría.

—Mírame —le pedía André a Amalia—. Necesito verte bien.

Ella sonreía. Siempre sonreía.

Pero él la conocía demasiado.

Veía la forma en que ella se tocaba el cuello cuando estaba nerviosa, el silencio que dejaba caer entre frases, la manera en que desviaba la mirada cuando él hablaba de fechas y regresos.

—Esto no está bien —le dijo una noche, cuando Abigail ya dormía—. No puedo seguir viéndote a través de una pantalla.

—Es temporal —respondió ella, suave—. Ya pasará.

Pero no pasaba.
Y André empezó a romperse en silencio.

El imperio de su madre lo reclamaba. Reuniones interminables, decisiones que movían millones, un mundo que siempre había evitado. Y aun así, lo entendió: ese legado podía darles algo que su carrera jamás podría.

Libertad.

Una madrugada tomó la decisión que llevaba semanas formándose en su cabeza.

Renunció.

Sin discursos heroicos, sin aplausos. Entregó su cargo como fiscal con la serenidad de quien sabe que ha elegido el único camino posible.

Y no avisó.

El día que llegó, Amalia estaba en la cocina preparando una sopa ligera para Abigail. Tenía el cabello recogido de cualquier manera, una camiseta de André y el rostro cansado.

Escuchó la puerta.

Pensó que era Pierre, quien las estuvo cuidando en la ausencia de André.

—Ya voy —dijo sin girarse.

Pero el silencio fue distinto. Pesado. Vivo.

Cuando se volteó, André estaba ahí.

De pie. Real. Con el abrigo aún puesto y los ojos llenos de ella.

Amalia dejó caer la cuchara.

—No… —susurró—. No puede ser.

Él no dijo nada. Cruzó la cocina en dos pasos y la abrazó con una fuerza que la dejó sin aire. Amalia se quebró contra su pecho, llorando sin entender, sin preguntar.

—No soporté más —dijo él, con la voz rota—. No lejos de ti.

Abigail apareció corriendo, se lanzó a sus brazos.

—¡Papá Volviste!

Esa noche, cuando la casa volvió a dormirse, André tomó las manos de Amalia.

—Voy a casarme contigo —dijo, sin rodeos.

Ella lo miró, alarmada.

—André…

—No es una locura —continuó—. Renuncié. Ya no soy fiscal. Y el apellido de mi madre puede protegerte, sacarte del país legalmente. Quiero que seas libre. Quiero que seas mi esposa.

Amalia negó con la cabeza, temblando.

—No quiero que sacrifiques tu vida por mí.

Él sonrió con tristeza.

—Mi vida son tú y Abigail. Lo demás… solo eran títulos.

Ella lo miró largo rato. Luego apoyó la frente en la suya.

—Entonces —susurró—. Estaremos juntos.

—Para siempre —respondió André.




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